Un viaje en tren

Hacía meses que Beatriz no veía a Francisco. Apenas lo conocía pero la única vez que estuvo con él quedó impresionada con su calidad humana.

Periodista, escritor, poeta, amigo de todo aquel capaz de encontrar su hogar en las letras; era una persona rara, entendiendo como tal a alguien diferente, a una persona única, distinta.

Beatriz sintió que Francisco se pusiera enfermo. Una neumonía lo tuvo en el hospital durante unos días. Alguna vez lo llamaba y éste se mostraba muy deprimido por la situación en la que se encontraba. Con el tiempo dejó de contestar a sus llamadas y desapareció de la vida de Beatriz pese a que ella no quería perder contacto con su amigo.

Aquel día Beatriz perdió el tren que debía llevarla a la ciudad. Mientras esperaba el siguiente apenas pudo dar crédito a sus ojos, cuando vio a Francisco. Estaba bastante delgado, algo desmejorado por la enfermedad que acababa de pasar, a sus setenta y pocos años.

Fue hacia él y lo llamó:
– Hola, ¿cómo está? – le dio un beso en la mejilla.
– Aquí, no demasiado bien – le contestó con tristeza, mirando hacia abajo.
– Le hice una mona de Pascua para usted y estoy esperando para dársela.
– ¿Cree que a mi edad estoy como para comerme una mona?.
– Si. A su edad puede comer de todo – le dijo Beatriz -. Está vivo, está bien, está aquí ahora. Está bien a pesar de todo.
– Yo ya no espero nada más de la vida – dijo él -. Lo único que espero de la vida es la muerte.

Beatriz le abrazó notando que él no respondía a su abrazo, diciéndole:
– Lo quiero mucho – le dijo dándole un beso en la mejilla. Él intento apartarse.
– Aunque usted lo vea todo negro, siempre hay una luz – dijo Beatriz. Luego señaló hacia el cielo y le dijo:
– Mire hacia allí – Se veían dos globos volando, que él miró por unos segundos.

– Cuando suba al tren le pido por favor que no se siente conmigo. Yo no puedo hablar. Me duele cuando lo hago. Estoy enojado con la vida.

– ¿Está enojado conmigo?. Usted me dio tanto cariño, tanto amor que quiero ayudarlo. No quiero cortar así algo tan lindo como nuestra amistad. No pienso atosigarle con llamadas, pero no me deje de lado. Usted me dedicó un libro, me dio sus palabras, su comprensión – los ojos de Beatriz se llenaron de lágrimas mientras hablaba -. Mi pareja me ve llorar cuando lo llamo y usted no me contesta. Él sabe cuanto lo quiero. Sólo le pido que cuando quiera me llame y me diga cómo está y que se quiera. Ya no está en aquella sala del hospital. Ya puede ir solo en tren a la ciudad.

Cuando llegó el tren Francisco subió y se dirigió a dos asientos libres, se sentó e hizo ademán a Beatriz para que se sentara a su lado.

Le explicó a Beatriz que había publicado un artículo en contra de la vacuna para la gripe A y que cometió la imprudencia de permitir que su médico de cabecera se la pusiera. A partir de entonces empezó a decaer cada vez más hasta que tuvo la neumonía. Se le complicó con una alergia, tos al hablar…
Por eso estaba así, tan deprimido. Había perdido su voz y tenía que inhalar un fármaco para poder hablar.

– Por favor, llámeme para lo que necesite – dijo Beatriz -. No se olvide de mi. Yo siempre lo llevo en mi corazón. Me duele saber que usted está mal y no quiere ver a nadie. Piense en su familia. Todos le quieren y si usted está mal también ellos estarán mal. En el pueblo mucha gente le quiere. Fíjese en sus hijos, nietas, en sus amigos. Todos le queremos y eso es lo que ha de darle razones para vivir. Aférrese a aquello en lo que cree y verá como pronto recuperará su voz. Piense. No tiene cáncer. Su enfermedad es leve. Poco a poco se irá mejorando e irá recuperando la voz.

– ¿A dónde va ahora? – preguntó él.
– Voy a hacer un curso en el que te enseñan desarrollo humano. Allí aprendes a apreciar las cosas que te da la vida. Te enseñan a adquirir fortaleza, seguridad. Tengo algún compañero con cáncer en el curso – él la miró con interes – y en el grupo nos dedicamos a darle todo el amor y la fortaleza que este chico necesita para superar su enfermedad. Lo que tiene que hacer es dejar a un lado sus problemas, empezar a mirar adelante y seguir con sus proyectos.
– ¿Dónde se baja usted – preguntó él.
– En la próxima – contestó Beatriz, poniéndose en pie.

Él se lavantó también y la abrazó con fuerza, dándole un par de fuertes besos.

Cuando ella bajó él la siguió con la mirada. Cuando Beatriz miró hacia atrás y lo vio asomado a la ventana, se dio cuenta de que estaba sonriéndole, por primera vez desde que se lo encontró en la estación.

Al alejarse, Beatriz estaba contenta, muy contenta.

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