Conversaciones en el hoyo 19: el grip

—Me has salvado la jornada, Juan. Si no me hubieras hecho cambiar el grip aún estaría buscando bolas en el bosque—dijo Inés.
—Me alegro de que te haya ido bien. La gracia está en que, tal como pones ahora la mano derecha, ésta queda imposibilitada para hacer nada—contestó Juan—. De esta forma el control lo tiene solamente el brazo izquierdo, que como tampoco puede hacer mucho, así el control lo lleva el cuerpo al desgirar.
—Menuda diferencia entre antes y después—comentó Pascual—. ¡Que swings tan bonitos has hecho, Inés!.
—Gracias, gracias.

Sonó la musiquilla de un móvil. Juan lo sacó del bolsillo y contestó la llamada:
—Si. ¡Ah! hola. ¿Qué querías?… —cogió el vaso de cerveza y se lo llevó a la boca, dando un buen trago, mientras su interlocutor hablaba—. No. Si no recuerdo mal quedamos en que te llamaría cuando necesitara tus servicios. No entiendo para qué me llamas. Tranquilo. Si necesito una clase ya te llamaré. Adiós—y colgó el teléfono—. Es un profesor de golf—explicó—. Anda loco por darme clases.
—Esa sí es una sorpresa—rio Pascual—. Si tú necesitas clases de golf, no veas nosotros.
—¡Pero si juegas de maravilla!—añadió Santiago.
—¿Qué queréis que os diga?. Deben andar muy desesperados los profesores de golf. Y no me extraña—dijo Juan—. Que ninguno de ellos sea capaz de enseñarte a hacer un buen swing en cinco clases, clama al cielo.


—Hombre. No es fácil hacerlo—dijo Inés.
—Pero en cinco clases pueden enseñarte unas buenas bases que tú luego, has de trabajar por tu cuenta—repuso Juan—. Cuando empecé con eso, hará ya unos veinte años, tuve un profesor que en cinco años fue incapaz de conseguir que hiciera un buen swing. Dos clases semanales durante cinco años. Al final lo tuve que aprender yo solito, después de enviar al profesor a tomar viento.
—¡Joder!—exclamó Pascual.
—Como dice el refrán, la primera vez que te timan, la culpa es del timador, pero la segunda, la culpa es del que se deja timar.


—Quizás cuando empezaste, eras negado para eso—apuntó Santiago.
—Y quizás, si lo era… el profesor me tenía que haber dicho que no valía para eso y me hubiera ahorrado una pasta, recibiendo clases y mas clases…
—Tienes razón—dijo Inés y cambiando de tema, añadió:—¿Vives solo?.
—Si. Desde luego. Y, para mí es la mejor manera de vivir—. Teniendo en cuenta que ahora estoy jubilado, es la mejor época de la vida. Te permite poder conocer a fondo la mejor música, los mejores libros, el mejor arte, en resumen, las mejores personas que nos ha dado la humanidad, que han sido, por cierto, personas individuales.


—Hombre. Si miramos los libros de historia…—repuso Santiago.
—Los libros de historia no son otra cosa que libros que hablan de dos tipos de personas—objetó Juan—. Los psicópatas que dominaban a la población y el pueblo que obedecía ciegamente lo que los primeros ordenaban. La gente que ha hecho avanzar la historia del mundo son científicos, escritores, artistas, médicos, ingenieros… Todo lo demás no es otra cosa que más de lo mismo. Conquistas, guerras, invasiones, asesinatos. Lo único que ha cambiado han sido las excusas. Antes eran las religiones las que sometían a la gente y ahora son las multinacionales las que compran a los políticos para extender su poder en el mundo. Es curioso, pero en toda la historia de la humanidad no ha cambiado nada: tenemos a un porcentaje de la población que domina el mundo y a miles de millones de sometidos. Incluso tienen los santos cojones de organizar un sistema, al que llaman “democracia” que solo sirve para que la gente vote cada cuatro años por unos vendedores de humo que una vez elegidos, harán lo contrario de lo que prometieron en la campaña electoral y seguirán obedeciendo las órdenes de las grandes empresas y las multinacionales.


—Juan. Aquí, entre nosotros tenemos prohibido hablar de “materia fecal”, es decir de los políticos—dijo Pascual.
—Y me alegro. No merecen un pensamiento. Algo que no se ha podido cambiar en miles de años, no merece nuestra atención—dijo Juan—. Lo mejor es vivir, disfrutar de todo lo bueno que nos ha dado el mundo y dejar la mierda para los que la quieran.
—¡Totalmente de acuerdo!.
—¡Se acepta todo lo dicho!.
—OK a todo.

Grip: Es la forma que colocamos nuestras manos sobre la empuñadura del palo de golf.

Conversaciones en el hoyo 19: Juan

—¿Quién era ese tío?—preguntó Inés a sus compañeros.
—¿Qué tío?—inquirió Santiago.
—Ese que iba detrás nuestro, en el campo. Ese que no ha querido pasarnos cuando se lo hemos ofrecido.
—Ah. Te refieres a Juan, ¡pobre hombre!—contestó Santiago.
—¿Pobre?. A mí no le lo ha parecido—dijo Inés—. Sus facciones eran risueñas y cada vez que le salía mal un golpe, se descojonaba.
—Me refería a su soledad. Es alguien a quien no le gusta relacionarse—apuntó Santiago—. Sé que vive solo y apenas tiene contacto con la gente.
—Pues no creo que estar solo sea algo malo—dijo Pascual—. Yo distingo dos tipos de soledad: la voluntaria y la forzosa. En el segundo caso sí que utilizaría el término “pobre”. Por cierto, está tomando una cerveza en la mesa más apartada, por lo que deduzco que su soledad es voluntaria.
—Me gustan sus ojos. Son de lo mas expresivo. Y su cara no refleja otra cosa que optimismo. Concuerdo contigo, Pascual: este tío está solo de forma voluntaria—añadió Inés, mientras sus compañeros la miraban con un cierto toque de sarcasmo.


—Vale. Me estáis mirando como si me hubiera enamorado de él—añadió Inés—. La verdad es que siento por él la misma sensación que tuve cuando os conocí: vi a gente que valía la pena conocer, que podíais aportarme mucho y por cierto, así ha sido con vosotros—pensativa, bebió un trago de su cerveza, añadiendo—: este tío es como vosotros. Alguien que ha sabido andar por la vida, capeando temporales pero sin haber perdido el norte.
—Si tú lo dices…—dijo Santiago, añadiendo—. Como experto en personas, dado que he estado años atendiendo un bar, estoy de acuerdo contigo, Inés. Conste que las pocas veces que he hablado con él, me ha parecido una persona muy negativa en lo que a la humanidad se refiere. Él mismo lo dice: “soy un sociópata integrado”.


—Salgamos de dudas—dijo Pascual, haciendo una seña al camarero, que se acercó a la mesa—. Por favor, Eduardo. ¿puedes decir al señor de la mesa del fondo—señaló en esa dirección—que nos gustaría compartir nuestro aperitivo con él?.
El camarero fue a la mesa y tras intercambiar unas palabras con aquel hombre, se retiró a la barra mientras el hombre se levantaba con la cerveza en la mano y se dirigía a la de los tres amigos. Éstos le señalaron una silla.
—Espero no haberos agobiado en el campo, yendo detrás vuestro—dijo con una sonrisa.
—No. Para nada, Juan—contestó Santiago.
—¿Me conoces?—inquirió Juan.
—Si. Estuviste alguna vez en mi bar, aquel que está al lado de una multinacional.
—Ah. ¿La Innombrable?.
—La misma.
—Pues te felicito. El pulpo a la gallega estaba fantástico en tu bar. Lo mismo que las patatas bravas…
—Bueno, bueno—atajó Santiago—. Me llamo Santiago.
—Claro, como el bar—rió Juan.


—Y mis compañeros son Pascual e Inés. Todos los jueves jugamos en este campo y se nos ha ocurrido que quizás querrías jugar con nosotros.
—Me encantará hacerlo, pero no quiero hacerlo regularmente—repuso Juan—. Me gusta jugar solo. Es una manera de aislarme del mundo. Me encanta perderme en mis pensamientos y disfruto del silencio. Por eso, no quiero crearme hábitos.
—En lo que a nosotros respecta, no hay problema—dijo Pascual.
—Luego está lo de la puntuación—añadió Juan—. Yo nunca apunto nada. Gano el hoyo ó lo pierdo. Y cuando llego al tee del siguiente, ya me he olvidado de lo que he hecho en el anterior.
—Nosotros tampoco apuntamos—dijo Inés—. Aunque algunas veces no somos capaces de olvidar una gran pifia en algún hoyo anterior.
—Yo me llevo a casa aquel swing que ha volado de forma impecable, uno ó dos por jornada—Juan hablaba emocionado—, aquel chip que ha hecho lo que tu pretendías, el putt que sigue el recorrido imaginado, etc, etc.
—Creo que nos llevaremos bien, Juan—dijo Inés.
—Y lo más importante—añadió Juan—: nada de silencios incómodos. No merece la pena hablar para evitarlos. Si no hablamos, no pasa nada. Disfrutemos de los silencios.
—A alguno le va a costar—rio Pascual, mirando de reojo a Santiago.
—Tranquilo. Soy charlatán pero no me siento violento estando en silencio.
—Bueno—dijo Pascual—¿Quedamos para la semana que viene?.
—No—dijo Juan—. Dejarme un teléfono y si vengo os llamo el día anterior.
—De acuerdo—respondió Inés—Ya te doy el mío.


Santiago miró a Pascual y ambos se levantaron.
—Nosotros nos vamos ya.
—Vale—contestó Inés—. Nos vemos el jueves.
— Hasta entonces. Encantado de conocerte Juan. Hasta pronto.
— Hasta pronto—saludó Juan.
Los dos se marcharon.
—¿Qué música le pondrías a Santiago?—. Preguntó Juan.
—Tal vez el tercer movimiento del concierto para violín de Beethoven. ¿Cómo sabes que asigno música a mis amigos?—preguntó extrañada.
—No lo sabía. Pero yo también lo hago. ¿Y Pascual?.
—Cualquier pieza de Bach. Es comedido, profundo, brillante, sensible y discreto. ¿te has fijado en la mirada que le ha lanzado a Santiago para decirle que estaban de más?.
—No. Pero no me sorprende. Y, ¿a mí?. ¿Qué música me pones?.
—Aún no te conozco lo suficiente. Estás en la época Mahler: profundo, misterioso, con una mezcla de alegría y melancolía. Es esa sensación que te provoca cualquiera de sus sinfonías, que se presentan como algo hermético, pero que ardes en ganas por descubrir, por desvelar ese misterio, porqué la música ya te anuncia que hay una gran belleza en ese hermetismo.


—Pues yo no os he asignado a ninguno de vosotros una pieza de música—se lamentó Juan.
—¿Ni provisional?.
—Solamente te asignaría a ti una pieza, ya que el análisis que me has hecho de tus amigos revelaba un poco cómo eres.
—¿Y es?.
—Hoy por hoy, el Parsifal de Wagner. Si algo refleja esa obra es paz. La paz de haber conseguido aquello que le pediste a la vida. Pero insisto. Es una asignación temporal.
—Me gusta eso de asignar piezas de música a las personas —dijo Inés—. Es mucho mas imparcial que eso de poner etiquetas a la gente: es egoísta, responsable, es un cabrón, un amargado, un solitario…
—Me apunto a eso último. La soledad es mi mayor hallazgo en los últimos años—dijo Juan—. Teniendo en cuenta que desde siempre he desconfiado del ser humano. Incluso me asustan los grupos, ya que la gente deja su personalidad a un lado y se convierte en gregaria. En fin. Este es un tema para otro día. Me voy a marchar. Déjame tu teléfono y ya te llamaré cuando me apunte a una salida al golf.
—De acuerdo—Inés cogió una servilleta de papel y sacando de su bolso un bolígrafo, escribió su número de teléfono—. Hasta cuando quieras. Me ha encantado conocerte.
—Adiós—Juan se levantó, cogió la servilleta y salió del bar.


Inés se quedó pensando. Realmente curioso aquel hombre. Y cuando parecía que iba a conocerlo más, se había marchado. Sonrió para si. Le gustaba conocer poco a poco a las personas que valían la pena. Teniendo en cuenta que la gente, por lo general se muestra como un libro abierto, y dada la superficialidad de la mayoría de ellos, en menos de diez minutos podías averiguar cómo eran y sin embargo, ese Juan mantenía su hermetismo.
Recordó aquel capítulo de “el principito” en el que el zorro enseñaba al protagonista a crear un hábito a base de quedar todos los días a la misma hora y así preparar su corazón. Y sin embargo, aquel hombre se negaba a establecer hábitos.
—Me gusta el café en pequeños sorbos—pensó antes de marcharse—. Espero que el próximo sorbo sea pronto.


Que no lo fue. Tardaría semanas en apuntarse a una salida de golf. Pero eso lo contaremos en otra ocasión.

Conversaciones en el hoyo 19: el ego.

— ¿Quién es ese que os ha saludado? —preguntó Inés a sus compañeros de mesa.
— Es Ernesto. Hace años fue “pro”. Ganó muchos torneos de golf—contestó Santiago—. Luego lo dejó, cuando se dio cuenta de que sólo jugaba para ganar. Ahora juega al golf y se lo pasa muy bien, por cierto. Algunos días juega con nosotros.
— ¿Ahora juega al golf?. ¿Es que antes no lo hacía?.
— Si, pero de otra forma. No le gustaba tener que alimentar constantemente su ego para ganar campeonatos: prensa, marcas…En nuestra sociedad existe un culto hacia cualquiera que destaque y vivir con ello, en ocasiones, es muy difícil —apuntó Pascual—. Quiero aprovechar estas palabras para hacer una llamada hacia la mediocridad. Ya está bien de tanto ego como se ve hoy en día.
— Secundo la moción —dijo Santiago.
— Eso explica vuestro handicap(*) —dijo Inés riendo—. Nunca lo habéis bajado. Os mantenéis con el máximo. Y jugáis con un nivel inferior a un handicap diez.
— Bueno —aclaró Santiago—. En realidad la única forma de bajarlo es competir. Y particularmente, no me gusta competir con otras personas. Yo compito con el campo. Para mi es mucho más importante tener buenas sensaciones que ganar un campeonato.


— Y ¿qué hacemos anotando la puntuación cuando salimos a jugar? —inquirió Inés.
— Simplemente, ver quién paga este aperitivo. Y conste que no utilizamos el handicap para ganar —contestó Santiago sonriente.
— Aunque no lo creáis, estoy de acuerdo con vosotros —dijo Inés—. Mi marido también pensaba lo mismo. En su trabajo era el mejor y eso que sus compañeros arribistas se aprovechaban de su buena fe y se apropiaban de sus ideas, para ascender. Él no decía nada, seguía trabajando y aportando ideas, a pesar de que nadie lo valoraba, Fue, a raíz de su muerte que la empresa se dio cuenta de lo mucho que había aportado y de lo inútiles que eran aquellos que habían ascendido a su costa.
— Y ¿qué pasó con la empresa?.
— Ya no existe. Suspendieron pagos. No eran capaces de salir adelante sin mi marido —dijo Inés con un cierto orgullo en su voz.


— Es la puta manía de destacar —dijo Pascual—. Desde que naces te orientan para ser el mejor. Has de destacar en algo que te diferencie del resto. Aquella pieza de piano que, siendo niño has aprendido y que, en el día de navidad, escucha toda la familia emocionada; o ese gol que marcas en el partido contra la otra clase del cole, aquel sobresaliente en matemáticas, que enseñas orgulloso a tus padres.
— Y el problema es que si no consigues destacar en nada —continuó Santiago— te lo has de inventar: comprando un coche caro que tardarás años en pagar, a pesar de la elevada cuota que pagas cada mes, pero que exhibes a tus amigos con orgullo; atribuyéndote las ideas de tus compañeros del trabajo; ó poniendo los comentarios mas graciosos en Twitter y cualquier otra cosa para demostrar que no somos mediocres.


— Eso me recuerda a la última reunión de propietarios de mi casa —comentó Inés—. Teníais que haber visto la pompa que se dio el presidente, dando y quitando la palabra a los otros vecinos: “porqué yo soy el presidente”, decía. ¡Lamentable!.
— Ya ves —dijo Pascual—. Si el presidente de una puñetera comunidad de propietarios funciona así, no quiero ni saber lo que ocurre en una gran empresa,
— Supongo que lo mismo que en el ejército: un montón de inútiles a quienes un general imbécil les ha dado galones para que puedan abusar de su autoridad.
— ¡Ala!. No creo que todos los militares sean así —exclamó Inés.
— Yo tampoco —dijo Santiago—. Pero allí donde hice la mili estaban los defectuosos. ¡Es que no se salvaba nadie! —matizó Santiago—. Aquel cuartel era el equivalente al seminario, que es adonde las familias ricas enviaban, no hace mucho, al hijo que les había salido cortito.
— Uf —suspiró Inés—. Y de ahí a la pederastia hay un milímetro. No veas lo que debe ser entrar en un seminario, con la excusa de que esa profesión te solucionará la vida y luego descubres que has de hacer voto de castidad. ¡Menuda panda de “salidos” debían salir de allí!.


— Mejor dejamos a un lado este tema —dijo Pascual—. Estaba pensando en las veces que intentamos llamar la atención de los demás, casi sin darnos cuenta. Me recuerda una comida de mi hijo mayor con su pareja, en casa. Se pusieron a jugar al ajedrez, tras la comida. A mitad de partida eché un vistazo al tablero. Ya sabéis que cuando estás fuera del juego sueles ver jugadas que los contendientes no acostumbran a ver. Me puse a hacer broma con los jugadores, diciéndoles que uno de los dos podía terminar en dos movimientos. Y hablando, hablando, no tardé en decirles lo que yo había visto: un jaque doble con pérdida de dama. ¿Para qué tuve que hablar?. ¿Para demostrarles que yo era mejor que ellos?. ¿Para alimentar mi ego?. Creo que si y que mi estupidez les arruinó la partida.
— Es cierto. Tenemos una verdadera obsesión en ser valorados por los demás —dijo Santiago, que añadió—. Podríamos hacer una prueba el próximo día que juguemos: no apuntaremos nada. Simplemente intentaremos disfrutar del juego. ¿Os apuntáis?. Ah. Y yo pagaré el aperitivo.
— Por mi, de acuerdo —respondió Inés.
— Y yo —dijo Pascual.

(*) Handicap: Es un sistema mediante el cual se igualan los niveles de juego de los distintos jugadores. Cuando una persona empieza a practicar el golf se le otorga handicap 36. Eso significa que, a la puntuación que obtenga en todo el recorrido, se le han de descontar 36 golpes, lo que permite que pueda ganar a otros jugadores más experimentados y con handicaps más bajos. Participando en torneos, en base a las diferentes puntuaciones obtenidas, se va bajando el handicap, que va reflejando el nivel de juego del golfista.