Extracto del diario del doctor Pascual, psicólogo, sobre la paciente Felisa G.V.
Hoy he realizado la primera prueba real con la paciente.
Esta tarde la he llevado a un quiosco y le he pedido que comprara una revista. Parecía decidida al principio, quizás debido a las varias sesiones de terapia que dediqué a hacerle ver que el ser humano ha de ser capaz de tomar decisiones.
Sin embargo, al transcurrir un par de minutos me he dado cuenta de que estaba bloqueada.
– ¿Qué revistas te gustan, Pascual?. ¿Quieres que te compre alguna? – decía con los ojos en blanco.
Llego a la conclusión de que es completamente incapaz de decidir por si sola.
4 de Septiembre.
¡Al fin consigo que compre una revista!. Tras varias visitas infructuosas al quiosco y continuos bloqueos, hoy se ha decidido por comprar una revista. Creo que ha pillado la que estaba más cerca pero aún así lo considero una verdadera hazaña.
Le he pedido que me hiciera una redacción sobre lo que ha sentido en esos momentos.
6 de Septiembre.
Transcribo la redacción de la paciente, corregidas sus múltiples faltas de ortografía.
«En el momento de llegar al quiosco, he sentido un cierto desasosiego. Notaba como el estómago se me descomponía provocándome un dolor agudo. Mi mente se revela a tomar una decisión. Me asalta un mar de dudas. ¿Será la decisión adecuada la que quiero tomar?. ¿Y si me equivoco?. ¿No sería mejor hacer comprar la revista a mis chicos?. Noto un hormigueo en el brazo y siento como si estuviera muy pesado. Lo estiro y cojo la revista que tengo más cerca. Cuando Pascual me felicita, desaparecen los síntomas en el brazo y el estómago. Me siento muy feliz.»
Es evidente que yo tenía razón en que ella tomó la revista más próxima. Sin embargo lo considero todo un avance.
10 de Septiembre
Hoy le he dicho que me llevara a la playa en el coche. Inmediatamente ha programado la playa que le he dicho, en su GPS y se ha puesto en marcha. Al llegar a una calle en obras ha intentado seguir las órdenes del GPS y ha tirado una valla que le cerraba el paso. Ha sido entonces que he decidido apagar el GPS.
Se ha vuelto a bloquear y al final he tenido que conducir yo.
15 de Septiembre.
Por fin la paciente ha conseguido recorrer tres quilómetros sin tener que obedecer las órdenes del GPS. No es mucho pero es un verdadero logro.
20 de Septiembre.
He organizado una reunión de trabajo. Ella la preside. Los reunidos han sido adoctrinados por mi para que no tomen partido por nada y eviten tomar decisiones. Transcribo los últimos minutos de la grabación de la reunión, momentos antes del bloqueo sufrido por ella.
– Pues yo veo tres posibles soluciones – le dice uno de los reunidos.
– ¿Y son? – pregunta ella.
– Podemos contratar gente temporal para solucionar el problema, podemos hacer uso de nuestros propios recursos para resolverlo y podemos ignorar el error como si no fuera con nosotros.
– Y – pregunta ella -, ¿cuál me recomiendas?.
– La verdad es que todas son buenas. Pero no quiero tener la responsabilidad de tener que decantarme por una de ellas.
Su cara ha cambiado y ahora refleja verdadera angustia.
– Y los demás… ¿Qué pensáis? – dice con un hilillo de voz.
– Pues no lo tengo demasiado claro. Hay que tener en cuenta que la primera solución nos costará dinero, la segunda nos impedirá desarrollar otros proyectos y la tercera puede ocasionar una bronca de nuestros clientes.
– ¿Y tu? – le pregunta al tercer asistente a la reunión – ¿qué piensas?.
– ¿Yo?. ¿Sobre qué? – dice éste, como despertando de repente.
– ¡No has escuchado nada! – le recrimina ella.
Los otros reunidos, casi al unísono, le preguntan:
– Bueno, ¿qué hacemos entonces?.
Ella empieza a temblar y sus ojos se ponen en blanco.
Está bloqueada.
25 de Septiembre.
Decido tirar la toalla. Tras consultar toda clase de libros sobre la materia y con otros colegas, llego a la conclusión de que conseguir que esta mujer sea capaz de tomar decisiones puede ser trabajo de muchos años.
Lo hablo con su jefe, que es quien me contrató.
– No te preocupes, Pascual – me dice -. Ya me imaginaba que no sería fácil. Sin embargo tenía que intentarlo. Ahora ya sé a qué atenerme.
– ¿La vas a despedir? – pregunto intrigado.
– ¡No!. ¡Ni hablar de ello!. Seguirá siendo jefe en la empresa. Ella fue puesta en el cargo para que la empresa pueda decir que el cuarenta por ciento de los jefes son mujeres. ¡No sabes lo que vende una estadística de este tipo!.
– Pero sus subalternos… Lo van a pasar mal, estando ella al mando.
– La verdad es que no. La manejan como quieren. Es cierto que la mayoría se rasca la barriga, pero hay cinco que trabajan de maravilla y solucionan los problemas. ¿Para que cambiar lo que ya funciona?.