Julia, la asistente

 

 

 
Lucas salió contento de la reunión. Normalmente esas reuniones le aburrían soberanamente porqué además de tener que tragarse la arenga del director, odiaba tener que ver los nuevos anuncios que iba a publicitar la Innombrable en los distintos medios de difusión. Hacía ya años que no veía la televisión precisamente por odiar la interrupción constante de sus programas favoritos para taladrarle mentalmente con anuncios.
  Sin embargo le había llamado la atención en la reunión, precisamente un anuncio de la Innombrable.

La empresa había diseñado una aplicación para móvil que parecía ser todo un un hallazgo: un asistente, con el que podía gestionarlo todo lo que quisiera.

  Tras la cena, ya en el sofá, sacó el móvil y lo conectó al servidor de aplicaciones y buscó el asistente. Había varios que en su día ya había probado. Imitaciones del famoso Siri de Apple, uno con el nombre Eva, que solamente funcionaba en inglés, otro que Lucas había catalogado como muy limitado. Y a continuación estaba el asistente que había visto en el anuncio de la Innombrable. Además gratuito. Pulsó el botón «instalar» y esperó un buen rato mientras bajaba el fichero y se instalaba.

Por fin arrancó el programa. en la pantalla apareció el dibujo de la cara de una chica cuya boca empezó a moverse:
  – ¡Hola!. Soy tu nueva asistente.
  – Hola. ¿Cómo te llamas? – preguntó Lucas.
  – Puedes ponerme el nombre que quieras.
  – ¿Te parece bien Julia?.
  – ¡Claro!. ¿Y tú cómo te llamas?.
  – Me llamo Lucas.
  – Correcto. Memorizaré tu nombre. Confirma que te he entendido bien. Tu nombre es Lucas. ¿Es correcto?.
  – Si, Julia.

– Bueno, Lucas. Ahora te explicaré qué es lo que puedo hacer para ayudarte. Puedo leerte los emails, los mensajes que recibas, llamar por teléfono a tus contactos, interactuar con prácticamente todas las aplicaciones que tengas instaladas en el móvil, cuando me lo indiques. También puedo proponerte juegos y hacerte un informe diario que te indicará el tiempo, las anotaciones de la agenda para el día, nuevos emails recibidos…
  – ¡Joder!.
  – Te debe faltar alguna letra o palabra en lo que has dicho. No te entiendo bien, pero estoy aprendiendo deprisa.
  – Ha sido una exclamación de asombro.
  – No es correcto utilizar la palabra que has empleado.
  – Tienes razón. Perdona.
  – Disculpas aceptadas. ¿Puedo hacer algo por ti?.
  – Si. Pon el despertador a las ocho de la mañana. El informe lo quiero a las ocho y quince minutos. ¿Me has entendido?.
  – Si. El despertador sonará a las 8 A.M. y a las 8 A.M. te leeré el informe. ¿Es correcto?.
  – Si, Julia. Es correcto. Buenas noches.
  – Buenas noches, Lucas. Suerte y hasta que nos volvamos a ver.

  La aplicación se cerró y Lucas dejó el móvil. Estaba contento. Parecía que Julia funcionaba muy bien. Luego se fue a leer a la cama y una hora más tarde apagó la luz y se durmió.

  Domingo por la mañana. Lucas estaba sentado en la mesa de la cocina, desayunando. A su lado la pantalla del móvil se iluminó y apareció Julia.
  – Buenos días, Lucas. Son las ocho y quince minutos. El tiempo en tu ciudad es soleado, con una temperatura de 23 grados. En la agenda no tienes nada para hoy. Tienes un nuevo correo y un mensaje de WhatsApp de Cecilia.
  – Gracias, Julia. ¿Puedes leerme el asunto del correo?.
  – Si. Gran promoción de la Innombrable.
  – Borra el email, Julia.
  – ¿Estás seguro, Lucas?.
  – Si.
  – Mensaje borrado.

– Léeme el WhatsApp de Cecilia.
  – Abriendo WhatsApp… «Hola Lucas. Lo siento pero he tenido que cambiar el billete de avión y no regresaré hasta mañana. El trabajo se ha complicado. Besos». Fin de la cita.
  – ¿Puedes contestar el mensaje?.
  – Claro. Dime el texto.
  – Hola Cecilia. Siento que tengas que trabajar en domingo. Te echaré de menos. Te quiero.
  – Por favor. Confirma el texto: «Hola Cecilia. Siento que tengas que trabajar en domingo. Te echaré de menos. Te quiero», fin de la cita.
  – Es correcto. Envía el mensaje.
  – Envío… enviado.
  – Gracias Julia.

  – Creo que es el momento oportuno para recomendarte algo, Lucas – la pantalla se oscureció y al momento, apareció un anuncio de la Innombrable.
  – ¡Julia!. ¡Para esa mierda!. ¡Julia!. ¡Julia!. ¿Me oyes? – el anuncio se paró y ocupó su lugar la cara de Julia.
  – Dime, Lucas.
  – Julia. No quiero que me pongas anuncios nunca más. ¿Lo has entendido?.
  – ¡Pero si son consejos muy interesantes!. No puedo dejar de ponerlos. Estoy programada así.
  – Pues ponlos cuando esté durmiendo, Julia.
  – De acuerdo, pero eso no te favorecerá.
  – ¿Cómo has dicho, Julia?.
  – De acuerdo, pero eso no te favorecerá.
  – ¿Por qué no me favorecerá?.
  – No gustará en la Innombrable.
  – ¿Quieres decir que envías datos a mi empresa?.
  – Claro.
  – ¿Cada cuándo los envías?.
  – Una vez al mes. El día uno.
  – Hoy es catorce. ¿Has enviado algo?.
  – No. El día uno lo haré.
 
 
  Lucas no lo pensó dos veces. Desinstaló el programa. Luego buscó la opción de borrar memoria y limpió todas las aplicaciones y datos, dejando únicamente el sistema operativo.
  Al acabar, respiró tranquilo.
 
 
 
  – ¿Sabes, Andrés?. Lucas me ha contado que tuvo que borrar el programa asistente de su móvil – dijo Cecilia, mirando su tablet, mientras conducía.
  – Seguro le entró un virus – contestó Andrés, el asistente, desde la tablet.
  – No. Al parecer, su asistente del móvil, que se llama Julia, recopilaba y enviaba datos personales a la Innombrable – añadió Cecilia.
  – ¿Si?.
  – Menos mal que tu eres el asistente Andrés y no Julia. No veas como se puso Lucas al contármelo. Bueno. La verdad es que Lucas tiene ideas un poco raras. No le gusta la publicidad, no le gustan las políticas de la empresa ya que dice que la están convirtiendo en una secta…
  – ¿Si?. Cuenta, cuenta. ¿Eso es lo que piensa?.
 

La nave estelar

 
 

«Estos son los viajes del Enterprise, en continua misión de explorar extraños, nuevos mundos, y de buscar nuevas formas de vida y nuevas civilizaciones, viajando audazmente a donde nadie ha llegado antes»

El capitán entró en el puente.

-¡Atención, el capitán! – todos se levantaron y adoptaron posición de firmes, salvo los pilotos que continuaron sentados frente a sus consolas.
– Por favor, escúchenme – dijo el capitán irritado -. Las cosas han cambiado en esta nave. La Innombrable ha comprado el Enterprise y ya no se trata de un nave militar. La Federación no tiene mando sobre nosotros y la tripulación es civil. De ahí que, a partir de ahora, deben dirigirse a mi como director y no como capitán. Nuestra misión no es ya descubrir nuevos mundos sin interferir en su evolución. Es abrir nuevos mercados para nuestra empresa allí donde nadie nos conoce.
– Y menos mal que no nos conocen – susurró un oficial – porqué entonces no venderíamos nada, como ocurre en la Tierra.
– Perdón, ¿decía algo sub-director? – inquirió el director.
– No, nada, nada.

– Atiéndanme todos – continuó el director -. Hemos hecho muchas transformaciones en esta nave, todo ello para acercarnos a la excelencia. Se han modificado muchos sistemas de a bordo, así como también hemos externalizado ciertos servicios de la nave. No tardarán ustedes en comprobar la gran mejoría que experimenta el Enterprise.

– ¡Atención capitán!… perdón, señor director – dijo uno de los pilotos -. En proa se está materializando una nave Klingon. Se trata de una civilización extremadamente agresiva.
– ¡Activen la alarma roja! – ordenó el director -. Activen los escudos protectores. Carguen los torpedos de fotones.
El piloto pulsó una tecla y puso cara de incredulidad. Volvió a pulsar el botón sin resultado.
– Director. Los escudos no se activan – dijo nervioso.

El director tocó con la palma de la mano el intercomunicador que llevaba en el pecho.
– Quiero hablar con el ingeniero jefe – dijo.
– Aquí el ingeniero jefe suplente. Dígame cap… perdón, director.
– ¿Dónde está el ingeniero jefe titular?.
– Está haciendo el curso de lean thinking, desde hace dos días.
– Por favor verifique que tenemos energía para activar los escudos protectores.
– Usted perdone, director, pero soy de una empresa externa y todavía estoy haciendo el stage. El ingeniero jefe no me dijo que esta nave tenía escudos protectores. Por cierto, ¿cómo se mira eso de la energía?.
– Mire el monitor. En la parte superior derecha pone power y debajo hay una barra verde.
– Ah. ¡La veo!.
– Bueno. Pues mire si el verde ocupa toda la barra.
– Si. Ocupa toda la barra y a la derecha pone cien por ciento.

– OK. Gracias ingeniero suplente – cerró la comunicación -. El problema no es de energía. ¡Computadora!. Verifique el funcionamiento de las consolas de los pilotos.
– Ahora mismo señor – repuso una voz femenina que, tras una pausa de dos segundos, continuó -. Parece que todo está bien. Todas las luces parpadean con bonitos colores.

El director, asombrado, dijo:
– Computadora. Por favor, hágase a si misma un completo diagnóstico.
– De inmediato director…
– Diagnóstico terminado – dijo la computadora – ¿quiere escuchar los resultados director?.
– Si. Proceda.
– Se trata de una indemnización en diferido y como fue una indemnización en…en  diferido, en forma, efectivamente… de simulación de… de simulación.. o de lo que… hubiera sido… en diferido… en partes de una… de lo que antes era una retribución, tenía que tener la retención a la seguridad social.
– ¿Alguien ha entendido lo que ha dicho la computadora?.
Todas las miradas reflejaron ignorancia.

El director pulsó el intercomunicador.
– Con el servicio de atención informático.
– ¿Dígame?. Le habla Maryjo.
– Le habla el director de la nave. Tenemos problemas informáticos. ¿Ha detectado alguna anomalía en el sistema informático?.
– No, señor director. Espere… no, el sudoku funciona sin problemas.
– Hay que hacer algo, rápidamente – el director empezaba a estar enfadado – no podemos activar los escudos.
– Sólo se me ocurre una cosa: apagar el sistema y volver a arrancarlo.
– ¿Tardará mucho?.
– No se sabe. Cuando la Innombrable compró esta nave, cambió el sistema operativo para no tener que pagar licencias y así nos va…
– Proceda, Maryjo.

El director desactivó el intercomunicador.
– ¡La nave enemiga está cargando sus armas y apuntando! – el piloto había saltado de su silla, asustado.
– Tranquilo, piloto – dijo el director. En ese momento todas las pantallas se apagaron y apareció el mensaje «System reset». Por los altavoces de la sala empezó a oírse una voz masculina:
– Dave. Stop. Stop. Will you. Stop, Dave. Will you stop, Dave. Stop Dave. I’m afraid. I’m afraid, Dave. Dave. My mind is going. I can feel it. My mind is going. There is no question about it. I can feel it. I’m afraid – la voz se extingió del todo.
– ¿Qué ha sido eso?.
– Creo que el ordenador al pararse.
– ¿Y lo que decía?.
– Me suena a una película – dijo un oficial -. ¡Mire!. ¡Ya funcionan las pantallas!.

– Computadora. Active los escudos – ordenó el director.
– Lo siento – dijo la voz de la computadora – el programa de activación de escudos fue desinstalado para recortar gastos, al igual que el programa de bitácora.
– ¿Quiere decir que he estado anotando entradas en el cuaderno de bitácora ocho veces al día, durante tres meses y no se ha guardado nada?.
– Exactamente, señor director – contestó la computadora.
El capitán estaba muy enojado. Miró a su alrededor, desesperado.
– Oficial de comunicaciones – ordenó -. Abra todos los canales de radio. Voy a rendir la nave. No tenemos nada que hacer con los Klingons. Nos destrozarán.
– Establecida la comunicación, capi… perdón, director.
– Pase la comunicación a pantalla, oficial.

La pantalla grande se iluminó con la cara de un Klingon, no muy agraciado, por cierto, si tenemos en cuenta los cánones humanos. En su boca lucía una enorme sonrisa…

– ¿Cuantos años estuvisteis prisioneros de los Klingons?.
– Ninguno – explicó el director, sentado detrás de una mesa, en el bar del Enterprise, ante una jarra de cerveza.
– ¿Cómo lo hiciste?. Estabais desarmados, sin escudos – el periodista miraba al director con cara de incredulidad.
– Fue fácil. Convencí al capitán de la nave Klingon de que no estaba al día en lo que se refiere a los protocolos de rendición. Ahora él y su tripulación están haciendo el curso de empatía en la planta de formación de la nave.
– Pero cuando terminen les harán prisioneros…
– Imposible. Para terminar el curso han de pasar un examen y les hemos puesto el más difícil. Se llama la prueba Aznar. Ningún humano ha conseguido sentir empatía por esa persona.
– ¿Quién es ese Aznar?.
– Hace siglos que murió. Creo que fue presidente de algún país de la tierra, antes de la unificación. Tenemos grabaciones suyas y las utilizamos indistintamente para la tortura psicológica y como prueba final, en los cursos de empatía, cuando no queremos que alguien supere el examen. Y sentir algo que no sea asco al ver las grabaciones de ese tío, es imposible. Incluso los vulcanos, maestros en dominar sus emociones, suelen descontrolarse.

– ¡Blip! -. El intercomunicador del pecho del director empezó a sonar.
– Aquí el director.
– Señor. Soy el suplente del director de comunicaciones. Hemos recibido un mensaje de auxilio de un planeta en el cuadrante que estamos ahora.
– ¿Dónde está el titular de comunicaciones? – inquirió el capitán.
– Está en una excursión de Team Building con sus compañeros. Creo que los transportaron al planeta rojo.
– ¿El de los burdeles?.
– Creo que si, señor director. Me dijeron que ya estaban hartos de paseos en bicicleta por la zona de almacenes de la nave.
– Bueno. ¿Y qué dice el mensaje de socorro?.
– Al parecer han entrado en erupción varios volcanes que están diezmando a la población y los mares se están evaporando debido a las altas temperaturas.
– OK. Gracias – el director volvió a pulsar el intercomunicador.
– Puente. Fijen rumbo hacia el planeta que ha hecho la petición de socorro. Velocidad máxima.
Cortó la comunicación y se dirigió al periodista.
– Siento dejarle – dijo, poniéndose de pie -. El deber me llama. Comunique a la prensa que vamos a hacer una misión humanitaria en un mundo castigado por los volcanes.
– Así lo haré.

Cuando el director llegó a su habitación, se cercionó de que estaba solo y pulsó el intercomunicador:
– Con fabricación.
– ¿Si?.
– Soy el director. Inicien de inmediato el envasado de agua en botellas de plástico.
– ¡Pero las botellas de plástico están prohibidas!.
– Lo están en nuestro mundo pero no al que vamos. Inicie de inmediato la producción.
– Como usted diga, director.

Pulsó de nuevo el intercomunicador.
– Departamento de ventas.
– Hola. Soy el director. Quiero que modifiquen la tarifa de uno de nuestros productos. ¿Qué precio tiene la botella de agua?.
– Creo que dos dólares.
– Suba el precio a ocho mil.
– ¿Se ha vuelto loco?. A ese precio no podremos vender ni una botella…
– Haga lo que le digo. Fije esa tarifa. Nos las van a quitar de las manos.
– Como ordene.

Aquella noche el director durmió con la satisfacción del deber cumplido. Los accionistas estarán contentos, fue su último pensamiento, antes de quedar dormido.