Conversaciones en el hoyo 19: parásitos

— La verdad es que estoy harto—dijo Juan, irritado.
— Vosotros no lo sabéis—aclaró Inés, mirando a sus amigos—. Se ha instalado en su casa su hermano, a quien acaban de echar del piso por no pagar el alquiler.
— Y, supongo, estará sin trabajo—preguntó Pascual.
— Si. A sus sesenta años, carece de trabajo y no tiene posibilidades de cobrar una jubilación, cuando le toque—explicó Inés.


—El problema no es mi hermano—explicó Juan—. Él ocupa una habitación en casa. El verdadero problema es su ego, que ocupa todo el piso. Es incapaz de escuchar. Todo lo que le dices no es otra cosa que un enlace para contarte cualquier batallita, cualquier opinión, cualquier consejo. No escucha. Aún no ha descubierto que a los demás nos importa un pimiento lo que dice. Él tiene que significarse, demostrar que es muy listo, muy sabio—bebió un trago de su cerveza y continuó—. Hará unos años, mi hija montó una exposición fotográfica, a la que fue mi hermano. Cuando le pregunté a mi hija si a mi hermano la había gustado la exposición, ella me dijo que no lo sabía. Al parecer, desde que llegó- y estuvo casi dos horas-, se dedicó a hablar con ella de “sus propias” fotos, sin echar siquiera un vistazo a las fotos de mi hija.
—Menudo plasta de tío—apuntó Santiago—. No tiene idea de lo maravilloso que puede ser un buen silencio en una conversación.
—Una conversación con él es un auténtico monólogo. Monólogo que solamente le sirve a él para distinguirse—continuó Juan—. O para demostrar que tiene un montón de amigos, cómo no, amigos de mucha relevancia, con propiedades y dinero para dar y vender.
— Seguro que todos estos amigos le están llamando sin cesar para ofrecerle una vivienda y un empleo, ahora que está en una situación desesperada ¿no?— dijo riendo Santiago.
— No. Ninguno le llama— dijo Juan—. Es obvio que si se dedicara a pedirles ayuda, su contador de amistades bajaría a cero.
— Um. Verdaderos amigos— añadió Pascual.


— Pues ya veis. Esta es la joya que ha venido a instalarse en casa— resumió Juan—. Inicialmente -me dijo- para dos semanas y lleva casi tres meses.
—Que pena de persona—dijo Pascual—. Toda una vida para crearse una imagen que no es otra cosa que lo que quiere que los demás vean en él. Ese vivir dependiendo de los demás… Mala cosa… Y si las cosas no te funcionan, la culpa es de los demás. Me recuerda a don Paulino, de la Innombrable. Allí le llamaban “el cardenal”. Siempre hablaba “ex cathedra”, con una soberbia y unos aires de superioridad…
— ¿Cómo lo llevas ahora?—preguntó Santiago—. ¿Habláis?.
—¿Y seguir alimentando su ego?. No. Apenas nos hablamos. Hasta que no se dé cuenta de que no es nadie para emitir juicios y aún menos para dar consejos prefiero no hacerle caso—añadió Juan—. Se lleva mal con la familia por esa continua obsesión de ir dando consejos por doquier. Consejos que nadie le pide, por cierto. Quizás si nuestros padres lo hubieran metido en un seminario, le hubiera ido mejor.
— Eso es lo que hacían hace cien años con los hijos tontitos las familias burguesas—rio Pascual.


— En realidad—aclaró Inés, riendo— se trata del plan maquiavélico de Juan para acabar con la iglesia. Haces sacerdote a un tipo así y en cuatro días la parroquia se queda sin fieles. Es lo que le gustaría a Juan.
— También serviría como político— apuntó Santiago—. Lenguaje vacío, frases ambiguas, ego gigantesco… Es el político ideal.

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