Amadeo

Amadeo era una persona alta, delgada, con una fisionomía que hubiera hecho disfrutar a un caricaturista.
Fue mi primer jefe en el departamento de informática.
Se trataba de un hombre serio, poco comunicativo y todo él respiraba bondad.
Porqué era una buena persona. Llevaba trabajando un montón de años en la empresa y si había destacado en algo era por su rectitud.
Y por su amor a la empresa.
Gracias a ello había llegado al puesto de jefe del departamento.
Ese desmesurado amor por la empresa le hacía trabajar mas horas que un reloj. Raro era el día que salía antes de las nueve de la noche.
La verdad es que nunca supe lo que hacía, porqué su segundo de a bordo era quien lo llevaba todo.
En aquellos tiempos la informática en la empresa se reducía a un gran ordenador y unas cuantas pantallas conectadas al mismo. A partir de las cuatro de la tarde comenzaba en serio el trabajo del ordenador, ya que era cuando las grabadoras habían terminado su trabajo.
Empezaban las facturaciones. El operador ponía en marcha las diferentes secuencias de programas y se empezaba a procesar los datos.
Amadeo me lo había dicho alguna vez;
– Todos los de aquí trabajamos en una fábrica. Nosotros fabricamos papel impreso.
Y era verdad. Cada día nuestras dos impresoras imprimían unas diez cajas de papel continuo,
Ese papel se sacaba a una habitación en la que se separaban las hojas y se cortaban los perforados laterales con máquinas. Luego venía el verdadero trabajo de los que estaban allí: la distribución a los diferentes departamentos de los distintos montones de hojas impresas.
También había comunicación por módem con las diferentes fábricas y delegaciones, a las que se enviaban los listados para que los imprimeran y distribuyeran en el centro correspondiente.
 
Esa era la responsabilidad de Amadeo: la grabación, la operación, distribución del papel impreso y el teleproceso.
Pero Amadeo, tenía un problema. Había llegado a un puesto de trabajo que le iba grande. En él se podía constatar que cumplía a rajatabla con el “Principio de Peter”. Era una persona con problemas de relación. Salvo en necesidades extremas era incapaz de relacionarse con sus subordinados. Supongo que esa era la razón de que en realidad, era su segundo de a bordo quien organizaba.
A Amadeo solamente se lo veía en casos de crisis. Cuando se estropeaba el ordenador, se iba la luz (y se apagaba el ordenador) o cuando no queríamos ir a trabajar un sábado por la miseria que pagaban.
En el último caso era evidente que el hecho de pensar en el dinero cuando se trataba de hacer algo por la empresa, escapaba a la comprensión de Amadeo.
No podía concebir que alguien no amara a la empresa que le daba de comer.
 
Anotaba en una libreta todas las crisis que los subalternos le provocábamos y cuando llegaba el día en que se nos comunicaba la nota anual que nos había puesto, justificaba nuestros suspensos con las fechas en que habíamos dicho de no ir a trabajar un sábado. Y la nota influía en el aumento anual.
La verdad es que era una pérdida de tiempo intentar discutir con él sobre este tema.
Su amor por la empresa estaba por encima de las necesidades familiares, particulares o incluso sociales. No cabía otra posibilidad.
Sus últimos años en la empresa fueron duros para él. Poco a poco se fue viendo en Amadeo un inmovilismo total hacia todo lo que fuera innovación.
Cualquier cambio que había, lo hacía temblar. Y en un departamento de informática la innovación está a la orden del día.
Eso fue aprovechado por su segundo de a bordo para hacer campaña en contra de su jefe. Ya estaba harto de ser un segundón y quería el mando total.
La campaña fue larga y dura.
 
Por un lado tuvo que trabajarse al jefe de Amadeo, poniéndolo en evidencia en todos y cada uno de sus errores. Hay que tener estómago para faltar a la confianza que te otorga tu jefe.
Por otro lado intentó ganarse la simpatía de los que estábamos a sus órdenes, criticándo a Amadeo abiertamente, a sus espaldas y sin miramientos.
Lo consiguió. Un día se nos reunió a todos y nos comunicaron que Amadeo pasaba a encargarse de temas de seguridad y su brazo derecho – Enric – era el nuevo jefe del departamento. No hace falta decir que salimos todos de esa reunión con el pesimismo reflejado en nuestros rostros.
Amadeo, no fue capaz de darse cuenta de la jugada de Enric y siguió demostrando su amor por la empresa esforzándose en su nuevo trabajo.
Hasta que un día, a raíz de una auditoría, se determinó que se había de reducir la plantilla. Se externalizaron trabajos y se ofreció dinero a quien quisiera marcharse.
A Amadeo no le dieron opción y lo prejubilaron. Recuerdo sus últimas semanas en la empresa. En la vida había oído un vocabulario tan soez refiriéndose a la empresa. Por fin había descubierto lo mucho que le agradecía la multinacional su total dedicación en tantos años: poniéndole en la calle, sin más.
 
El último día se hizo una pequeño acto de despedida. Se había recogido dinero y le habían comprado un regalo.
Se emocionó. Era consciente de que por su rectitud y amor a la empresa no habíamos tenido una vida demasiado fácil y no se esperaba el regalo.
Tanto es así que incluso nos pidió perdón por habernos hecho víctimas de aquel amor que nunca tenía que haber dado a la empresa.
Es hermoso rectificar.
Es hermoso pedir perdón.
Amadeo era una buena persona.