Conversaciones en el hoyo 19: Inés

Santiago, Pascual e Inés estaban sentados en el bar del club de golf. Bronchales acababa de salir a dar la vuelta al mundo con su esposa y había sido sustituido por Inés, antigua compañera de facultad de Pascual, a la que éste no había vuelto a ver desde entonces. Las redes sociales habían conseguido restablecer el contacto y cuando Pascual se enteró de que ella jugaba al golf, no dudó en invitarla a jugar en sustitución de Bronchales. Inés era alta, delgada y lo que más destacaba en ella eran sus ojos grandes y azules, que se iluminaban cada vez que sonreía. Su rubia melena encuadraba aquel rostro que, a pesar de unas pocas arrugas, era muy bello. Esa belleza no era la de la típica cara bonita. Era aquella belleza que tienen algunas personas que han sabido vivir la vida y aceptar los desafíos de ésta con desapego, aceptando los reveses como estímulos para poder crecer como persona.

Aquel día había sido el primer encuentro de los tres golfistas.


—Menudo palizón nos has pegado—rio Santiago—. Y además, saliendo desde los tees de los hombres.
—Os he sacado, al que más, tres golpes—contestó ella—. Conste que eso de poner tees para hombres y tees para mujeres es algo machista. Es verdad que las mujeres no somos capaces de llevar la bola tan lejos como los hombres, pero podemos compensarlo, usando palos mas largos.
—Es cierto—dijo Pascual—. Nos has ganado en iguales circunstancias. Pero conste que la próxima vez no te será tan fácil.


—Bueno. Ahora me gustaría saber, Santiago, qué ha sido de tu vida—dijo Inés—. Me consta que tenías un bar y también me consta que te dedicabas a ayudar a chicas descarriadas.
—Pues no hay mucho que añadir. Una vida dedicada a intentar ser consecuente con mi forma de pensar, que no es fácil, por cierto—repuso Santiago—. En lo personal, estuve casado unos quince años. Luego me separé y desde entonces vivo solo. He salido con muchas mujeres pero no he sido capaz de encontrar a alguna con la que quisiera compartir mi vida. Lo que significa que hoy en día valoro mucho mi independencia y me costaría mucho convivir con alguien. Vamos. Que estoy fuera de mercado. Ah. Y no tengo hijos aunque, eso sí, tengo a un montón de chicas que quiero como si fueran mis hijas.


—¿Y tú, Pascual?.
—Yo soy psicólogo. Tal vez porqué mi infancia fue terrorífica. Mis padres fueron de todo menos buenos padres. Cada día, al volver de la escuela, tenía que soportar verlos gritar e incluso agredirse. Rara era la noche que conseguía dormir sin escuchar aquellos gritos. Tenía verdadero pánico a ir a casa. Luego, cuando tenía unos diez años, mi madre saltó por la ventana, quizás con la ayuda de mi padre. Ella murió y él acabó sus días en la cárcel mientras yo era enviado a casa de una tía, hermana de mi madre. Allí viví el resto de mi juventud y al acabar el bachillerato decidí estudiar psicología y luego medicina, lo primero, quizás para entender a mis padres ó para aprender a superar mis traumas. Al acabar las carreras, me independicé y tres años después me casé. Tengo dos hijos, ahora ya mayores. Uno es médico y el otro es profesor de escuela. Profesionalmente, he compaginado mi consultorio con esporádicos trabajos en una multinacional, la Innombrable.
—¿Conseguiste superar los traumas de la infancia?—preguntó Inés.
—Si. Creo mis padres hicieron lo único que sabían hacer. Supongo que lo vieron en sus padres. Aunque, si tuviera que destacar algo de mi vida en lo profesional, lo que verdaderamente me sorprendió fue ver que en la multinacional había un gran número de empleados con problemas psicológicos. La sorpresa fue descubrir que esos problemas eran provocados por la propia empresa.


—¿Cómo?.
—Por un lado el hecho de que existe una ambigüedad entre lo que la empresa dice que hace y lo que hace realmente. Por poner un ejemplo, descubrir que desde hace un montón de años la empresa sabía que el azúcar refinado no es bueno para la salud y que no haya hecho nada para evitar sustituirlo en sus productos, hace que te plantees si vale ó no la pena seguir trabajando en una empresa que es tan hipócrita. Por otro lado, las luchas de poder que hay allí dentro van machacando al personal. Abusos de autoridad, zancadillas, patadas, mentiras, actitudes psicopáticas, machismo… están a la orden del día. Y si eres una persona normal, con principios, ver y sufrir todo eso, te hace acabar tumbado en el diván de un psicólogo.


—Bueno—dijo Inés—. Creo que ahora me toca a mí. Soy o en realidad era, cirujana. Trabajando para la Seguridad Social. Creo que era buena en mi trabajo y con la crisis me jubilaron. Mi gran problema era asumir las muertes de mis pacientes. Es algo que aún hoy, recuerdo con verdadera angustia, ya que me afectaba mucho en lo personal. No morían por negligencia médica. Morían por tumores que una vez en el quirófano descubríamos que eran inoperables y no podíamos hacer otra cosa que coser al paciente y decirle que no habíamos podido hacer nada. En lo personal, tuve una infancia buena, me casé a los veinticinco, una vez terminada la carrera, tuve dos hijos y un buen marido a quien no pude curar cuando se manifestó en él un cáncer con metástasis de lo mas rabioso. Quizás fue mi marido el paciente que más me dolió perder. Suerte que tuve a mi lado a mis hijos, que ahora ya son totalmente independientes.


—Uf. Menudas vidas las nuestras—observó Santiago—. Una sugerencia. Ahora que hemos hablado de nuestro pasado, propongo lo aparquemos y vivamos el presente. Estamos en lo mejor de nuestra vida. Tenemos ahora una vida en que el mayor bien es el tiempo. Antes apenas disponíamos de tiempo para hacer lo que queríamos. Ahora somos los verdaderos administradores de él. Aprovechémoslo y disfrutemos de todo aquello que siempre quisimos hacer y no pudimos.
—Ok. Borremos el pasado—dijo Inés.


—De acuerdo. Pero dejarme deciros algo que se me ha quedado en el tintero, respecto a mis padres—añadió Pascual—. Así me quedaré tranquilo y podré cerrar bien mi pasado: mi padre, años antes de la muerte de mi madre, no sé como lo consiguió, pero tenía una carta de suicidio de mi madre. Posiblemente ella la escribió uno de esos días “bajos”, pero no llegó a suicidarse. Él la encontró y se la agenció. Cuando mi madre saltó por el balcón, yo estaba en casa y sabía de la existencia de ese escrito que podía evitar la incriminación de mi padre. Antes de que llegara la policía, busqué la carta, la escondí y días después la destruí. Cuando mi padre la buscó, no pudo encontrarla. Tampoco tuvo mucho tiempo para hacerlo, ya que lo detuvieron pocas horas después.
—Bueno—dijo Santiago—. Al fin y al cabo, si ella no fue empujada por tu padre, la causa de que se lanzara era tu padre igualmente.
—Eso es lo que pensé entonces—dijo Pascual.
—Yo hubiera hecho lo mismo—dijo Inés—. Bueno. ¿Os apetece borrar el pasado y decidir cuándo volvemos a jugar?. He de decir que me lo he pasado muy bien y me he alegrado de conoceros. Es más: ya os considero mis amigos.

Conversaciones en el hoyo 19: el camarero

— ¡Vaya mierda de jornada! — dijo Bronchales, completamente indignado. Su ropa, como la de sus compañeros estaba completamente mojada, tras una jornada en la que no había parado de lloviznar —. No había forma de hacer rodar la bola por la calle.
— En estos casos, lo que hay que hacer es impedir que ruede, haciéndola volar — contestó Pascual, añadiendo: — hoy era el día de los globos. Había que olvidarse de hacer chips y hacer pitch.
— Nunca he sabido la diferencia que hay entre ellos.
— Para mí, el chip es un golpe en el que no doblas la muñeca: la bola vuela un tercio del recorrido y rueda los dos tercios restantes — explicó Santiago —. Con el pitch doblas la muñeca y la enderezas al golpear la bola, todo eso, abriendo la cara del palo previamente. Así la bola vuela casi todo su recorrido.

El camarero trajo y dejó las bebidas y los platos con el aperitivo sobre la mesa. Bronchales se quedó mirando la cara de éste.
— ¿De qué te conozco? — le dijo.
El chico levantó la mirada y miró a los ojos a Bronchales. Luego sonrió y contestó:
— He trabajado en la Innombrable, como usted. En mi caso, a las órdenes de Felisa, como técnico de sistemas.
— Creo que ya te recuerdo. Eras el mejor de tu departamento. Tenías por delante un buen futuro y un día decidiste marcharte de la empresa. ¿Qué pasó?.
— Bueno, trabajar en el departamento de Felisa era como hacerlo en una jaula de grillos. Todo estaba montado a salto de mata. No había ninguna planificación. Rara era la noche que no me llamaran para solucionar algún problema. Al final decidí que era más importante mi familia que un sueldo que me obligaba a trabajar dieciséis horas al día. Y aquí estoy: trabajando de camarero en el bar de un golf y saliendo al campo al terminar mi jornada. Eso, para mí, es calidad de vida.
— Recuerdo a Felisa — dijo Pascual —. Como psicólogo tuve que tratar a mucha gente de su departamento y todos ellos presentaban síntomas de ansiedad, depresiones ó cuadros similares. También la traté a ella, sin conseguir el menor resultado. Incluso te pedí — dijo dirigiéndose a Bronchales — que la echaras o que la ascendieras a algún cargo en el que no tuviera personal a su cargo.
— Lo recuerdo — repuso Bronchales —. Pero no lo pude conseguir. Tenía muy buenos padrinos.

El camarero se retiró a la barra del bar, después de dedicarles una sonrisa.
— A este chico lo traté. Tenía problemas — dijo Santiago —. Ya sabéis que, además del bar, yo tenía un piso con “chicas”. Al parecer sufrió abusos por parte de un sacerdote cuando era niño. Cuando llegó era prácticamente impotente y una de mis chicas le ayudó a recuperarse. No fue labor de un día. Tardó meses en superar su problema. Y tú también lo trataste, Pascual — añadió mirando al psicólogo — aunque no puedes hablar de ello por la confidencialidad que existe entre médico y paciente.
— Es cierto. Lo traté. Recuerdo que quedó destrozado cuando el obispo de la diócesis cerró la investigación y se limitó a enviar al cura a otro lugar, por cierto, al pueblo al que pertenece este golf — explicó Pascual.

— Y el año pasado, encontraron al sacerdote muerto – de un disparo en sus genitales – dentro de la iglesia. Murió desangrado. —continuó Pascual —. Con una nota manuscrita en la que se declaraba culpable de un montón de abusos a niños.
— Lo recuerdo. Salió en la prensa — dijo Bronchales —. Pero no vayamos a pensar que se lo cargó el camarero… Es cierto que ambos vivían en el mismo pueblo pero no es mas que una casualidad.
— ¿Tú crees que alguien en sus cabales elegiría para vivir el mismo pueblo en el que estaba el cura que convirtió su infancia en un infierno? — inquirió Santiago.
— Quizás no tuvo muchas ofertas para elegir un trabajo y sólo encontró la del golf… — apuntó Bronchales.
— Mirad. Algo en mi fuero interno me dice que fue este chico — dijo Santiago.
— Le dispararon con una escopeta de caza. De las de cartuchos. De esas que disparan unos ochenta perdigones — aclaró Pascual —. El cura salía a cazar y su escopeta estaba en la sacristía. Fue la que utilizó el asesino. Ah. Por cierto. A la hora del crimen, el camarero estaba en mi consulta. En la ciudad, lejos del pueblo.
— Entonces no tuvo nada que ver con el asesinato.
— A no ser que el médico que practicó la autopsia se equivocara con la hora de la muerte — insinuó Santiago.
— Claro. La hora de una muerte se establece en función de cuando aparece el rigor mortis y depende de la temperatura ambiente, que influye también en el tiempo de enfriamiento del cuerpo, que es básico para establecer la hora del asesinato.

— Recuerdo a ese cura. Lo veía en la subasta de pescado, al lado del puerto — explicó Santiago —. Cada martes yo iba a comprar para el bar y veía a ese cura, quien por cierto compraba mucho pescado. Debía comprar para todo el mes.
— ¡Escuchad!. Suenan las campanas — dijo Bronchales —. Ya son las doce. Tengo que irme.
— Para mí las campanas no son otra cosa que un aviso — dijo Pascual, riendo —: “Cuidado, pederastas sueltos”.

— Tengo una teoría sobre la muerte del cura — dijo triunfante Santiago — Si ese cura compraba tanto pescado, debía congelarlo. Luego, tenía un buen congelador. De lo que se deduce que es posible que el asesino enfriara el cuerpo en ese congelador. Horas después lo sacó y lo dejó en el suelo para que lo encontraran. El forense hizo sus cálculos y estableció una hora errónea. Entonces el posible asesino no pudo ser acusado, ya que a aquella hora estaba en la ciudad y tenía una coartada sólida.
— Quizás eso explique…— susurró Pascual — el hecho de que aquel día, en mi consulta, el camarero estuviera tan relajado, como si se hubiera librado de un gran peso.
— En fin — dijo Bronchales, levantándose —, me voy. Tengo que acompañar a mis nietos al mercadillo que hay en la plaza de los pederastas. Han de comprar un árbol de navidad. Por cierto, pago yo el aperitivo.
— ¿La plaza de los pederastas?.
— Bueno. La de la iglesia. Al fin y al cabo viene a ser lo mismo. ¡Feliz navidad!.
Pascual y Santiago se miraron.
— ¿Sabes Santiago?. Por una vez, creo en la justicia. A ese cura cabrón lo juzgará su dios y al camarero nadie. ¡Me encanta!.

El Nobel

– ¡Que forma más tonta de morir!.
– ¿Cómo sabes que estás muerto?, Pablo – preguntó la mujer que vestida con una túnica blanca estaba en aquel recinto sin límites, iluminado por una intensa luz blanca.
– Quizás porqué desde hace veinte años que no se me acerca una mujer tan bella como tú. Es lo que tiene eso de morir de viejo. Estar como una pasa no suele atraer a nadie a tu lado.
– ¿Cómo es que rechazaste el premio Nobel de literatura?.
– Me gusta creer que por humildad. Solamente pensar que a raíz de ese premio hubiera tenido que cambiar mi vida para asistir a recepciones, entrevistas, homenajes, etc. me quitaba el sueño. Me hubiera convertido en un ser vanidoso, de esos que disfrutan escuchándose a si mismos.
– Pero el premio es muy cuantioso…
– Si. Sobre todo para hacienda, que se hubiera quedado con mas de la mitad. Ese dinero recaudado hubiera servido para comprar mas armas para el ejército o para privatizar servicios públicos.
– ¿De qué país vienes? – preguntó ella.
– ¿País?. No debería haber países. Ese es un invento del hombre, tan dado a establecer fronteras. Si no fuera por las fronteras nos ahorraríamos un montón de guerras y un buen puñado de exaltados que sólo ven banderas y esa mierda a la que llaman patriotismo. Mi patria es la Tierra, el tercer planeta del sistema solar.

– Aún así, ¿en qué país has vivido?.
– Te lo plantearé como un acertijo. Te cuento las características y tu lo adivinas. ¿Te parece?.
– Si, me encantan los acertijos.
– Nací durante los últimos años de una dictadura. El dictador era un militar que, tras una sangrienta guerra, se hizo con el control del país y asesinó a quienes no pensaban como él. Por eso, cuarenta años después de su muerte, sus herederos intelectuales – si podemos llamar así al nulo intelecto del dictador y sus herederos – se hicieron con el poder, estableciendo un sistema político al que llamaron democracia, quizás por aquello de que votar cada cuatro años a dos partidos políticos prácticamente idénticos creen que puede llamarse democracia. Nunca se plantearon la separación de poderes, nunca se plantearon la libertad de prensa y como en la época del dictador, siguen persiguiendo la libertad de opinión.
– Voy haciéndome una idea…
– Se trata de un país muy hermoso, con un clima muy bueno, con mucho mar y montaña, de gente inculta pero muy agradable. Prácticamente, desde hace varios siglos existe una clase dominante, liderada por una monarquía, que se ha desenvuelto a su antojo, oprimiendo al resto de los ciudadanos. Y eso no ha cambiado en la época actual. Antes de morir, el dictador volvió a instaurar la monarquía, puso exactamente a la misma familia de tarados que habían reinado en siglos anteriores.
– Ya veo…
– Antes me preguntabas sobre mi rechazo al premio Nobel. Sólo pensar en que hubiera tenido que saludar al rey, al presidente del gobierno y al presidente de mi comunidad autónoma me provocaba nauseas. Yo no quería de ninguna de las maneras seguir el juego a esa gentuza. No quería tener que escuchar interminables discursos de aquellos que se creen importantes y que, además intentan demostrar con sus palabras que son personas cultas e instruidas. No gracias. Y otra cosa: quería cobrar mi pensión. Después de trabajar y cotizar cuarenta años había conseguido una pensión muy digna y no quería que me la quitaran por haber recibido el premio. En los veinte años que llevo jubilado he escrito varios libros y no he publicado ninguno. Y eso para no perder la pensión. Ahora que estoy muerto ya podrán publicarlos y los beneficios serán para mis hijos.
– Uf. Espero no equivocarme. Me has descrito España.
– ¡Acertaste!. No era difícil, ¿verdad?.
– Si quieres que te sea franca, ya lo sabía. Al fin y al cabo soy parte de ti.

Pablo miró los ojos de aquella mujer. La sentía como especie de extensión de su persona.
Quizás – pensó – me muestra aquel ideal de ser humano por el que he luchado siempre y cuya meta nunca había conseguido alcanzar. Sonrió feliz. Había valido la pena morir para sentir aquella plenitud.

– ¿Te puedo pedir un favor? – dijo él.
– No hace falta que me lo pidas – ella se acercó y lo abrazó con fuerza. Luego lo miró a los ojos y dijo: – Ahora es cuando dices que hacía veinte años que no te abrazaba una chica tan hermosa.
– ¡Me lees el pensamiento!.
– Claro. Y te he abrazado porqué me apetecía hacerlo.
– ¿A un carcamal como yo?.
– A alguien que tiene un buen corazón y además un físico fantástico. Mírate.
Pablo miró su cuerpo. Ya no estaba en los huesos, carecía de arrugas y de manchas en la piel. Su espalda no estaba arqueada y al pasarse la mano por la cabeza notó que tenía abundante cabello.
Se rio.
Luego se desvaneció a la vez que ella.