Aclarando conceptos

Fue un artículo que leyó en la prensa que le dio la idea: había aparecido en Estados Unidos una aplicación llamada Knozen, cuyo objetivo era recopilar de forma anónima las opiniones de los trabajadores acerca de sus compañeros de trabajo. La idea le pareció original porqué cada empleado podía saber  el concepto que tenían los demás acerca de uno mismo.
Le costó encontrar en la red un host que sirviera para ir acumulando los datos de su futura aplicación, ya que tenía que estar en un país en el que no hubiera posibilidad alguna de que la Innombrable pudiera hacer cerrar la web. Una vez conseguido, estableció un sistema de encriptación de datos y otro de verificación de los accesos, basada en la mac adress del dispositivo conectado, para evitar duplicidades en las votaciones.
Obtuvo la lista de empleados de la Innombrable y la integró en la base de datos. A continuación se dedicó a crear una aplicación para móvil que permitiría opinar acerca de los compañeros e incluso hacer búsquedas y consultas de cualquier persona en la base de datos.
Por último se dio de alta en un correo temporal, desde donde envió varios mails a personas de la empresa que sabía, iban a extender la noticia de la nueva aplicación.
En una semana se habían descargado la aplicación ochocientas personas.
Y todos ellos votaron.

– Os he convocado a esta reunión porqué hemos de decidir que hacemos con esa aplicación que está provocando una verdadera revolución en la empresa – dijo el director general al iniciar la reunión.
Los veinticuatro subdirectores fingieron sorpresa como si no tuvieran nada que ver con ello, a pesar de que tenían instalada la aplicación en sus móviles e incluso habían votado sobre sus compañeros.
– Bueno – dijo el subdirector de RRHH -, gracias a esa aplicación hemos descubierto a tres pederastas, a un centenar de cocainómanos, varios alcohólicos, algunos heroinómanos, ladrones, difamadores, psicópatas, golfas, cientos de palmeros, egocéntricos…
– Perdona – interrumpió el director -. Ya sabes que he aprendido el castellano hace poco y no tengo idea del significado de la palabra «palmero».
– Se trata de un concepto muy español. Proviene del flamenco, un baile andaluz. Los palmeros son las personas que siguen el ritmo de las canciones con las palmas de las manos. En este caso se refiere a una persona aduladora, que aplaude todas las decisiones de sus superiores, aunque sean erróneas.
– Entiendo – dijo el director -. ¿Y golfas?.
– Son mujeres que utilizan su cuerpo para ascender en la empresa.
– Ah, prostitutas. ¿Es cierto que las hay?.

– Desde luego. Quizás el caso más claro es una jefa de informática. Llevábamos años preguntándonos como una persona tan incompetente había llegado tan alto y ahora la explicación es evidente. Felisa está donde está gracias a sus trabajos buco-faríngeos.
– ¿Buco qué? – preguntó el director de nuevo.
– Felaciones – le aclaró el subdirector de RRHH -. He preferido utilizar un eufemismo para quitarle crudeza a esta palabra.
– Ah.

A su lado Javier, el subdirector cuyo mando abarcaba, entre otras áreas, la de informática, estaba notando como el rubor invadía toda su cara, llegando a las orejas. Bajó la vista, viendo como sus compañeros lo miraban sonrientes, dándose codazos.
– Él es el último que la ascendió – susurró alguien a su alrededor.
– ¿Decías? – preguntó el director mirando al que había susurrado la frase.
– No, nada. Decía que él – lo señaló – había ascendido a Felisa.
– ¿Cómo has podido ascender a una incompetente, Javier? – inquirió.
– Bueno. Me envió un mail diciendo que se merecía el ascenso y luego acabamos de concretarlo en una entrevista en mi despacho…
– Eso significa que esa mujer sabe argumentar sus ideas – observó el director, apaciguador.
– Si te soy sincero – repuso Javier – no le escuché ningún argumento.
– ¿Cómo?.
– No podía hablar. Su boca estaba muy ocupada…

Una carcajada general recorrió la sala de reuniones.
– Pero Javier. ¿Cómo puedes decir algo así?. Te he tendido una cuerda para salvarte y no la has utilizado. Sabes que la Innombrable tiene un código de conducta que se ha de cumplir y tu no lo has seguido. Me veo en la obligación de despedirte – miró al subdirector de RRHH y le hizo una seña para que tomara nota -. Puedes presentar tu dimisión voluntaria ó dejar que sea la empresa la que te despida.
– Pero… -saltó Javier -. ¡Pero eso es hipocresía!.

– ¿Cómo dices? – gritó el director.
– Vamos a ser claros – dijo Javier, mas tranquilo -. En esta mesa hay una persona que lleva a sus clientes importantes a alguno de los pisos con prostitutas de alto standing que, casualmente, regenta otro de los asistentes de esta reunión. La subdirectora de comunicación paga una cantidad importante cada mes a los medios mas influyentes del país para que no publiquen ninguna noticia de la Innombrable sin su beneplácito. El subdirector del departamento legal soborna habitualmente a los jueces de las magistraturas laborales. El subdirector de RRHH acostumbra a exigir sexo a cambio de contratos de trabajo, además de tener una empresa de trabajo temporal que, casualmente, es la que nutre a la Innombrable de personal temporal. El subdirector de producción tiene varias empresas que venden con exclusividad maquinaria para nuestras líneas de fabricación. El subdirector de finanzas paga con la tarjeta de la empresa sus frecuentes fiestas particulares. Nuestro director, que todos los viernes dice ir a jugar a golf, en lugar de eso se va al «Château de Sade» con su secretaria a practicar con el látigo, cómo no, pagando la empresa. Por no decir que todos nosotros utilizamos los servicios del personal en trabajos particulares, ya sea fontanería, carpintería, electricidad, informática, leyes… – dejó vagar su vista por las caras de sus compañeros. Nadie le miró a los ojos -. ¿Quién incumple el código de conducta empresarial?. O mejor sería decir: ¿quien lo cumple?. Nadie. Todos sabemos lo que hacen nuestros colegas pero miramos a otro lado.

– Nos estamos desviando del propósito de la reunión – atajó el director -. Se trata de decidir qué hacemos con ese programa.
– Yo lo dejaría como está. Sin que la empresa haga comentarios al respecto – dijo el subdirector de RRHH -. Si lo prohibimos, su uso se extenderá aún más. Además nos ha ido muy bien para detectar gente anómala.
– ¿Todos de acuerdo? – preguntó el director. Todos asintieron con la cabeza -. Decidido. Dejaremos el tema como está. La reunión ha terminado – miró al responsable de RRHH y le hizo una seña para que se quedara. Luego miró a Javier -. Javier. Quédate un momento.
Cuando todos los demás subdirectores hubieron abandonado la sala de reuniones el director le dijo a Javier:
– Voy a hacer como que no has dicho nada en esa reunión – miró a los ojos al director de RRHH y añadió -. No prepares la liquidación de Javier. Es un buen elemento y la Innombrable lo necesita.

– Te noto preocupado, cariño – observó la esposa de Javier durante la cena.
– No es nada – repuso él.
– No te puedo creer – dijo ella, mirándole a los ojos. Quiso añadir algo pero calló al ver entrar a la sirvienta para recoger los platos de postre que acababan de utilizar. Al volverse a quedar solos añadió -. Cuéntame qué te pasa.
– Cuesta ser honrado cuando estás en un lugar de poder. Ya sabes lo que pienso de nuestros políticos – dijo Javier, abatido -. ¿Cómo pueden crear leyes los mayores delincuentes del país, los que más incumplen las legislación?. Pues en las empresas grandes ocurre lo mismo. Son los directores, de largo, los mayores corruptos de la empresa y curiosamente, son los que establecen las reglas de juego de sus subordinados.
– Bueno – dijo ella -. Es la historia de la humanidad. Siempre ha sido así. Y eso nadie lo puede cambiar.

El director se acostó cansado. Había estado horas diseñando una estrategia para colocar a aquellos empleados que estaban catalogados por sus compañeros como psicópatas en los departamentos que requerían mayor disciplina. Al acabar, contestó los mails que había recibido de nueve subdirectores, pidiéndole su recomendación para entrar en el exclusivo club «Château de Sade». Evidentemente les había contestado a todos que era imposible ayudarles.
¡Maldita la gracia le haría que le vieran con su flamante traje de cuero!. 

El implante

Año 2030.

Llevaban casi una hora y media practicando sexo en la gran cama redonda de la habitación de Ignacio.
Aún no hacía más de tres horas que se habían conocido en la discoteca. La verdad es que ella, Juana, era de esas chicas que no pasan desapercibidas. Sus enormes ojos, aquella piel morena y suave y, sobre todo, su sonrisa, atrajeron la mirada de Ignacio, que decidió conocerla.
Charlaron un buen rato y antes de darse cuenta ya estaban besándose. Luego él le propuso ir a su casa y allí estaban, sobre la cama, recobrando el aliento, tras una buena y larga sesión de sexo.
– Uf, chico. ¡Menuda pasada! – jadeó ella -. ¡Eres una máquina!. ¡Llevo cuatro orgasmos!.
– Gracias por el cumplido.
– ¿Cumplido?. ¡De eso nada!. Acostumbrada como estaba a tantas eyaculaciones precoces de los chicos de nuestra edad, lo tuyo es toda una hazaña. ¿Cómo lo haces para tener tanto control?.
– Luego te lo cuento, que ahora me estoy meando. Déjame ir un momento al lavabo – Ignacio saltó de la cama y fue hacia una puerta de la habitación.
Juana, tumbada sobre la cama, cerró los ojos y se concentró en su teléfono. Al momento vio un menú del que seleccionó la pantalla de mensajes. Oyó una voz:
– No hay nuevos mensajes ni anotaciones en la agenda.
Juana se desconectó.
Ignacio salió del baño y se tumbó al lado de Juana. Le acarició la espalda y la besó. Ella deslizó su mano hacia su entrepierna.
– ¡No puede ser!. ¡Ya estás excitado de nuevo! – exclamó asombrada.
– Hombre. ¿Qué quieres que te diga, si estás para mojar pan? – la abrazó con fuerza mientras la volvía a besar.
Evidentemente, volvieron a hacer el amor.
– ¡Atención!, ¡atención! – sonó una voz dentro de Ignacio -. Dentro de dos minutos tendrá una eyaculación precoz.
– ¿Cómo? – pensó él, sorprendido -. ¡Retardala!.
– Le quedan ciento diez segundos para la eyaculación. Para activar el retardo ha de comprar retardador en nuestra tienda, a un precio de dos euros por unidad. Le recordamos que cada unidad le da una autonomía de…
– ¡Conéctame a la nube!. ¡Allí tengo varias unidades disponibles del retardador!.
– Le quedan cien segundos para la eyaculación inminente. Conectando a la nube…
– Le quedan noventa segundos. Conectando a la nube…
– Le quedan ochenta y cinco segundos. Imposible conectar a la nube. Por favor. Verifique su conexión.
– Mierda – pensó Ignacio -. Pues conecta a la tienda.
– Le quedan ochenta segundos. Elimino su primera instrucción por ser una palabra que está contenida en el diccionario de palabras malsonantes.
– ¡Conecta a la tienda! – ordenó Ignacio.
– Le quedan setenta y cinco segundos. Conectando a la tienda… Conectado.
– ¡Compra diez unidades de retardador!.
– Le quedan setenta segundos. Comprando diez unidades de retardador, que dan un total de veinte euros, iva incluido. ¿Está usted de acuerdo con la compra?.
– Si. Estoy de acuerdo.
– Atención. Le quedan sesenta segundos. Su pago va a efectuarse con la tarjeta de crédito terminada en 2856. ¿Está usted de acuerdo?.
– Si.
– Atención. Le quedan cincuenta segundos. Efectuando el pago ordenado por usted…
– Atención. Le quedan cuarenta segundos. Pago mediante tarjeta de crédito terminada en 2856 no se puede verificar. Posible fallo de conexión con la tienda.
– ¡Reinicia el chip!.
– Atención. Le quedan treinta segundos para eyaculación inminente. Procedo a la reinicializacíón.
– Atención. Le quedan veinte segundos. ¿Está usted seguro de que quiere reiniciar el chip?. La máquina se parará.
– Si, estoy seguro.
– Atención. Le quedan diez segundos. Reiniciando…
– ¿Qué te ha pasado?. Eso si que no me lo esperaba – Juana estaba enfadada – ¡Estaba en lo mejor!.
– Lo siento. Me ha fallado el chip.
– ¿Cómo?. ¿Llevas un chip retardador?.
– Si – contestó él con humildad -. Han fallado las conexiones y no he podido comprar unidades retardadoras.
– ¿Qué marca y modelo de retardador llevas?.
– RETARD 2223.
– ¡Joder!. ¡Como te las gastas!. Es de lo mejorcillo. ¿Lleva software original? – preguntó, aunque luego ella misma contestó a la pregunta -. Claro que has de llevar el original, si cada vez has de pasar por la tienda.
– Claro. ¿Hay otra forma?.
– Desde luego. Además las alternativas no te hacen gastar dinero. Y, lo que es mejor, no se limitan a retardar y mantener una erección. Tienen muchísimas más prestaciones. Pueden controlar tu cuerpo entero. Elimininar un dolor de cabeza, quitarte la acidez de estómago…
– No tenía ni idea de eso. ¿Me puedes conseguir otro software?.
– Deja que lo mire – Juana se conectó mentalmente al móvil y empezó a navegar por Internet -. Nos hace falta cambiar el bootloader e instalar una room que sea buena. Vale. Ya tengo lo primero. Bajando… bajado – iba diciendo en voz alta -. Ahora busco una room. Hay dos. Deja que mire las prestaciones de cada una para saber cual es mejor…
Ignacio esperó en silencio.
– ¡Ya lo tengo!. Esta es la mejor. Ya la estoy bajando.
– No tendré problemas con los cambios, ¿verdad?. Me aterroriza tener que pasar de nuevo por el quirófano para que me extraigan el chip del cerebro.
– Tranquilo. Domino la materia. Me dedico a eso – repuso Juana -. Por cierto. Si te hago este favor, tu me harás otro a mi, ¿verdad?.
– Claro.
– ¡Hombre!. ¡Ignacio!. ¡Que mala cara tienes! – lunes, empresa, máquina de café, su amigo Pedro, la única persona en la Innombrable, que no consideraba un «compañero-competidor», por ser el único que sabía no le iba a traicionar, quizás porqué no estaba en su departamento, además de ser alguien incapaz de hacer daño a un mosquito -. Se diría que te ha violado aquella antigua jefa que tuviste hace años, por las ojeras que enmarcan tus ojos.
– ¿Quién?. ¿Felisa?. Pues casi.
– No lo entiendo. Si te vi salir de la discoteca con aquel bombón capaz de provocar taquicardia a un salmón ahumado…
– Lo positivo es que cambió el software de mi chip implantado. Me puso uno que es una maravilla. Ella es informática – aclaró -. Ahora tengo control total sobre mi cuerpo, sin tener que ir comprando extensiones para el chip.
– ¿Y la parte negativa? – preguntó Pedro.
– Una vez instalado el software se conectó al chip y activó alguna cosa que me dejó completamente inmóvil, eso si, con el arma en ristre. Luego disfrutó de mi cuerpo durante casi tres horas.
– Yo hubiera pagado por ello. Al fin y al cabo es ésta una de las mejores fantasías que tenemos los hombres. Disfrutaste, ¿no?.
– Como un enano.
– Pues menos mal – dijo Pedro – que esta es la parte negativa.
– No creas. La parta negativa no te la he contado aún. Trajo a una amiga y ella se fue. La amiga estuvo conmigo el resto del fin de semana.
– ¿Fea?.
– Imagínate a Felisa sin depilar…