Conversaciones en el hoyo 19: alcohol

—No pienso volver a este golf—Inés estaba irritada, a pesar de que su juego había sido impecable—.Me niego a jugar en un campo que está al lado de una plantación llena de inmigrantes recolectando yo que sé qué y pasando calor, por unos pocos euros diarios.
—La verdad es que el contraste es deprimente—dijo Santiago—. Los señoritos jugando al golf y los pobres sudando para ganar su jornal. Todo en el mismo lugar. Me apunto a la sugerencia de Inés. Yo tampoco pienso volver a jugar aquí.
—Por cierto—dijo Pascual—. Al chico que te ha devuelto la pelota que habías mandado a la plantación, le has dado algo, ¿verdad?.
—¿Qué más da lo que le haya dado?—repuso Santiago—. Me preocupa más el hecho de que esa bola ha podido dar a uno de los chicos que estaban ahí trabajando. He podido matar a alguien.
—Le ha dado cincuenta euros—susurró Inés a Juan, sentado a su lado.
—Si lo hubieras matado—apuntó Juan—, la familia de la víctima hubiera cobrado quinientos euros, menos de lo que vale un entierro normal. Y sin poder repatriar el cuerpo. Y a la semana, tema olvidado.
—Yo me hubiera hecho cargo de esos gastos—protestó Santiago—. Posiblemente no lo olvidaría nunca. ¡Menuda carga para el resto de mi vida!.


—Mientras no te des a la bebida…
—No, Pascual. No me daría a la bebida—le contestó Santiago—. El hecho de haber regentado un bar me ha hecho ver que el alcohol no es solución de nada. Recuerdo a todos aquellos empleados de la multinacional que venían a comer ó a tomar algo después del trabajo. Necesitaban dos copas para empezar a relacionarse con sus compañeros. Y no veas lo tajados que iban los jefecillos cuando, en una celebración, tenían que soltar un discurso ingenioso. Recuerdo a un director obligando a un empleado a beber cava, a pesar de que éste le había dicho que le sentaba como un tiro. Insistió e insistió, incluso con amenazas, hasta que le vio beber un trago.


—¡Que pena de sociedad es ésta que necesita del alcohol para socializar!—dijo Pascual—. “El hombre es un ser social”, dicen los antropólogos, pero les falta añadir que es imprescindible beber para conseguirlo.
—Quizás no seamos tan sociables como dicen—opinó Juan—. Según parece, tanto la literatura como el cine se dedican a promover el consumo de alcohol. Raro es el guión en el que el ó la protagonista no se beba un vaso de vino al llegar a casa.
—O se vaya de copas con sus compañeros, al acabar la jornada—añadió Inés.
—O se emborrache cuando las cosas le van mal—añadió Santiago—. Lo cual me hace recordar nuestra conversación de la otra semana sobre la publicidad. Decíamos que el ser humano es muy influenciable y los psicólogos lo aprovechan para explotar en los anuncios aquellos puntos débiles que tenemos. Con el alcohol pasa algo parecido. Si quieres socializar, quítate de encima el montón de complejos que cargas. Y para conseguirlo, nada mejor que el alcohol.
—Una sociedad “blandita”, muy manejable es lo que tenemos—dijo Inés—,¿a quién beneficia eso?.
—A los de siempre—respondió Juan—. Leyendo la prensa, la verdad es que dan ganas de pillar una borrachera vitalicia.

Conversaciones en el hoyo 19: empresas

Por fin, superado el confinamiento, recuperada la «nueva normalidad», aunque Juan diría: «la vieja subnormalidad, que ésto es España», los cuatro amigos habían podido jugar al golf.
Ahora, tras dieciocho hoyos bajo un sol de justicia, era la hora del aperitivo.
—Perdonad el retraso—dijo Santiago, sentándose con sus amigos—. Resulta que me he encontrado en los vestuarios a mi agente de seguros y he aprovechado para cantarle las cuarenta. Mucha carta diciéndome que la compañía, debido al coronavirus, me permite aplazar el pago de la cuota pero no se les ocurre deducir de la póliza los dos meses que no hemos podido utilizar los vehículos.
—Son así. Mucho mensaje para quedar bien y decir que son solidarios pero no harán nada que les reduzca beneficios—añadió Inés—. Yo voy a cambiar de compañía porqué se les ha ocurrido cambiar los teléfonos de asistencia por 902.


—Nos tratan como a imbéciles—dijo Juan—. Es curioso el desprecio que muestran las grandes empresas por sus clientes. No hay más que ver los anuncios. Es obvio que el ser humano es un ser muy influenciable y se aprovechan de ello. Supongo que por eso las compañías de publicidad contratan a psicólogos para explotar los puntos débiles de la gente y así colar sus productos. De la misma forma que existe «Yuca», tendría que haber una aplicación que te informara de las empresas que hacen publicidad. En mi caso, para no comprarles nada, dado que con sus campañas, me están tratando como a un subnormal.
—¿Qué es eso de «Yuca»?—preguntó Pascual.
—Una aplicación francesa para móvil muy interesante. Cuando voy al super a comprar, la utilizo con frecuencia. Lees el código de barras de cualquier producto y te indica si es recomendable ó no para la salud—explicó Juan—. Gracias a esa aplicación he dejado de comprar mucho alimento que creía que era bueno pero que llevaba mierda por un tubo. Además, la aplicación te da alternativas a ese producto para que compres sano.


—Y ¿para qué quieres una aplicación que te diga qué empresas se anuncian si con poner en marcha la televisión ya lo sabes?.
—Juan utiliza el televisor como si fuera un monitor—aclaró Inés—. No tiene ninguna antena conectada. No ve anuncios. Salvo cuando navega por internet y ni siquiera entonces ve anuncios.
—¡Hombre!. Los anuncios están para que la televisión e internet sean gratis—protestó Santiago.
—De gratis, nada—Juan iba lanzado—. Permitir que taladren nuestro cerebro y el de nuestros pequeños con publicidad tiene un precio que no pienso asumir. Y en internet cobran por partida doble: publicidad por un lado y por el otro se hacen con nuestros datos de navegación. ¿Es eso gratis?. Cierto que no reducen nuestra cuenta corriente. Pero no es gratis—bebió un trago de su cerveza y añadió—: además, ¿quiénes se anuncian?. Las empresas que tienen dinero para hacerlo. Nunca veremos anunciarse a la librería de la esquina ó a la farmacia de la plaza. Y eso permite que las grandes empresas vayan acabando con los pequeños negocios. Cuando te has tragado mil quinientas veces el mismo anuncio, acabas cayendo.


—Me acuerdo, de joven, cuando ibas al cine, nos castigaban con Movierecord que te ponía anuncios de grandes empresas. Al acabar, pasaban diapositivas con anuncios de las tiendas del barrio—explicó Santiago.
—Uf. Como ha cambiado el mundo desde entonces—dijo Pascual—. Lo que es obvio es que no puede financiarse la televisión y la prensa a base de publicidad. Estoy de acuerdo contigo Juan, en que los anuncios llevan detrás a un montón de psicólogos cabrones que explotan todos los puntos débiles de las personas. Una cosa está clara: la gente es altamente influenciable. Nos lo tragamos todo. La prueba evidente es el resultado de las elecciones en los que la gente «olvida» las mentiras de los políticos y sus robos a manos llenas. Y seguimos comprando a una empresa que nos ha demostrado que es un parásito que está contaminando los ríos y llenando los mares de plástico. Somos así de burros y manipulables.
—Y no es de recibo que la prensa se nutra de anuncios. Nunca publicará una noticia en contra de la empresa que le proporciona sus ingresos. ¡Puñetera publicidad!.


—Y todos nosotros tenemos un iPhone…—dijo riendo Santiago.
—Touche—contestó Juan—. Pero se trata de móviles pensados.
—¿Pensados?.
—Si. Los de Apple piensan lo que hacen—explicó Juan—. Se nota que sus empleados utilizan Macs y iPhones. Todo está pensado para facilitar su uso, a diferencia de otras marcas. Si comparas el sistema operativo de un Mac con Windows, no tiene color. Se nota que el Mac está pulido hasta en los detalles mas pequeños, mientras que Windows es un sistema que parece hecho con los retales de otros sistemas operativos. Necesitan años y muchas actualizaciones para dejarlo pulido. Y mejor no hablar de Android, el recopilador de datos de sus usuarios. Y no hay más para elegir…
—Poco a poco vamos cayendo en las garras del gran hermano—dijo Santiago—. Saben dónde estamos, qué compramos, lo que decimos, lo que escribimos, incluso nuestra salud…
—Tal vez por eso se han ido creando dos grupos de compradores: los que usan Android y los de Apple—añadió Pascual—. Los primeros suelen ser de clase social baja ó media, gente a quienes les importa un comino que las empresas capturen y utilicen sus datos; y los de Apple, suelen ser gente de clase media y alta, a quienes sí les importa la captura de sus datos. Eso explicaría las campañas que ha hecho Apple sobre la privacidad y la verdad es que les está funcionando muy bien. Se están hinchando a vender móviles de más de mil euros.


—Lástima que no haya nada que respete la privacidad, realmente—contestó Inés.
—¿Cómo va a haber respeto por la privacidad si incluso los electrodomésticos de casa se conectan y envían datos a sus empresas?—apuntó Juan—. Frigoríficos, altavoces, robots de limpieza, bombillas…
—Moraleja: tenemos lo que nos merecemos—dijo Juan—. Si antes éramos capaces de comprar ropa con el logotipo de una marca y ahora compramos tecnología que nos espía, es porqué queremos. Somos así de «gilis». Estamos facilitando el camino de muchas multinacionales que obtienen ventaja frente a la pequeña empresa.

Conversaciones interactivas por confinamiento: País

—¡Hola chicos!. Parece ser que pronto podremos ir a jugar—Inés estaba encantada ante la perspectiva.
—No te hagas demasiadas ilusiones—dijo Pascual—. Tal como se lo está tomando la gente, dentro de cuatro días volveremos a estar encerrados en casa.
—¡Ala!. ¿Por qué?.
—En este país tenemos poca responsabilidad—contestó Pascual—. No hay mas que ver como se ha lanzado todo dios a las playas. Están atiborradas de gente que no mira distancias de seguridad. O todas las manifestaciones que se están haciendo en las ciudades. Lo del rebrote previsto para septiembre se va a adelantar.
—Somos así—dijo Juan—. Quizás por eso me niego a ver películas ó series españolas. No quiero nada que me recuerde en qué país vivo. La fauna que aparece en el cine me provoca vergüenza ajena. No entiendo cómo se atreven a exportar esos bodrios.


—Supongo se trata de un problema cultural—apuntó Inés—. Bueno, en realidad es pura incultura. Llevamos demasiados siglos cerrados a la influencia del resto del mundo. Y así nos va. Aparece un tarado diciendo estupideces y medio país lo sigue.
—Imagino que te refieres a…
—Da lo mismo quién sea, de derechas, de izquierdas o de cualquier autonomía—cortó Inés—. Por cierto, hablando de autonomías, la situación de Catalunya me recuerda a una época que sufrimos en el hospital. Médicos y enfermeras empezaron a dejar el trabajo. En una situación así, lo lógico sería preguntarse la razón de que haya tanta gente abandonando su empleo. ¿Qué habremos hecho mal?, sería la pregunta. El director, evidentemente, no se la hizo. Y el problema se alargó en el tiempo hasta que, afortunadamente, ascendieron al director del hospital, que se marchó a sus nuevas responsabilidades.
—¿Ascendieron a un director?—preguntó Santiago—.¿A qué cargo?.
—Creo que en realidad no lo quieres saber—contestó riendo Inés—. Se te revolverían las tripas. En realidad esto del hospital que os contaba era un ejemplo de lo que hubiera tenido que hacer el gobierno español con los problemas vasco y catalán. ¿Qué habremos hecho mal para que dos partes del país quieran marcharse?. Pero no se plantean la pregunta. Prefieren enviar a la policía…
—Delincuentes con trabajo—aclaró Juan.
—O al ejército…
—Asesinos a sueldo—volvió a aclarar Juan—. Estamos en un país en el que la gente aún cree en el patriotismo y el culto a la bandera. Todavía no se han enterado de que somos ciudadanos de un planeta y no de un país determinado. Si hemos nacido aquí es pura casualidad. En nuestro caso, mala suerte. Y si tenemos los dirigentes que tenemos es debido a nuestra incultura y quizás al hecho de que, como decía Kant, somos el único animal que necesita un amo para vivir. Conste que Kant se refería al hecho de que el hombre necesita a alguien con más poder que le impida propasarse con sus inferiores. Pero la idea está clara: necesitamos que alguien tome decisiones por nosotros, porqué somos gandules, procastinadores y egoístas. Preferimos que nos gobierne un conjunto de tarados a tener que tomar decisiones por nuestra cuenta. Incluso permitimos que esos tarados roben a manos llenas sin un solo reproche.


—Quizás Franco hizo bien su trabajo, después de la guerra: eliminar a los inteligentes y dejar a los tarados—añadió Santiago—.Incluso nos puso como rey al mas tarado de todos. Seguro que se está descojonando en su tumba.
—Eso me recuerda el libro de Robert Graves: Claudio el dios y su esposa Mesalina—dijo Pascual.
—¿En qué sentido?—preguntó Santiago.
—Claudio era republicano en la época de los emperadores. Era de la familia «real» y vivió el mandato de Augusto, Tiberio y Calígula. Tras el asesinato de Calígula, el ejército le obligó a convertirse en emperador (por cierto fue muy buen emperador, a diferencia de sus predecesores). Al final de su vida se planteó cómo conseguir que el pueblo aceptara sus ideas republicanas. La conclusión fue nombrar como sucesor al mas loco de sus familiares: Nerón. De esta forma, pensó, el pueblo lo pasaría tan mal que acabaría odiando el sistema y restablecería la república. Incluso tomó el veneno que su esposa le había preparado a sabiendas.
—Según eso, quizás Franco era republicano y puso a un Borbón para lo mismo que Claudio: para que lo odiáramos y volviera la república—apuntó Inés.
—Dudo mucho que alguien con el cerebro de una ameba fuera capaz de pensar eso—dijo riendo Juan.