— Mis chicas me han regalado un gato—explicó Santiago—. Curioso regalo navideño.
— ¿Un gato joven?—preguntó Inés.
— Si. Apenas tiene seis meses—contestó Santiago—. Me encanta, porqué gracias a él tendré que cambiar el sofá y los sillones de casa en un par de años.
— Lo que me encanta de los gatos es que van a su rollo. Al contrario que los perros, los gatos no son dóciles y siempre van a la suya.
—Eso es verdad. Cuando quieren caricias vienen a ti y cuando no, se alejan de tu lado—explicó Santiago—. Lo tuve un tiempo durmiendo conmigo, pero lo acabé echando de mi cuarto, porqué cuando yo estaba durmiendo, se dedicaba a morderme los pies, y con saña, por cierto.
— Desde luego se nota que es aún un bebé—dijo Inés.
— Yo hace años que tengo a la humanidad catalogada como perros y gatos—explicó Juan—. Los que son dóciles, obedientes y sumisos, los perros y los que tienen ideas propias, que no son sumisos, ni dóciles ni obedientes, los gatos. Nuestra sociedad tiene una mayoría de perros y unos pocos gatos, aunque estos últimos son los que acaparan la mayoría de los titulares de la prensa. Gente egoísta, egocéntrica, con un ego inmenso.
— Me imagino que son los líderes de los partidos políticos, de las multinacionales, militares destacados, deportistas de élite, periodistas, tertulianos, etc.—dijo Pascual.
—Pues si. Pero si miramos cualquier partido político, son gatos únicamente los líderes, ya que el resto, esos que van a los mitines a aplaudir, esos son perros, mientras no consigan un sueldo del partido—explicó Juan—. Luego, por arte de birbibirloque se convierten en gatos.
—Vamos. Que existen híbridos—apuntó Santiago—. Gente que nace como perro y con el tiempo se convierte en gato. Una especie de Uriah Heep de la novela de Dickens. Un perro que poco a poco se fue convirtiendo en gato.
—Algo así, supongo—contestó Juan—. Y también hay gatos que como Heep, actúan como perros para no demostrar que son malas personas. Aunque, hoy en día los gatos ya no disimulan. Antes se escondían y apenas se notaba su influencia. Hoy ya no se esconden y proclaman por doquier su condición de gatos, ante un montón de perros aterrorizados.
—Sospecho que mi reacción debería ser sacarme el gato de encima—dijo Santiago riendo.
— Ni lo sueñes—le contestó Inés—. Los peligrosos son los gatos humanos. El gatito que tienes, seguro que es un amor. Nunca te hará una mala pasada y con el tiempo te irá queriendo y respetando. El tiene su vida y tu seguirás con la tuya. Esa es la gracia de estos animales.