Conversaciones en el hoyo 19: la línea blanca

— Me encanta ver eso—dijo Santiago señalando el cielo en el que se veía la larga línea blanca de un reactor. Estaban sentados en las mesas de la terraza, a pesar de estar en pleno mes de Diciembre, pero la temperatura era alta y se estaba muy bien fuera del bar.
— A mí también me gusta esa línea blanca—dijo Juan—. Me recuerda el destino de mi dinero. ¿Cuánto nos debe costar a los contribuyentes cada raya de esas?. Sospecho que miles de euros. Pensar que estamos manteniendo a un montón de asesinos a sueldo uniformados me pone los pelos de punta.


—¿Asesinos a sueldo?—preguntó Inés.
—Desde luego que lo son. Ya me dirás en qué trabajo te dan formación para matar gente—repuso Juan—. Es más. ¿Cómo se le puede explicar a un hijo que matar es malo, salvo que se trate del ejército ó la policía, porqué esos si pueden hacerlo?.
—Mejor cambiamos de tema—dijo Pascual, intentando evitar la polémica—. Ayer fui al dentista que me contó que en la universidad de Columbia, en Estados Unidos, han desarrollado una técnica para poder sustituir los dientes caídos por dientes propios creados por células madre. Vamos. Que te implantan la semilla de un diente propio y en dos meses vuelves a tener un diente. Eso se cargará todo ese negocio de los implantes, que son carísimos.
—Calcula que eso tardará de quince a veinte años en estar a disposición de los dentistas—dijo Inés tajante.
—¡Ala!. Si ya lo han desarrollado—protestó Pascual—. Incluso lo han patentado.
—Ya veo que no sabes cómo funciona este tema—dijo Inés—. Las pocas empresas que se dedican a fabricar implantes tienen un poder alucinante. Entre ellos se han repartido el pastel, desde hará ya unas décadas. Y la prueba es que cuando un fabricante sube ó baja el precio de sus productos, el resto hace exactamente lo mismo. Son una mafia y no permitirán que un descubrimiento les arruine el negocio. Y, estando en Estados Unidos, aún lo tienen más fácil, ya que el estado está de su parte.


—Pero…
—No hay pero posible—atajó Inés—. Mira. Te voy a contar algo que me ocurrió a mi. Cuando mi marido murió, decidí cambiar de aires y fui a trabajar a un hospital estadounidense que estaba investigando para curar el cáncer de páncreas. Me quedé maravillada como médico, cuando vi que habían conseguido curar el noventa y ocho por ciento de los casos normales de cáncer de páncreas. Digo normales, porqué me refiero a todos aquellos casos en los que no habían otras complicaciones. Me largué de ahí cabo de un año, decepcionada, cansada y asqueada.
—¿Qué pasó?—preguntó Santiago.
—En aquel país y posiblemente, en el resto de países del mundo, los laboratorios farmacéuticos son poderosísimos. Y esos laboratorios son expertos en retrasar los avances médicos. Utilizan dos técnicas: una burocracia que obliga a los investigadores a tener que documentar cada paso que dan (y que funciona como aquí: es decir tienes diez días para informar del paso que pretendes dar pero luego la administración se puede tirar cinco años en autorizarte ese paso). La otra técnica consiste en enviar inspecciones. Te meten en el hospital a un grupo de tíos que se dedica a auditarlo todo y que tienen parada por un par de meses la investigación, hasta que se marchan. En mi hospital teníamos tres inspecciones al año que, por cierto, se las cobran al hospital.


—¿Cobran qué?—inquirió Pascual.
—La factura de la inspección y todos los gastos de los inspectores.
—Pero, ¿para qué hacen eso?.
—¿Sabes cuánto vale un tratamiento de quimioterapia ó de radioterapia?—Inés estaba indignada y todos se daban cuenta—. Cuesta miles de euros. Si tienes suerte y no hay listas de espera, en este país te hacen el tratamiento y no te enteras de lo que cuesta (paga la seguridad social), pero es un verdadero chollo para las farmacéuticas. Ganan miles de millones y de ahí su interés en evitar que otros tratamientos acaben con su gallina de los huevos de oro.
—Sospecho que el tratamiento que cura el cáncer de páncreas aún no funciona—apuntó Juan.


—Claro que no. Y ya lo tenían prácticamente listo hará ya cinco años.
—¡Alucinante!. Descubrir que en el mundo la gente sigue muriendo de cáncer de páncreas, debido a que las farmacéuticas paran las investigaciones—dijo Santiago asqueado.
—Algún día condenarán por genocidio a esas empresas que dan mayor importancia al dinero que a las vidas humanas—dijo Juan—. El doble rasero de siempre: si yendo en coche no auxilias a un accidentado estás delinquiendo. Pero si una farmacéutica deja de fabricar unas pastillas contra la malaria «porqué no son rentables», no pasa nada. Si un militar mata, tortura ó viola no es delito, pero pobre de ti si lo haces. Eso explica el por qué la gente no llega sana, mentalmente hablando, a los cincuenta. Tantas incongruencias no pueden asimilarse.
—Y si a eso le añadimos tu pésimo pateo en el green, tenemos un caso psiquiátrico grave—dijo Inés riendo. Cogió la mano de Juan—. Vámonos a tu casa. Creo que necesitas quemar toda esa indignación que llevas hoy—Pascual y Santiago se miraron sorprendidos y rieron, mientras Inés y Juan se levantaban y entraban en el bar a pagar.

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