Genio y figura…

Cruzar toda la ciudad en el coche para llegar a la Innombrable era toda una hazaña. Cada mañana, Julian tenía que sortear multitud de obstáculos para recorrer los diez quilómetros que separaban su casa de la empresa: la infinidad de taxis y autobuses que campaban a sus anchas, entrando y saliendo del carril bus en función de sus necesidades; los cientos de coches conducidos por madres, llevando a sus hijos al colegio; el sinfín de motos y bicis que aparecían en tromba y que pugnaban por llegar los primeros al semáforo en rojo, pasando entre los coches a velocidades suicidas; todos los demás coches que circulaban en su misma dirección, la mayoría con un único ocupante, por regla general histéricos por ir a sus respectivos trabajos a los que, seguro llegaban tarde, ya que invariablemente tocaban la bocina en el preciso momento en que la luz del semáforo se ponía verde.

Y de toda esa fiesta, Julian disfrutaba cada mañana en su coche de gama alta. A su lado, medio dormitaba su secretaria, con el pelo aún mojado de la ducha que habían compartido, tras una noche de desenfreno sexual. La miró de reojo.

– La verdad es que esta tía es fantástica – pensó -. Llevamos años juntos y sigo deseándola como el primer día. ¡Que buena es en la cama!. Y, lo mejor, piensa como yo y no tiene ningún escrúpulo en joderle la vida a quien sea con tal de facilitarme el camino hacia la cúspide. Esa perrita es mi alma gemela: ambición desmesurada,  ética propia y cambiante en función de las necesidades del momento, es inteligente y hace todo lo que le pido. Es todo un tesoro.

Bajó la ventana e inició un sonido gutural. Ella abrió los ojos y le dijo:

– Espera – miró hacia la parte posterior, esperó a que apareciera alguna moto por detrás y cuando la vio aparecer, contó hacia atrás – tres, dos, uno, ¡ya!.

Julián escupió por la ventana, justo a tiempo para acertar en el depósito de la moto que pasó a su lado como una exhalación. El motorista no se percató de aquella mancha verdosa que ahora llevaba al lado de su rodilla derecha, capaz de hacer gritar de alegría a cualquier departamento de policía científica del país.

– ¡Le he dado!.

– Pues pisa el acelerador, que se te va a colar un taxi. Julián lo pisó a tiempo y el taxi no pudo cambiar de carril. Le hizo una peineta al taxista.

– Hoy voy a tener que “arrimarme” al director de producción, si queremos que apoye tu proyecto – dijo ella -. Es el único que se opone al mismo.

– Eso explica tu generoso escote de hoy – repuso Julián -. ¿Sala de reuniones tres?.

– Claro. Allí es donde tenemos la cámara. También tenemos pendiente echar a Miguel. Nos está investigando.

– ¿Ha conseguido algo? – preguntó Julian.

– No, pero se acerca.

– Y, supongo que con un polvo no basta.

– Ya sabes que no me acuesto con la tropa. Pero le he dicho a Felisa que lo trabaje a conciencia.

– Ah, Pobre Felisa, con esa cara de pasa. En fin. Esa traga con todo. Es una “todoterreno”. 

– ¡Acelera!.

Otro taxi se quedó con las ganas de salir del carril bus.

– ¡Cielos!. El director dice que los valores de nuestra empresa se han mantenido invariables desde hace ciento cincuenta años – leyó ella de la revista de propaganda de la Innombrable que estaba hojeando.

– Bien. Ya sólo falta que se los lean y apliquen alguno de ellos, por variar un poco. Calculo otros ciento cincuenta años más para que lo consigan. Menos mal que a pesar de ello, hay multitud de premios que le otorgan a la empresa. Premios de organizaciones, por cierto, que no conoce nadie. ¿Se jugarán al poker esos premios entre los directores de las principales multinacionales?. “Oye Martín, te veo el proyecto de full que dices tener si me das el premio del medio ambiente”. “Vale, si me otorgas el de empresa que más cuida la seguridad de sus trabajadores”. “Ala, que cabrón, Martín. Si se os han muerto este año mas de cien personas, sin contar a esos sindicalistas que extermináis en América”.  “OK. te subo la apuesta otro millón y me lo das”…   

– ¡Otro taxi!.

Julián aceleró para evitar se le colara el taxi. Sin embargo al tratar de impedir que se colara, ambos coches se golpearon. Julian bajó de coche hecho una furia y fue hacia el taxi. El taxista bajó de su automóvil.

– ¿Dónde cojones te enseñaron a conducir?, maldito cabrón. Seguro que la zorra de tu madre tuvo que hacer horas extras para que consiguieras el carnet – el taxista empezó a enrojecer de cólera -. ¿O fue tu hermana la que te lo consiguió?. Seguro que…

Todo sucedió en un momento. El taxista sacó de su bolsillo un cuchillo y se lo clavó en el pecho. Julián cayó al suelo, cerrando los ojos.

– Joder, cómo duele… – pensó. Abrió de nuevo los ojos y vio un corrillo de gente a su alrededor, muchos de ellos filmando con sus móviles. Notaba que estaba muriendo y aún así se esforzó por decir bien alto al taxista:

– ¡Joder!. Sabes que te pagaré lo que te debo. Siento el retraso.

Ella estaba a su lado. Le cogió la mano.

– Tranquilo. He llamado a una ambulancia.

– No será necesario. Me muero. 

– Encontraré a faltar eso que tienes entre las piernas.

– Por cierto. Gutierrez podría ser un buen sustituto mío. Es un alma gemela. Y me consta que le gustas. Cuídate, morena.

Cerró los ojos, tosió una vez y dejó de respirar. La policía que ya había llegado, la apartó del cadáver. El taxista fue esposado e introducido en el coche policial. Luego se dedicaron a tomar la declaración y los datos de la gente que había visto y filmado la escena.

Uno de los agentes se quedó con ella e intentó calmar su llanto mientras tomaba su declaración.

Lo cierto es que la puesta en escena de “viuda desconsolada” le estaba saliendo muy bien a la mujer.

– Creo que utilizaré este rol para conquistar a Gutierrez – pensó -. Mal rollo, tener que volver a empezar de nuevo. Por cierto, ¿para qué habrá dicho Julián eso de una deuda al taxista?.

Lo pensó un momento y luego tuvo que ocultar una carcajada.

– ¡Que cabrón!, así condenarán a veinte años al taxista con el agravante de premeditación, en lugar de los diez que le hubieran caído. ¡Que bueno eras, Julián, hijo de puta!. 

Si lo llego a saber…

– ¿Dónde estoy?.

– Acabas de morir.

– No es posible… Seguro que los médicos me hacen volver.

– Lo dudo mucho. El forense acaba de poner los restos de tu cerebro en un bote de formol. Me sorprendería mucho que alguien pudiera revivirte en estas circunstancias.

– Y tú, ¿quién eres?.

– Alguien a quien conociste hace sesenta años. ¿No me recuerdas?. Fuimos compañeros en la Universidad.

– ¡Espera!. ¿Sandra?.

– La misma. La que estuvo y está enamorada de ti.

– ¿Enamorada de mi?. ¿Lo dices en serio?.

– Desde luego que si. Pero conste que me enamoré de aquel Paulino de apenas veinte años, tímido, afable, romántico, idealista, vital. Nada que ver con el Paulino de ahora. No te volví a ver mas cuando abandonaste la Universidad al terminar tus estudios y me quedé con tu imagen de entonces. Por eso sigo enamorada.

– Nos llevábamos bien – recordó Paulino -. Recuerdo con nostalgia aquellas noches en las que nos reuníamos Pedro, Laura, Jesús y tú para hacer los trabajos de economía de la empresa. Me ayudaste mucho, entonces. Fueron unos años maravillosos. Y me encantó el cambio en nuestra relación: de ser compañeros de clase pasamos a ser novios.

– Situación que duró apenas un año. Luego entraste en aquella multinacional.

– La Innombrable…

– Si. Y encontraste un buen partido: una mujer de buena familia, muy ambiciosa, que te empujó a ascender en la empresa. Se negaba a ser la esposa de un empleadillo y eso te hizo cambiar. Empezaste por olvidar aquello que te diferenciaba del resto: tus principios. Poco a poco fuiste aceptando como algo normal el soborno, los pisotones a los compañeros, fomentar rumores falsos que te beneficiaban, o poner a tu gente en departamentos que te interesaba controlar…

– Bueno. Tenía que ganarme la vida. Si no hubiera renunciado a mis principios, no hubiera llegado a ninguna parte.

– Pues, mira por dónde, eso es lo que me gustaba de ti. Luego tu ego empezó a crecer desmesuradamente, cuando llegaste a tu máxima cuota de poder. Te encantaba reunir a tus subordinados para soltarles arengas que les interesaban muy poco. En realidad te gustaba escuchar tu voz, cuando hablabas en público, dejando caer frases ingeniosas que sólo tu ego era capaz de reír.

– Bien que me las reían.

– Claro. ¿Qué iban a hacer tus subordinados?. Menos mal que, con el tiempo, tu amigo Rodolfo fue dándote un cierto barniz intelectual, al recomendarte unos cuantos libros clásicos, que elevaron un poco el nivel de tus disertaciones en público. Creo que incluso, empezarte a asistir a conciertos de música clásica y óperas, sin encontrar en ello más que una forma de sacar en una conversación el tema, para aparecer como un intelectual.

– Lo cierto es que nunca llegué a entender la música clásica.

– Y pensar que tu asiento en la sala de conciertos, lo hubiera podido ocupar alguien que sí apreciara la música… ¡Que desperdicio!.

– Bueno. No es para tanto.

– Luego apareció Felisa, que te hacía todo aquello que tu esposa se negaba a hacer.

– Sólo era sexo.

– Con disfraz de colegiala.

– Bueno. Es que me ponía y mucho.

– Claro. No lo dudo. El sexo es lo único que Felisa sabe hacer. Y tu vas y la asciendes. Vamos. Que le das poder a una perfecta inútil.

– Bueno. Eso no es perjudicial.

– Cuéntaselo a los que dependían de ella… Y, por fin, cuando está a punto de descubrirse que no eres más que un arribista embustero, capaz de mentir mas que un político español, llega la jubilación. Entonces tu ego cae en picado, ya que no puedes conseguir la cuota de admiración a la que estabas acostumbrado. Tu mujer pasa totalmente de ti, tras los dos o tres viajes que hicisteis como celebración. Está harta de tenerte en casa las veinticuatro horas del día. Tus hijas ya están casadas y odian ver a su egocéntrico padre, aunque lo disimulan las dos veces al año que no tienen mas remedio que verte.

– Pero estoy en varios consejos de administración…

– Eso son cuatro reuniones al año. En las que, por cierto, no te dejan hablar. Resumiendo: ¡que vida tan mediocre la tuya!. Casi podría decirse que lo mejor que has hecho ha sido morirte.

– Por cierto, ¿cómo he muerto?.

– ¿No lo sabes?.

– No. Recuerdo que estaba hablando con mi mujer y nada mas. Quizás he tenido un infarto…

– Nada de eso, Paulino. Tu esposa te ha disparado en la cabeza con aquella pistola que compraste en Estados Unidos, hace veinte años.

– ¿Me ha matado mi esposa?. ¡No puedo creerlo!. ¡Si ella me quiere!.

– Yo diría que te quiere un poco menos que a tu dinero.

– Bueno. Se pudrirá en la cárcel.

– No lo creas. Lo hizo muy bien. La pistola ha sido encontrada en tu mano derecha, con rastros de pólvora en ella. Y está el email.

– ¿El email?.

– Si. Ese que has enviado de despedida, indicando que te ibas a suicidar. La policía ya ha puesto “suicidio” en tu expediente. Y ya hay un pelota en la Innombrable, escribiendo un artículo sobre aquel subdirector maravilloso que dedicó cuarenta y tantos años a la empresa.

– ¡Joder!.

– ¡Y tanto!. Bueno. Te dejo. Adiós Paulino. Fue un placer conocerte… entonces.

– ¿Te vas?. ¿Y yo qué?. ¿Me quedo aquí para siempre?.

– No. Ahora se apaga la luz y desapareces.

La luz se apagó.