El epílogo del psicópata

– Supongo que tu predilección por la música clásica no es mas que una fachada para captar el interés de la gente – me dijo el psicópata.

– No lo creas – le contesté -. Se trata de una forma rápida de recuperar la fé en el ser humano, tras una conversación con alguien como tú.

 

-¿Donde demonios estoy?. ¿y qué haces tú aquí? – preguntó el psicópata al encontrarse súbitamente en un espacio que carecía de límites y que estaba iluminado por una luz blanca uniforme.
– Estás muerto. Yo soy una de tus víctimas – repuso la única persona que estaba allí, junto al psicópata. – ¿Acaso no me recuerdas?.
– Desde luego que te recuerdo. ¿Cómo no voy a reconocer a mis subordinados?. Te recuerdo como una persona débil, con muchos problemas y una gran incapacidad para enfrentarte a ellos. Fue un verdadero placer destrozarte psíquicamente – lo miró pensativo – ¿no habrás venido a vengarte de mi?.
– Cuando uno está muerto, lo último que se plantea es la venganza. Además, en realidad no soy la persona a la que destrozaste. Soy parte de ti, tu subconsciente. He adoptado la forma de Medina, tu víctima, para intentar averiguar si hay en ti algún atisbo de arrepentimiento.
– Pues ya ves que no es así – contestó airado el psicópata.- No me arrepiento de nada de lo que he hecho en esta vida.
– Has hecho mucho daño…
– Tengo las ideas claras. El mundo se divide en dos grupos: la gente como yo, que intentamos abrirnos camino a base de machacar a los demás sin el menor cargo de conciencia y el otro grupo que se distingue por su bondad. Se trata de esa gente que cede el control a su conciencia e intenta vivir de acuerdo con sus convicciones. Eso si, sin exponerse demasiado ya que el miedo manda sobre sus vidas. Durante siglos, mi grupo ha ido inculcando ese miedo en esa gentuza para evitar su insubordinación.
– ¿Gentuza, dices?.
– Es gentuza. Gente inculta, gente pobre, por carecer del carácter necesario para mejorar en su escala social – soltó una carcajada y añadió – de esa falta de cultura mi grupo es el responsable. Gente manipulable, gente capaz de creer en religiones basadas en mitologías ancestrales. No deja de ser curioso que los que menos tienen sean los más solidarios. ¡Estúpidos!.
– Pues, la verdad es que tu no has llegado muy lejos en esta sociedad…
– No demasiado. Pero me lo he pasado bien. Entrar en una multinacional sin escrúpulos como la Innombrable, me dio alas. Me sentía en mi salsa ya que esa empresa no es otra cosa que un psicópata gigantesco que se maneja con la misma gracia con la que yo mismo jugaba con mis subordinados: jodiendo a los ganaderos al pactar los precios de compra de la leche con otras empresas, deforestando bosques para conseguir aceite barato, mirando a otro lado cuando veía que su política comercial hacía morir a niños en África, comprando a proveedores que explotan niños en sus plantaciones, espiando a ONG…
– Vamos. Que estabas en la gloria.
– Exacto. Mi jefa es la típica persona que, aún perteneciendo a mi grupo, es una incapaz, quizás por tener menos inteligencia que una ameba. Es la típica pija inútil que lo único que quiere es aparentar buena posición sin hacer nada. Creo que ahora la llaman Ana Mato, por la ex-ministra de sanidad, prácticamente con el mismo perfil que ella.
– Y aprovechaste.
– Si. Me hice con el poder del departamento y pude campar a mis anchas. Y cuando hacía algo reprochable, mi jefa hacía como que no se enteraba.
– Y tus subordinados, sufriendo tus decisiones.
– Lógico. Quería gente como yo mismo. Y me encontré a una pandilla de pusilánimes que se limitaban a hacer su trabajo, sin ambición, sin demasiada energía…

– Pero ¿hacían bien su trabajo?.
– En realidad si, pero no me gustaba su actitud. Se dejaban manipular. No luchaban por nada. A nadie se le ocurrió siquiera denunciar las barbaridades que yo hacía con ellos: conseguía pelear a los unos con otros, les hacía trabajar gratis los fines de semana, utilizaba las confidencias que me hacían para menoscabar su autoestima. Eran borregos. Por cierto, ¿cómo me he muerto?.
– Accidente de coche. Y lo mejor que te ha podido pasar ha sido tu muerte, ya que tu cuerpo ha quedado destrozado.
– Bueno. Es una buena forma de terminar. ¿Y ahora que toca?. ¿Cielo?, ¿infierno?, ¿reencarnación?.
– Nada de eso. Desaparecerás y ahí se acaba todo.
– ¿Qué me pasa?. ¡Noto una fuerte atracción!, ¡como si algo me arrastrara!. ¡La luz se desvanece!. ¡Vuelvo a ver el túnel de luz!.
– Sospecho que me equivocaba con tu muerte. Creo que te han devuelto a la vida.

– Doctor. ¡Parece que recupera el pulso! – la enfermera miraba el monitor – ¡el pulso es débil pero constante!.
– Me alegro. Ya me parecía que conseguiría salvarlo – contestó el doctor Morales .- Su corazón es fuerte.
Su ayudante, el doctor Vilar se lo quedó mirando fijamente.
– ¿Crees que ha valido la pena salvar a este hombre, que va a quedar en estado vegetativo para el resto de sus días? – le preguntó.
– Si quieres que te sea sincero, hubiera dejado morir a cualquier persona en su estado – contestó.

– No lo entiendo.
– No tienes idea de quien es este tipo, ¿verdad?. Se trata de un malnacido que ha dedicado toda su vida a destrozar a sus semejantes. Es un psicópata de los de manual. He tratado a muchas de sus víctimas y nuestro colega, el doctor Pascual a muchas mas – quedó pensativo un momento y añadió .- Yo creo en la reencarnación y pienso que el mundo no se merece que este hijo de puta se reencarne y vuelva a hacer de las suyas.
Se acercó a la cabecera de la cama, miró al paciente por unos instantes. Luego observó las agujas que saltaban sobre el papel del electroencefalograma.

Reflejaban actividad cerebral. Se dirigió al paciente:
– Escucha cabrón. Voy a dedicar el resto de mis días a retrasar tu reencarnación, manteniéndote con vida. El mundo, aunque sea por veinte ó treinta años, vivirá mas feliz sin tu asquerosa presencia – miró como las agujas subían con mas fuerza debido a sus palabras y sonrió al constatar que le estaba escuchando .- Tu cuerpo, debido al accidente, es incapaz de obedecerte. Lo único que puedes hacer es respirar, oír y pensar. Vete mentalizando de que es eso lo que vas a hacer en los próximos años. Quizás te sirva para recapacitar, aunque dudo que tu egocentrismo te lo permita. ¡Disfruta de tus pensamientos!.

El doctor Morales se quitó los guantes ensangrentados y se dirigió a la puerta. La abrió y dejó pasar a la enfermera.
– Sospecho que acabas de fastidiar a sus antiguos subordinados – susurró el doctor Vilar mientras salía del quirófano.
– ¿Cómo?.
– Estoy seguro de que debe haber cola para ir a escupir a su tumba.

En el quirófano quedó el psicópata luchando infructuosamente por acallar sus pensamientos, para reducir el ruido que hacían las agujas del electroencefalograma al saltar histéricamente de un extremo al otro del papel.

Espíritu crítico

 
– ¿Sabéis que Pedro González ya no trabaja en la Innombrable?.
Estaban sentados en torno a una mesa en el bar de Santiago, que aquella tarde estaba vacío debido al partido de fútbol que se estaba jugando en esos momentos. Santiago, el propietario del bar, un hombre no muy alto, regordete y con una barba cana que hacía resaltar unos ojos que daban la sensación de haberlo visto todo, estaba detrás de la barra, poniendo en una bandeja las cervezas y los pinchos que le habían pedido los cuatro chicos de su única mesa ocupada.
 
– ¡Anda!. ¿No era ese tío un jefe de departamento?. No llevaba mucho tiempo en la empresa, ¿verdad?.
– No. Pertenecía a una empresa que fue adquirida por la Innombrable hará un par de años.
– Me caía simpático el hombre. Se le veía muy humano, muy próximo. Lástima que se haya ido.
– ¿Ido?. Quizás lo echaron. Corren rumores de todo tipo sobre él. Unos dicen que hizo alguna cosa mala y lo pillaron. Otros que tenía un lío con alguien del personal femenino.
 
Santiago se acercó a la mesa y empezó a traspasar el contenido de la bandeja a la mesa.
– ¿Quién ha pedido el vino? – preguntó.
– ¡Yo! – dijo la única mujer de la mesa. Santiago le dejó delante la copa de vino y puso los platos con los pinchos en el centro de la mesa. Luego volvió a la barra.
– Pues la circular que ha emitido la empresa respecto a Pedro González, le desea lo mejor en sus nuevos cometidos. Teniendo en cuenta que ese «le desea lo mejor» únicamente se usa con la gente que no han pillado en algún trapicheo, eso descarta el primer rumor.
– Y el segundo, lo del lío de faldas, dudo mucho que sea causa de despido. En la Innombrable la mitad del personal tiene o ha tenido algún amorío con la otra mitad.
– Quizás Felisa ha denunciado a la mujer por competencia desleal.
 
Todos rieron aquel comentario.
– Pues yo no lo entiendo. Un hombre encantador, creo que muy competente, buen jefe y se larga de la empresa, teniendo por delante un buen futuro.
– Quizás puedo aportar alguna luz en este asunto – dijo Santiago desde la barra. Todos se lo quedaron mirando -. La proximidad de este bar con vuestra empresa hace que prácticamente todo el personal vaya pasando por aquí y casi podría decir que me entero mejor de lo que acontece en vuestro trabajo que vosotros mismos.
– Venga, señor Santiago. Tómese una cerveza con nosotros y cuéntenos lo que ha oído.
 
Santiago se sirvió una copa de vino y se acercó a la mesa, sentándose con los chicos.
– No sé si sabéis que en el departamento de Pedro González echaron, hace un par de meses, a dos personas – dijo Santiago.
– Ni idea – dijeron todos.
 
– Como su jefe, esas dos personas pertenecían a la misma empresa, aquella que había sido comprada por la Innombrable – prosiguió Santiago -. Y he de decir que son muy buenos profesionales. Sin embargo cuando se incorporaron a la plantilla de la Innombrable, empezaron a darse cuenta de que el ambiente era completamente distinto al de su empresa origen. Ellos que siempre habían sido críticos con las políticas de su departamento, descubrieron que en la Innombrable había que comulgar con las ideas de sus superiores y descubrieron que el personal estaba compuesto por un rebaño de ovejas que se limitaban a cantar loas a las decisiones de sus superiores en todas las reuniones de trabajo.
– Hombre. Dedicarse a criticar a la empresa tampoco debe ser muy bueno…
– Ser crítico no es exactamente eso. Se trata de analizar una decisión y opinar, proponer mejoras ó decisiones alternativas que sean mas viables – aclaró Santiago -. Y luego estaban esas reuniones de adoctrinamiento del personal en las que, según palabras de estas dos personas, los asistentes parecía que fueran con sobredosis de mescalina, aplaudiendo y riendo las gracias del orador de turno. Como decían ellos, en esas reuniones solo falta el coro Gospell.
 
– Hombre. Quizás no es para tanto, aunque algo de cierto hay en lo que ellos decían.
– La cuestión es que empezaron a darse cuenta de que, con la abundante burocracia de la Innombrable, las diferentes reuniones de trabajo, los cursos y reuniones de adoctrinamiento, eran incapaces de sacar adelante su trabajo diario a no ser que aumentaran su jornada en cinco o seis horas. Eso y el ambiente general de peloteo intenso hacia los mandos les hizo caer en una actitud de pasotismo.
– ¿No le dijeron nada a Pedro, su jefe?.
– Desde luego que si. Pero Pedro no tenía forma de remediar las cosas. Su jefe inmediato le controlaba constantemente, asistiendo a todas las reuniones de trabajo y haciendo prácticamente todas las sugerencias que los subordinados aplaudían.
 
– ¿Y qué pasó?.
– Lo previsible. La empresa quería seguir teniendo un discurso único y aquellos dos empleados no lo aceptaban e incluso se reían de él. Los echaron de un día para otro.
– ¿Y Pedro?.
– Se puso como una moto. Según él, el espíritu crítico es bueno para mejorar la empresa. Y cuando se vio frente a un grupo de palmeros, incapaces de sugerir ideas, se le vino el mundo abajo. Él que siempre había fomentado la participación de sus subalternos en todas las decisiones se descubrió incapaz de seguir haciéndolo. Y optó por abandonar la empresa en la que ya no se sentía a gusto. Y es curioso, decía él, que la empresa el la que trabajaba antes de ser comprada por la Innombrable creció, precisamente, gracias a ese ambiente crítico de sus empleados. Y ese ambiente ha sido el que la Innombrable cortó de cuajo nada mas entrar.      
 
– Pobre gente – dijo la mujer -. Como nosotros hemos entrado en la Innombrable directamente, no conocemos otros ambientes de trabajo. Pero ellos, que estaban, por decirlo de una manera sutil, en el cielo, la caída debió ser estrepitosa.
– Pues si – dijo Santiago -. Y no deja de ser curioso que a nivel social y político, esta lucha se está dando actualmente, debido a la crisis.
– ¡Es cierto!. Antes el discurso oficial no admitía ser cuestionado y ahora está aflorando una corriente social que pone en duda absolutamente todo: la constitución, el senado, la monarquía, la democracia…
 
– Exacto. La historia de la humanidad refleja esa intención de eliminar a todos aquellos cuyo pensamiento fuera distinto del poder. Se trataba de alinear en el mismo pensamiento a toda la sociedad. Y ahora están saliendo a la luz el montón de personas que cuestionan esas actitudes. Incluso la prensa «oficial» ha de reflejar, de vez en cuando, esas voces discordantes si quiere dar imagen de veracidad a sus noticias. Si nuestro presidente tuviera un mínimo de inteligencia habría elegido consejeros de todas las ideologías y no al conjunto de personas que tiene con el pensamiento idéntico al suyo. Sólo así se puede salir del agujero: viendo las cosas desde diferentes ángulos. Quizás los cambios que veréis, si se producen, irán en esa dirección.
 
– ¿Y por qué no van a producirse?. La opinión pública quiere esos cambios.
– Porqué nuestro país está alineado con otros países que nunca querrán permitir que el nuestro se salga de los cauces trazados. El poder teme que el ejemplo de un estado pueda contagiarse a otros países. De todas formas confío en que triunfará la sociedad.
– Menos mal.
– Y ese espíritu crítico, ¿es bueno ó es malo? – preguntó Santiago.
– Es buenísimo.
– Pues, tarde ó temprano, esa actitud ha de llegar al mundo de la empresa. Podrán ser cincuenta años, un siglo, cuatro siglos, pero acabará llegando.
Santiago se levantó.
– Me vuelvo a la barra, voy a empezar a recoger porqué quiero cerrar pronto. Tengo una cena…
 
– ¿Una mujer? – dijo uno, sonriendo.
– Alguien de quien acabamos de hablar: Pedro González.
– Y, ¿cómo está?. ¿Ha encontrado un nuevo trabajo?.
– Las personas que valen, cuando caen, lo hacen como los gatos: siempre caen de pie. Pedro y sus dos ex-subordinados han montado un negocio y siguen desarrollando su trabajo para la Innombrable, eso si, fuera de su influencia y ganando bastante mas que cuando eran empleados.