Gutierrez organiza una visita

– Gutiérrez. El día veinte de este mes va a venir el director de la Multinacional a visitar la fábrica – le dijo el director de la fábrica al jefe de personal -. Hemos de actuar como en las otras ocasiones.

– Mal lo tenemos, esta vez, señor Fernández. Nuestro personal está en mínimos, ya que muchos hacen vacaciones.
– Si es necesario se contrata para ese día. El director hará el recorrido habitual: línea uno de fabricación y zona de envasado, además de las oficinas. Quiero que traspase a la línea dos a todas las mujeres feas, mayores y obesas. Solamente ha de ver chicas hermosas en las zonas que visite.
– Veré lo que puedo hacer. ¿El director pronunciará unas palabras al personal?.
– Me han dicho que si. En la sala general habrá que poner delante a los jóvenes y a los más agraciados. Detrás el resto, como siempre.
– Voy a encargarme de ello – dijo Gutiérrez.

Una vez en el despacho, Gutiérrez pidió una lista del personal que estaría trabajando el día de la visita.
Mal asunto, pensó. Menuda pandilla de focas tenemos ese día. No sé cómo lo vamos a hacer.
Estuvo toda la mañana llamando a agencias de trabajo temporal, para contratar chicas para ese día. Sin embargo no tuvo suerte. Hasta septiembre no tendrían personal.
¿Qué podía hacer?. Fue entonces cuando se acordó de «El Palermo».
Se trataba de un bar de alterne, de esos que tienen un bar en la planta y habitaciones en el piso de arriba.
Por probar no perdía nada.

Salió de la fábrica y se dirigió al Palermo. Una vez allí, entró en el bar y fue a la barra.
– ¡Hola guapo!. ¿Me invitas a una copa? – aquella chica que se le acercó llevaba un vestido cortísimo y con un amplio escote.
– Quisiera hablar con el encargado ó la encargada – contestó Gutiérrez – aunque también me gustaría saber dónde te has comprado el vestido que llevas.
– Es encargada. Se llama Irene. Ahora la llamo. El vestido lo he comprado por Internet – se acercó a la caja registradora, cogió un papel y un bolígrafo y escribió. Luego se lo entregó – ¡Irene!. Este señor pregunta por tí.
– Muchas gracias. Creo que si le compro este vestido a mi esposa, puedo tener un montón de noches locas…

La chica fue a sentarse a una mesa y una mujer madura se le acercó.
– ¿Querías hablar conmigo?. Soy Irene, la encargada.
– Si. Necesito a unas cuantas de tus chicas durante un día entero para que estén en la fábrica. Viene nuestro director y queremos que se lleve una buena impresión de su visita.
– Te va a salir por un pingo.
– No hay problema. Tengo carta blanca. Se trata de que tus chicas estén en la línea de fabricación, trabajando allí. El trabajo es sencillo y lo único que deberán hacer es sonreir cuando pase el director. No han de vestirse de forma extremada. En la fábrica todos llevan bata.
– Vamos a ver de cuantas chicas quieres disponer. ¡Chicas!. ¡Venid!.

Unas doce muchachas se acercaron y se pusieron en fila.
– Elige a las que quieras que vayan a tu fábrica.
Gutiérrez se levantó del taburete y fue hacia ellas. La elección no era fácil. Todas eran muy hermosas y sus vestidos realmente llamativos. Eligió a siete de ellas.
– Perfecto – dijo la señora Irene -.¿De qué día se trata?.
– Del día veinte. Deberán estar a las nueve, hasta las cinco de la tarde. Evidentemente les pagaremos la comida – sacó una tarjeta y se la entregó – esta es la dirección de la fábrica y mi nombre. Que pregunten por mi al llegar.
– Muy bien. Por cierto, ¿quieres hacer una degustación previa?. En tu caso te saldrá grátis.
– Me encantaría pero no creo le gustara a mi esposa – se levantó y se dirigió a la puerta -. Muchas gracias. El día veinte. Buenas tardes.

El veinte, a las nueve de la mañana, Gutiérrez vio llegar a las chicas. Tras recibirlas, las acompañó a la línea uno y se las entregó al encargado.
– Que se pongan la bata y que empiecen a trabajar en la línea. Enséñeles su trabajo.

Una hora más tarde, pasó por la línea y ya estaban todas trabajando. Parecían dominar sus respectivas máquinas. El encargado estaba en su mesa, sin dejar de mirarlas con ojos como platos.

A las doce aparecieron el director de la empresa y el director de la fábrica con un séquito de cuadros intermedios.
Gutiérrez se percató de inmediato de como los ojos de todos se posaban en las chicas. El director se quedó ensimismado mientras decía en voz baja algo así como «¡no llevan nada debajo!». Se acercó a alguna de las chicas y tras darles la mano, les preguntó cómo les iba el trabajo. Ellas respondieron con una sonrisa que hizo subir los colores al hombre.

Tras el recorrido, el director fue a la sala general. En primera fila estaban las siete chicas, sonrientes.
El discurso fue breve e incluso el personal notó un cierto tartamudeo en las palabras de su director, que parecía dirigirse únicamente a los siete pares de piernas de la primera fila.

Al disolverse la reunión el director se dirigió hacia su coche para marcharse.
Antes de irse decidió que tenía que ir al lavabo y fue al servicio más próximo.
Todo el séquito estuvo esperando una larga hora hasta que el director salió y, tras felicitar al director de la fábrica y despedirse de todos, subió al coche y salió hacia el aeropuerto.

Solamente Gutiérrez se había percatado del error y no dijo nada. El director había entrado en el lavabo de mujeres.
Mientras el director se despedía, Gutiérrez miraba de reojo hacia el lavabo de mujeres del que éste acababa de salir.
Primero salió una de las siete chicas. Luego otra, que captó su mirada. Ésta le sonrió y guiño un ojo.

– La visita del director ha sido un éxito – dijo Fernández, sosteniendo la hoja de gastos que le había entregado Gutiérrez -. Es más. Me acaban de comunicar que el director hará una visita mensual «de seguimiento». Considera que ésta es una fábrica modelo.
– Me alegro. Pero, ¿ha visto los gastos de la visita?.
– ¿Que más dá lo que cuesta?. El director me va a ascender y he pensado en alguien como usted para ocupar mi sitio. ¿Qué le parece?.
– Fantástico. Muchas gracias por pensar en mi.
– Lo que no acabo de entender es la hora que pasó el director en el lavabo. ¡Una hora entera!.
– Quizás no estaba bien del estómago – dijo Gutiérrez.

Dos semanas más tarde, Gutiérrez, el nuevo director de la fábrica, recibió una caja. Cuando la abrió, sonrió encantado. Dentro había un vestido idéntico al que llevaba aquella chica de «El Palermo».
En la tarjeta que encontró dentro, leyó:
«Ha sido y será un verdadero placer hacer negocios contigo. Irene».

Aquella noche en casa, Gutierrez tuvo su noche loca. Y le siguieron muchas más.

Paco y el spam

Santiago se dio cuenta inmediatamente de que Paco no estaba de buen humor.

Su saludo fue algo así como un bufido, al entrar en el bar.
Tras secarse las manos con una toalla, le sirvió una caña y siguió sacando los vasos del lavaplatos para ponerlos en las estanterías.

Paco le observaba trabajar, dando algún que otro trago a su vaso de cerveza.
– Sospecho que hoy no ha sido un buen día, para ti – le dijo Santiago.
– Sospechas bien. ¿Se me nota?.
– Hombre… Si tenemos en cuenta que eres una persona que habla por los codos, tu visita de hoy no se ajusta al estándar que se espera de ti- contestó Santiago -. Aunque también el hecho de que estés de mala leche sirve para revalorizar mi bar,

– ¿Revalorizar el bar?.
– Claro. Los bares tienen muchas más funciones que las de dar de comer y beber. También sirven como lugar de encuentro de personas… No sabes la cantidad de empresas que se han gestado aquí, ni de matrimonios que se han formado aquí… Y separaciones, robos, algún asesinato… Incluso aquí se gestó un poker amañado para desplumar a un proxeneta mafioso, ¿recuerdas?.
– Si, claro…

En aquel momento entraba Don Mariano y Santiago lo saludó con la mano. Este se acercó a la barra y saludó a Paco. Luego se sentó en un taburete, al lado de sus amigos. Santiago le puso una cerveza y siguió hablando:
– Creo recordar también que fue en este bar que se organizó una boda de conveniencia. Un español y una Argentina. Por cierto, Paco, ¿cómo está Sonia?.
– Tan guapa como siempre. Te aseguro que desde que estamos casados mi vida ha cambiado – contestó y tras pensarlo, añadió – . Y para bien.
– ¡Que mujer tan encantadora es Sonia! – dijo Don Mariano.

– Y aquí llegamos a otra función de los bares – añadió Santiago -. La función de conseguir que los seres humanos no lleguen a casa de mala leche. En este bar la gente llega cabreada con el trabajo, harta de las tonterías que hace, escucha y tiene que tragarse todo el día. Harta de reuniones estúpidas, de vocablos sin sentido que pertenecen a la «cultura de empresa», aunque más bien diría «incultura de empresa». Si no existieran los bares, ¿qué pasaría?. Simplemente que un montón de gente se llevaría su mal humor, su desánimo, su indignación a casa. Y pagarían el mal rollo los familiares. Habría más separaciones, en consecuencia e incluso los hijos tendrían problemas con los estudios al tener que tragarse la mala leche de sus padres. ¿Te das cuenta, Paco?.

– Ahora te entiendo, Santiago – dijo Paco, riendo- Eso explica la razón de que en nuestro país haya tantos bares y tan pocos psicólogos.
– Veo que se te ha pasado la mala leche – dijo Santiago – . Creo que ha llegado el momento de que nos cuentes lo que te ha pasado hoy.

– Lo de hoy ha sido la gota que ha colmado el vaso. Simplemente , estoy harto de encontrarme cada día en mi buzón tropecientos anuncios de supermercados, de abogados, de compradores y vendedores de pisos, de gestores de multas de tráfico, de compañías unificadoras de deudas… Al subir al coche, invariablemente encuentro anuncios en mi parabrisas. Recibo unos diez mensajes publicitarios en mi móvil al día. En la oficina hemos tardado años en reducir el spam en el correo y aún así encuentro cinco mensajes diarios. Incluso estamos recibiendo publicidad en el fax del despacho.

– ¿Y la gota que colma el vaso?.
– La gota que colma el vaso, es la propia empresa. Ahora que hemos conseguido reducir el spam que nos llega al correo, la misma empresa se dedica a enviar spam a todos sus empleados, contando las excelencias del trabajo bien hecho, de sus proyectos de futuro, de lo importantes que son sus logros y de la gran importancia que le dan al factor humano. Lo cual no deja de ser paradójico, ya que es evidente que si quisieran hacernos sentir orgullosos de trabajar en la empresa, no necesitarían hacerse publicidad. Mejorarían nuestras condiciones. Y no me refiero al salario… No es de recibo que en mi departamento siga reinando la cultura del miedo, porqué la empresa permite que mi jefe, un psicópata, haga de las suyas.

– Lo que han de hacer – continuó – es ganarse la buena fama en base a actuaciones y no a publicidad triunfalista falsa.
– Sospecho que la persona que sustituyó a Nuria en la Multinacional, no tenía los mismos principios que su predecesora – dijo Santiago -. Siempre hay alguien que hace los trabajos sucios.

– Todo es denunciable – dijo Don Mariano -. Puedes denunciar el spam que llega a tu móvil, a tu correo e incluso el que envía tu empresa. Para eso está la Agencia de Protección de Datos. Sin embargo, en relación a tu empresa, poco podrás hacer. Ellos dirán que se trata de «información» que te hace llegar, para tenerte informado. En realidad se trata de un abuso de autoridad para con sus trabajadores, ya que consideran que, al darte un empleo, pasas a ser «propiedad» de la empresa y te has de tragar el spam propio que ellos te envían. Conste que puedes denunciarlos e incluso ganar el pleito. Pero dudo puedas conservar tu empleo para conseguirlo.
– Quizás el comité de empresa… – dijo Santiago.
– El comité de empresa es fiel a su nombre: es el comité «de» la empresa – repuso Paco -. Hacen lo que ésta les dice.

Terminó la cerveza y continuó:
– Hace unos días recibimos una encuesta sobre la ética de la empresa. Al rellenarla te iba contando la posición de la Multinacional para cada tema particular. Y, sin embargo, a nadie de los que la cumplimentaron se le ocurrió pensar que si eran consecuentes con su «ética de empresa», no tenía sentido alguno que participaran en la Olimpiada de Pekin.
– El eterno dilema de la política y el deporte – dijo Don Mariano.

– No. No hablo de política. La política admite el debate. Los derechos humanos no. Y nadie, ni países ni empresas, ha faltado a la Olimpiada. La verdadera ética solamente ve dinero.