Conversaciones en el hoyo 19: gámbito de dama

—Me encanta este club de golf—dijo Pascual emocionado.
—Será porqué has tenido un juego redondo—le contestó Inés, riendo.
—Ayer estuve viendo por la televisión un campeonato y me fijé en cómo hacían el swing los profesionales—explicó Pascual—. Teníais que haberme visto. Cada swing que hacían yo cogía un palo e intentaba imitarlo. Acabé agotado, pero aprendí mucho.
—En la mesa de al lado hay un tablero de ajedrez—dijo Santiago—. ¿Le apetece a alguien hacer una partida?.
—Me apunto—dijo Juan, levantándose, cogiendo el tablero y poniéndolo en la mesa—. Soy republicano y la verdad es que me encanta ver como acaban con un rey.


Tras poner las piezas en el tablero, Juan escondió un peon de cada color en sus manos, las puso detrás suyo, los cambió varias veces de mano y presentó los puños a su contrincante. Santiago eligió la mano izquierda y le tocó jugar con blancas. Tras poner los peones en su lugar, Santiago adelantó el peón de dama.
—Sospecho que habéis visto la serie de televisión—dijo Inés.
—Yo si que la he visto—dijo Santiago mientras movía su caballo—. Me gustó bastante.
—Yo también la he visto—Juan sacó el álfil—. Lo que me sorprende es el auge del ajedrez que ha provocado esta serie.
—El ser humano es altamente influenciable—explicó Pascual—. Un libro, una película, cualquier cosa es capaz de cambiarle la vida a uno.


—Recuerdo que uno de los factores que me impulsaron a estudiar medicina fue un libro—dijo Inés—. No me acuerdo del autor pero se llamaba “No serás un extraño”. Viví con Lucas, el protagonista, su dura trayectoria para ser médico y luego al ejercer como tal. Un muy hermoso libro. Os lo recomiendo.
—A mi me influyó un antropólogo para estudiar psicología—explicó Pascual—. Un tal Carlos Castaneda.
—Pero Castaneda hablaba en sus libros de magia, de realidades paralelas…—protestó Juan mientras veía como Santiago capturaba la única torre que le quedaba.
—Y de drogas. El humito, el peyote—contestó Pascual—. Sustancias que alteran la percepción de la realidad. Aldous Huxley escribió un estudio sobre la mescalina (el peyote de Castaneda). Todo eso me impulsó a estudiar la mente humana. Luego, una vez acabada la carrera, descubrí el mal uso de la psicología: la publicidad, la gestión del personal de las grandes empresas, las campañas políticas e incluso el cine. Desgraciadamente tenía que vivir y no tuve más remedio que trabajar en alguna empresa como la Innombrable, gran manipuladora de su personal, con verdaderos psicópatas de manual entre su personal. Por suerte, cuando conseguí que mi consultorio psicológico funcionara, pude mandar a la mierda a la multinacional.


—Yo no sabría decir cuales fueron mis influencias—dijo Juan, mientras veía como las piezas de Santiago iban arrinconando a su rey—. Quizás dos autores tan opuestos como Karl Marx y Ayn Rand. Como sabéis Rand es figura de culto del liberalismo y aún así me gustan sus libros. Yo diría que el equilibrio de los dos pensamientos es lo óptimo para el futuro del planeta.
—Yo no tengo muchas influencias que pueda verbalizar—explicó Santiago—. Tal vez la gente con la que hablaba en el bar, de todo tipo y condición, desde los jefes y empleados de la Innombrable hasta los indigentes que entraban en el bar ó incluso las chicas a las que ayudé a dejar la prostitución… Todos ellos me enseñaron algo. Por cierto, jaque ma… ¿Donde esta tu rey, Juan?.
—Lo he enviado a los países árabes—le contestó Juan riendo—. Era su única escapatoria. Muy buena partida, Santiago—le estrechó la mano—. Me has ganado con mucha solvencia.

Conversaciones en el hoyo 19: la segunda guerra mundial

—A falta de seis hoyos, nos cae el diluvio universal—protestó Santiago mientras, con sus compañeros, se sentaba en una mesa del bar. El camarero fue hacia ellos.
—¿Qué desean tomar?.
—¿Tenéis helados que no sean industriales?—preguntó Pascual. Miró hacia la barra y vio la nevera de los helados con la marca de una conocida empresa grabada en el frontal—ya veo que no. Pues tomaré un cortado.
—Una cerveza para mi—dijo Santiago.
—Un café solo—dijo Inés. El camarero se dirigió a la barra e Inés preguntó a Pascual:—¿qué les pasa a los helados industriales?.
—Tienen algún componente que me repite en el estómago. Algún conservante, antioxidante o lo que sea. Siempre busco heladerías que elaboren sus propios helados y ya me parecía que en el bar de un golf es muy poco probable que tengan helados propios.
—Pues ahora que lo dices, me pasa algo parecido cuando tomo un helado—dijo Inés, mientras el camarero, ya de vuelta, iba dejando los cafés y la cerveza en la mesa.
—¿Será que sois unos finolis?—apuntó Santiago, riendo.
—Es posible—repuso Pascual, mientras el camarero regresaba a la barra—. Tal vez estoy demasiado acostumbrado a los helados artesanales y cuando tomo uno industrial, noto la diferencia al momento y mi estómago me lo recuerda el resto del día.


—Acabo de terminar un libro que me ha encantado—dijo Inés, cambiando de tema—. Se llama “bajo un cielo escarlata”, de un tal Sullivan. Narra la historia de un joven en Milán, durante la guerra, en plena ocupación Nazi.
—Uf. Tiene pinta de ser un libro duro de leer—opinó Santiago.
—No te negaré que alguna vez, durante su lectura, se me saltaron las lágrimas—repuso Inés—. Pero y sin haceros spoilers, el protagonista salvó la vida de muchos judíos y espió al general del que era chofer, ayudando así a la resistencia. Además, me ha dado una nueva perspectiva al famoso “Nessun dorma” de Puccini.
—¿Qué pinta Puccini en la historia del libro?—inquirió Santiago.
—Puccini no pinta nada. Sin embargo, su aria si tiene relevancia en el libro.
—¿Conoces la aria?—preguntó Santiago a Pascual en voz baja.
—Desde luego. Es de la ópera Turandot, que Puccini no llegó a terminar, ya que murió, poco después de componer “Nessun dorma”. Y seguro que conoces la aria. La has oído muchas veces—dijo Pascual, que cerró los ojos, se aclaró la garganta y cantó a media voz: “Ma il mio mistero è chiuso in me, il nome mio nessun saprà!, no, no sulla tua bocca lo dirò!… quando la luce splenderà, ed il mio bacio scioglierà il silenzio che ti fa mia!…”.
—¡Bravo!—aplaudieron Inés y Santiago.
—Tenías razón. La conozco. ¡La ponían en el Madrid antes de los partidos!—rio Santiago.
—¿Desde cuando te interesa el fútbol?—preguntó Inés—. Desconocía esta faceta tuya.
—Nunca me ha gustado, pero cuando tienes un bar, has de tener una buena pantalla para que los parroquianos puedan ver el fútbol. No lo miraba, pero lo oía.


—Pues ya puestos en la segunda guerra mundial, os recomiendo una película: “la conspiración del silencio”, de Giulio Ricciarelli.
—¿Cine bélico?—preguntó Santiago.
—No—repuso Pascual—. Pero es una película curiosa. Al terminar la guerra, los alemanes se enteraron de las atrocidades que habían cometido los nazis durante la misma. Sin embargo, en 1958 un fiscal, harto de tener que dedicarse a infracciones de tráfico, empieza a investigar las denuncias de un periodista sobre los campos de concentración y poco a poco va descubriendo que las atrocidades que hubo en esos campos no son producto de una minoría de nazis si no de toda una generación de alemanes. Alemanes que al acabar la guerra, colgaron sus uniformes y vestidos de paisano, regresaron a sus casas y “aquí no ha pasado nada”. Verdugos, torturadores, asesinos, durante años vivieron en la impunidad hasta que ese fiscal empezó a investigar, por medio de supervivientes de los campos de concentración y también a través de la excesiva burocracia de los nazis que lo tenían todo documentado.
—No sé que me recuerda…—ironizó Inés.
—Los dirigentes alemanes—Pascual iba lanzado—no quería saber nada de estos hechos y de ahí que hubiera esa conspiración de silencio. Mucho trabajo le costó al fiscal conseguir un cierto apoyo de sus superiores y al final, consiguió inculpar a un montón de personas que habían intervenido directa e indirectamente en las salvajadas que habían ocurrido en los campos de exterminio.
—Lo cual demuestra—apuntó Inés—el grado de civilización de los alemanes. ¡Que diferencia de país!.
—¿Comparado con cual?—preguntó Santiago.
—Con el nuestro—contestó Inés—. Y me paro aquí. Ha dejado de llover, está saliendo el sol y nos quedan seis hoyos por jugar. ¿Vamos?.
—¡Y tanto—contestaron ambos compañeros, levantándose de sus sillas.
—A ver cómo pateamos con los greens anegados—rio Pascual.