La conciliación de la vida familiar y profesional

– ¡Manolo!. ¡Ponte al teléfono!. ¡Es tu jefa!.

– Hola Felisa. ¿Cómo estás?.
– Bien, ¿y tu?.
– Bien, gracias.
– Mira Manolo. Este sábado tenemos trabajo urgente. Hemos de aplicar todos los parches pendientes a los servidores. ¿Cómo lo tienes para venir?.
– Uf. Me pillas en mal momento. Este sábado estoy muy liado. He de llevar a mi hijo a un partido, luego como en casa de los suegros y por la noche toca kiki a la parienta, tras una cena preparada por mi.
– Bueno. Pero lo de los servidores es mucho más urgente.
– También lo es la conciliación de la vida familiar y profesional, Felisa. Lo siento pero es imposible.
– Esta bien. Llamaré a Lucas.
– OK. Hasta el lunes.

Felisa colgó el teléfono y volvió a marcar. Odiaba aquellas situaciones. En realidad la culpa había sido suya por no leer aquel email que la había enviado la central, dos meses atrás. Y ahora todo eran prisas…
– ¿Lucas?. Hola. Soy Felisa y quería pedirte un favor…
– Si puedo hacerte el favor, lo haré, Felisa…
– Se trata de venir mañana a aplicar unos parches a los servidores…
– ¿Mañana?. ¡Imposible!. Tengo la agenda muy apretada…
– Pero Lucas. Si no tienes responsabilidades. Eres soltero.
– Deja que mire la agenda…

– Ya la he mirado yo y no tienes nada…
– Claro. Has mirado la del trabajo, pero también tengo una particular. A ver. Deja que mire… Mal. Lo tengo muy mal. Sábado, sábado, ¡aquí lo tengo!. Por la mañana empiezo un libro y ello requiere dedicación al completo. Luego he quedado con mi sobrina para ir a dar de comer a las palomas. Luego comida con una amiga y si se tercia, tarde de sexo, hasta la hora del partido. Después cena y discoteca…

– ¿Y el domingo?. ¿Cómo lo tienes?.
– Jodido, si ligo en la discoteca la noche anterior. Y si no ligo, iré a la salida en moto que ha programado la peña motorista. Tal vez a las siete de la tarde esté de vuelta y quizás podría… No. Espera. Tampoco es posible. He quedado con mi sobrino y unos amigos suyos para jugar a la canasta.
– Ya veo que no me puedes hacer el favor. En fin. Ya veré que hago. Adios.
– Lo siento. Hasta el lunes.

Felisa marcó otro número, el de su jefe Bronchales.

– Bronchales. Soy Felisa. No va a ser posible hacer lo de los servidores este fin de semana…
– ¿Cómo?. ¿Sabes lo que dirán en la central?.
– ¿Qué quieres que te diga?. No sé quien tuvo la genial idea de promover la “conciliación de la vida familiar y profesional” en esta empresa. Ahora nadie se apunta a trabajar fuera de horas. Y además todos salen a la hora de salida. Nadie hace ni media hora de más…
– Pues hay que tener hecho lo de los servidores para el lunes. Si es necesario lo haces tu misma.
– No puedo, Bronchales. Mañana me toca el polvo anual. Es el aniversario de boda y no voy a dejar pasar algo tan importante.
– Pues ve a trabajar el domingo.
– Imposible. Tu no sabes como me deja mi marido,tras esa noche. Normalmente no puedo ni andar hasta el final de la tarde. Además no tengo idea de como se aplican parches a los servidores. Piensa que soy jefa y estas cosas están fuera de mi ámbito…
– Éstas y muchas otras, por cierto. Bueno. Pues haz venir a un externo. Por lo menos los que vienen de empresas subcontratadas, no tienen políticas como las nuestras.
– Pero eso nos costará un huevo – Felisa empezaba a preocuparse.
– A la empresa no le costará nada, ya que te lo voy a descontar de tu sueldo.
– ¿A mi?.
– Claro que a ti, Felisa. Si hubieras actuado cuando recibiste aquel mail ahora no estaríamos hablando. Da recuerdos a tu marido y um, también la gran admiración que siento por él. Adiós.

Cuando colgó, Felisa estaba feliz. Había salvado su noche de aniversario. Solo por pensarlo, notó un cosquilleo agradable en la espalda. Luego descolgó el teléfono y llamó a la empresa de outsourcing.

El pueblo se expresa

Cuando entró en el bar se acallaron todas las conversaciones.

Se acercó a la barra y se sentó en una de las sillas altas.
– Por favor, un café – pidió al camarero, que no cesaba de mirarlo.
Uno de los clientes se encaró al camarero.
– ¿No hay aquí un cartel de «reservado el derecho de admisión»?. Si le sirves el café, me perderás como cliente.
– Y a mi también.
– Y a mi – sonaron varias voces.
El camarero no sabía que hacer.
Anticipándose a la situación, el hombre se levantó de la silla, fue hacia la puerta y salió haciendo un leve ademán de despedida.

Cuando llegó a la estación de metro, bajó por las escaleras, notando que cada escalón le provocaba mayor temor. Su corazón estaba bombeando a un ritmo frenético, cuando llegó a las taquillas. Se dirigió a una de las máquinas expendedoras de billetes, notando como se iban multiplicando las miradas de la gente en su persona.
– Papá, ¿no es ese…? – oyó decir a un niño.
– Si, hijo. Es ese cabrón.

Sacó el billete, recogió el cambio y pasó por el torno, mientras se iba concentrando gente que empezó a insultarle.
Cuando llegó al andén se sentía como un apestado. Todas las miradas convergían en su rostro.
Sacó del bolsillo su móvil y se lo puso en la oreja, fingiendo que hablaba con alguien.

Al fin llegó el tren. Se dirigió a una puerta y esperó a que bajaran los que salían del vagón. Luego subió, y fue a sentarse en un asiento vacío.
Cuando arrancó el tren todos los pasajeros del vagón estaban mirándole. Poco a poco empezaron a oirse insultos que fueron aumentando en intensidad.

– Tierra, trágame – pensó.

Fué un chico melenudo el primero que le escupió en la cara.
Luego fueron acercándose más personas que le escupieron también.
Cuando el hombre llegó a su destino tenía en su traje y en su cara, las huellas de un montón de escupinajos e incluso fragmentos de huevos y tomates que le habían tirado.

Cuando subió las escaleras del congreso de los diputados, aparecieron como por arte de magia un centenar de periodistas. Sacaron miles de fotos mientras le preguntaban:
– Presidente. ¿Le ha tratado bien el pueblo?. ¿Tiene alguna declaración que hacer?.
– He constatado que, en general, la gente me quiere, aunque una minoría me ha dejado ver que no estaba de acuerdo con mi política – dijo el presidente.

– ¿Una minoría? – dijo alguien.
Un corro de carcajadas respondieron a aquella voz.

El presidente siguió su camino y entró en el congreso.
Al llegar a su despacho le esperaba el vicepresidente.
– ¿Qué?. ¿Cómo te ha ido?.
– ¿No lo ves?. Me han dejado hecho un asco. ¡La madre que parió a mi predecesor!. ¿A quien se le ocurre crear el «día del pueblo» y obligar así a que el gobierno vaya al parlamento sin coches, escolta y en transporte público?.

– A él le iba bien. El pueblo lo quería.
– Y a ti, ¿no te han hecho nada?. Tienes buen aspecto – dijo el presidente mientras se sacaba la chaqueta y después la camisa.

– Yo he venido pronto, para evitar la hora punta, pero he llegado en un estado más lamentable que tu. Ya me he cambiado. Incluso me he duchado. No veas como han llegado las ministras. Por cierto, la ministra de sanidad está ahora en tu ducha, sacándose las babas del pueblo.

El presidente se sacó los pantalones y fue corriendo hacia la puerta del baño.
– ¿A dónde vas, presi? – inquirió el vicepresidente.
– A aprovechar el tiempo. Hace años que le tengo ganas a esa tía.

Mientras el presidente se sacaba los calzoncillos y abría la puerta del baño oyó la voz del vicepresidente que le decía.

– No os retraseis demasiado. Hay votación en media hora. Y recuerda que luego has de regresar en metro a la Moncloa.