Don Alessandro y el pacto

Los motores del gran yate se pararon. A los lados del mismo sólo había mar. Hacía horas que habían dejado de ver tierra.

En cubierta únicamente había dos personas, bajo un toldo, en la proa del barco.

De pie, con las manos en los bolsillos estaba George Walker, el gran George – así lo apodaban – era director y presidente de una gran empresa.

Sentado en una tumbona, su interlocutor, Don Alejandro – quizás sería mejor decir Don Alessandro – jefe de una importante familia de la Cosa Nostra en Estados Unidos, tal vez la más importante en aquel momento, lo que lo convertía en “Capi di tutti capi”. Cientos de negocios estaban bajo su supervisión, legales e ilegales.

– Lo que no entiendo demasiado es la educación de hoy en día – decía don Alessandro, mirando a su interlocutor -. ¿Cómo puede ser que no se inculquen a nuestros hijos valores morales?.
– Tal vez porqué los padres desatendemos nuestras obligaciones.
– O quizás porqué vosotros mismos carecéis de esos valores – respondió Don Alessandro-. Recuerda que esta reunión no hubiera sido necesaria si hubieras cumplido con lo que pactó vuestra empresa con mi padre, que en paz descanse.

– El mundo ha cambiado, Don. Ya no es vigente un acuerdo de hace treinta años que, ni siquiera fue puesto por escrito y firmado.

– Mi padre dio la mano al presidente de tu empresa. Para nosotros se trata de un pacto entre caballeros – repuso Don Alessandro -. No hace falta ninguna firma para que sea válido.

El gran George miró indignado a su interlocutor.
– No creo – dijo levantando la voz – que alguien como usted sea el indicado para darme lecciones de moral. Ustedes extorsionan, matan, corrompen a políticos…

– Y vosotros hacéis algo parecido. La diferencia estriba en que nosotros cuidamos a nuestro personal, a nuestros proveedores e incluso a nuestros clientes, salvo en casos de traición. Recuerdo que cuando mi padre os propuso el acuerdo que ahora habéis roto, aconsejé a mi padre que no lo llevara a cabo. Por aquel entonces yo no era más que “sottocapo” y no podía imponer mi criterio. Pero había cosas de vuestra empresa que no me gustaron. Por poner un ejemplo esa falta de consecuencia entre vuestros discursos diciendo que el mayor activo de la empresa es vuestro personal y el deprecio con el que tratáis a vuestros empleados me parecía indecente. ¡Que quieres que te diga!. Nuestras empresas jamás han tenido que hacer campañas internas porqué nuestro personal sabe desde siempre, el gran valor que tiene para nosotros. Siempre lo hemos demostrado. Y sabemos que si es necesario, nuestros empleados harán lo que les pidamos, por duro que sea. Y si cualquier empleado tiene un problema, sabe que yo nunca le negaré mi ayuda.

– Eso se basa en el miedo.
– En parte es posible. Pero también saben que mi palabra y la de ellos es vinculante. Son acuerdos que no podemos romper. Incluso cuando nos equivocamos al establecerlos, los seguimos hasta el final por no romper nuestra palabra. Palabra, por cierto, que pocas veces está escrita y firmada. Nos basamos en la confianza porqué sabemos que un acuerdo ha de beneficiar a las dos partes y hacemos lo posible para que así sea. Nuestros empleados, clientes y proveedores son amigos, y si alguien tiene miedo es por las consecuencias de romper un acuerdo. Para vosotros todo el mundo es hostil. Utilizáis a las personas mientras son necesarios y luego los dejáis tirados. ¿Qué confianza puede generar vuestra actitud?. Si actuais de esta manera con vuestros empleados, ¿que no haréis por vender un producto?. No me atrevo ni a pensar en lo que están comprando vuestros clientes – pulsó un botón del móvil que había sobre la mesa.

De las entrañas del barco salieron dos hombres que se pusieron a cada lado del gran George.
– Creo que ya se ha secado. Por favor, hacer los honores a este hombre.

Poniendo la mano en las axilas lo levantaron en vilo, llevándolo a la pasarela que había sobre la quilla. Una vez puesto ahí, comprobaron que el gran bloque de cemento se había secado del todo, atrapando sus pies y sin pensarlo dos veces, lo empujaron fuera de la pasarela.
El gran George desapareció en el mar haciendo un pequeño pluf que contrastaba con el gran ruido de sus últimos años al mando de la empresa.

– Es curioso – pensó don Alessandro -. Si el cementerio está lleno de héroes, el mar lo está de traidores. Por lo menos en este lado de la costa.