Conversaciones en el hoyo 19: el ego.

— ¿Quién es ese que os ha saludado? —preguntó Inés a sus compañeros de mesa.
— Es Ernesto. Hace años fue “pro”. Ganó muchos torneos de golf—contestó Santiago—. Luego lo dejó, cuando se dio cuenta de que sólo jugaba para ganar. Ahora juega al golf y se lo pasa muy bien, por cierto. Algunos días juega con nosotros.
— ¿Ahora juega al golf?. ¿Es que antes no lo hacía?.
— Si, pero de otra forma. No le gustaba tener que alimentar constantemente su ego para ganar campeonatos: prensa, marcas…En nuestra sociedad existe un culto hacia cualquiera que destaque y vivir con ello, en ocasiones, es muy difícil —apuntó Pascual—. Quiero aprovechar estas palabras para hacer una llamada hacia la mediocridad. Ya está bien de tanto ego como se ve hoy en día.
— Secundo la moción —dijo Santiago.
— Eso explica vuestro handicap(*) —dijo Inés riendo—. Nunca lo habéis bajado. Os mantenéis con el máximo. Y jugáis con un nivel inferior a un handicap diez.
— Bueno —aclaró Santiago—. En realidad la única forma de bajarlo es competir. Y particularmente, no me gusta competir con otras personas. Yo compito con el campo. Para mi es mucho más importante tener buenas sensaciones que ganar un campeonato.


— Y ¿qué hacemos anotando la puntuación cuando salimos a jugar? —inquirió Inés.
— Simplemente, ver quién paga este aperitivo. Y conste que no utilizamos el handicap para ganar —contestó Santiago sonriente.
— Aunque no lo creáis, estoy de acuerdo con vosotros —dijo Inés—. Mi marido también pensaba lo mismo. En su trabajo era el mejor y eso que sus compañeros arribistas se aprovechaban de su buena fe y se apropiaban de sus ideas, para ascender. Él no decía nada, seguía trabajando y aportando ideas, a pesar de que nadie lo valoraba, Fue, a raíz de su muerte que la empresa se dio cuenta de lo mucho que había aportado y de lo inútiles que eran aquellos que habían ascendido a su costa.
— Y ¿qué pasó con la empresa?.
— Ya no existe. Suspendieron pagos. No eran capaces de salir adelante sin mi marido —dijo Inés con un cierto orgullo en su voz.


— Es la puta manía de destacar —dijo Pascual—. Desde que naces te orientan para ser el mejor. Has de destacar en algo que te diferencie del resto. Aquella pieza de piano que, siendo niño has aprendido y que, en el día de navidad, escucha toda la familia emocionada; o ese gol que marcas en el partido contra la otra clase del cole, aquel sobresaliente en matemáticas, que enseñas orgulloso a tus padres.
— Y el problema es que si no consigues destacar en nada —continuó Santiago— te lo has de inventar: comprando un coche caro que tardarás años en pagar, a pesar de la elevada cuota que pagas cada mes, pero que exhibes a tus amigos con orgullo; atribuyéndote las ideas de tus compañeros del trabajo; ó poniendo los comentarios mas graciosos en Twitter y cualquier otra cosa para demostrar que no somos mediocres.


— Eso me recuerda a la última reunión de propietarios de mi casa —comentó Inés—. Teníais que haber visto la pompa que se dio el presidente, dando y quitando la palabra a los otros vecinos: “porqué yo soy el presidente”, decía. ¡Lamentable!.
— Ya ves —dijo Pascual—. Si el presidente de una puñetera comunidad de propietarios funciona así, no quiero ni saber lo que ocurre en una gran empresa,
— Supongo que lo mismo que en el ejército: un montón de inútiles a quienes un general imbécil les ha dado galones para que puedan abusar de su autoridad.
— ¡Ala!. No creo que todos los militares sean así —exclamó Inés.
— Yo tampoco —dijo Santiago—. Pero allí donde hice la mili estaban los defectuosos. ¡Es que no se salvaba nadie! —matizó Santiago—. Aquel cuartel era el equivalente al seminario, que es adonde las familias ricas enviaban, no hace mucho, al hijo que les había salido cortito.
— Uf —suspiró Inés—. Y de ahí a la pederastia hay un milímetro. No veas lo que debe ser entrar en un seminario, con la excusa de que esa profesión te solucionará la vida y luego descubres que has de hacer voto de castidad. ¡Menuda panda de “salidos” debían salir de allí!.


— Mejor dejamos a un lado este tema —dijo Pascual—. Estaba pensando en las veces que intentamos llamar la atención de los demás, casi sin darnos cuenta. Me recuerda una comida de mi hijo mayor con su pareja, en casa. Se pusieron a jugar al ajedrez, tras la comida. A mitad de partida eché un vistazo al tablero. Ya sabéis que cuando estás fuera del juego sueles ver jugadas que los contendientes no acostumbran a ver. Me puse a hacer broma con los jugadores, diciéndoles que uno de los dos podía terminar en dos movimientos. Y hablando, hablando, no tardé en decirles lo que yo había visto: un jaque doble con pérdida de dama. ¿Para qué tuve que hablar?. ¿Para demostrarles que yo era mejor que ellos?. ¿Para alimentar mi ego?. Creo que si y que mi estupidez les arruinó la partida.
— Es cierto. Tenemos una verdadera obsesión en ser valorados por los demás —dijo Santiago, que añadió—. Podríamos hacer una prueba el próximo día que juguemos: no apuntaremos nada. Simplemente intentaremos disfrutar del juego. ¿Os apuntáis?. Ah. Y yo pagaré el aperitivo.
— Por mi, de acuerdo —respondió Inés.
— Y yo —dijo Pascual.

(*) Handicap: Es un sistema mediante el cual se igualan los niveles de juego de los distintos jugadores. Cuando una persona empieza a practicar el golf se le otorga handicap 36. Eso significa que, a la puntuación que obtenga en todo el recorrido, se le han de descontar 36 golpes, lo que permite que pueda ganar a otros jugadores más experimentados y con handicaps más bajos. Participando en torneos, en base a las diferentes puntuaciones obtenidas, se va bajando el handicap, que va reflejando el nivel de juego del golfista.

Santiago juega al poker

En dos ocasiones no debería jugar el hombre; cuando no tiene dinero y cuando lo tiene.
Mark Twain (1835-1910)

– Pascual: Necesito tu ayuda.

– ¿De qué se trata, Santiago?. ¿Necesitas al psicólogo ó al amigo?.
– Al amigo. Quizás a ambos. No lo sé.
– Cuenta con los dos, Santiago. Cuenta. ¿Qué pasa?.

– Estoy a punto de perder todo por lo que he luchado estos años. Sabes que me dedico a ayudar a chicas explotadas por bandas que se dedican a la trata de blancas. Mi último objetivo es una chica rusa, explotada por un mafioso que se hace llamar señor Vladimir. El hombre va siempre con dos gorilas y tiene algo así como treinta pisos dedicados a la prostitución y otros diez al juego. Hace como dos meses que lo voy siguiendo, yendo a jugar cada noche a uno de esos pisos. Con el tiempo y mucho dinero me he ido creando una cierta fama de buen jugador de poker. Cuando le llegó la voz de mis méritos a Vladimir, éste me citó en el local en el que suele jugar, ya que se trata de un buen jugador, que además hace trampas. Estuve jugando dos semanas con él. Descubrí que juega con cartas marcadas, por lo que a duras penas, pude evitar que me desplumara al completo.

– ¿A qué modalidad de poker jugáis?.
– Hold’em. Es fácil. Te dan dos cartas, que sólo tú puedes ver y luego se ponen sobre la mesa cinco cartas descubiertas que se llaman “comunitarias”. Con tus dos cartas y las tres que tu elijas de las comunitarias, has de crear la jugada más alta. Las apuestas se van haciendo, a medida que van mostrándose las comunitarias. Primero se muestran tres (flop), luego una (turn) y la última (river).
– Parece sencillo – dijo Pascual.

– El problema lo tuve ayer. La verdad es que me indigné. Estaba Beatriz, la chica que quiero rescatar de las garras de Vladimir, sirviendo las bebidas. Tenías que haberla visto. Estaba drogada hasta las cejas. Parecía un zombie. En una ocasión, al servir a Vladimir, se le derramó un poco de whisky sobre el tapete. Este le dio tal puñetazo en la cara, que la mandó al suelo inconsciente, con la nariz sangrando, tal vez rota. Me indigné y le levanté la voz. Lo llamé de todo, mientras él se reía. Por último lo reté a una partida de poker: mi dinero contra el suyo, con Beatriz incluida. Aceptó y mañana es la partida. Si le gano cien mil euros, me ha de entregar a la chica también. Sin embargo, ya te he dicho que tiene las cartas marcadas. Mis posibilidades son nulas. Las chicas de mi piso me han dado todos sus ahorros, para ayudarme a rescatar a Beatriz, pero lo perderé. Estoy en inferioridad.
– Deja que piense algo, Santiago.

Llevaba ya doscientos mil euros perdidos. Aquella era la última mano, tras las veintitrés horas que llevábamos jugando. En la habitación estaban Beatriz, con la cara vendada; los dos guardaespaldas; Pascual, sensiblemente nervioso; tres jugadores más, que ya se habían retirado de la partida, pero que querían ver el final; Vladimir y yo.
Sobre la mesa únicamente las cartas, el dinero y los dos vasos con whisky que estábamos bebiendo.

Mis dos cartas cubiertas eran desastrosas. Junto a las cuatro comunitarias descubiertas en el centro de la mesa, ligaban una pareja de nueves. Y solamente quedaba por salir una carta comunitaria que, como mucho me podía dar el trío de nueves.

Vladimir estaba eufórico. Beatriz le llenó el vaso con whisky y le puso dos trozos de hielo.
– No ha mirado sus cartas, Vladimir – le dije mientras alargaba mi mano al vaso de whisky sin hielo que estaba bebiendo.
– No creo que haga falta hacerlo – me contestó riendo.
– Hay un bote de medio millón de euros en la mesa. Creo que debería mirar sus cartas.
– ¡Déjalo, Santiago!. ¡Ya has perdido demasiado! – me gritó Pascual.
– ¿Qué le pasa a éste? – preguntó Vladimir – ¿Se ha vuelto loco?.

Pascual se acercó a mi silla y pasando los brazos por mis sobacos me levantó y me empujó hacia la puerta. Los dos gorilas fueron hacia Pascual, lo apartaron de mi lado y lo inmovilizaron. Vladimir fue hacia él y le dio dos sonoros bofetones. Los tres jugadores fueron hacia Vladimir y le agarraron los brazos.
– Déjelo. No lo golpee – dijo uno de ellos con timidez.
– ¡Echar de aquí a este histérico! – dijo Vladimir a sus gorilas.
– No. Por favor. ¡Ya me callo!. Perdónenme – dijo Pascual.
– Dejarlo que se quede. Pero lo quiero controlado – dijo Vladimir a sus matones.

Volvimos a la mesa. Pascual quedó mirando desde la pared, con los dos guardaespaldas, uno a cada lado.
Por fin se dio la vuelta a la última carta. Un nueve. Me pareció milagroso que saliera. Así ligaba un trío bajo, pero un trío al fin y al cabo.
Vladimir sacó un fajo de billetes de su bolsillo.
– Doscientos mil más.

Mi corazón se aceleró. Mi trío era vergonzoso contra sus cartas marcadas. Seguro que tenía mejores cartas que yo. Él no iba nunca de farol. Sabía que yo tenía un trío.
Le miré a los ojos, mientras pensaba que había perdido el dinero que me habían confiado mis chicas. Pensar que Beatriz iba a seguir con aquel cabrón me revolvía el estómago. Sin mi ayuda le quedaban, como mucho, tres años de vida, enganchada como estaba a la heroína. Ese cerdo la tenía a su merced con esa mierda que le metía en sus venas.

Miré a Pascual, que me guiñó un ojo.
– Sorprendido por el gesto, bebí un trago de whisky.
Estuve a punto de vomitar. ¡Tenía sal!.
– Amarga derrota, ¿no? – me dijo Vladimir -. Se nota en tu cara.
Mi cabeza empezó a pensar. ¿Por qué había sal en mi bebida?. No pensé mucho. Demasiadas cosas inexplicables.
Saqué mi cartera, extraje mis últimos doscientos mil euros y los tiré al centro de la mesa.
– Igualo la apuesta.

Lo que ocurrió luego quedará grabado para siempre en mi memoria. La cara de Vladimir cuando vio mi trío de ases frente a su trío de nueves, el grito de Pascual y los tres jugadores y el llanto de Beatriz abrazándome.
– Esto no puede ser – decía Vladimir.
– ¿Por qué no puede ser, si ni siquiera habías mirado tus cartas? – le dije.

Aquella noche, en el piso con las chicas y con Pascual, lo celebramos con una cena.
– ¿Qué demonios hiciste, Pascual?. ¿Por qué había sal en mi bebida?.
– Solamente cambié la mesa.
– ¿Cambiaste la mesa?. Imposible. Te hubiéramos visto.
– No. La cambié el día anterior a la partida. Afortunadamente el piso está vacío cuando no se juega. Puse una mesa con el tablero giratorio. Luego hablé con Beatriz que es quien lo hizo todo. Mientras todos estabais ocupados con mi ataque de histeria, ella giró la mesa, dejó caer dos cubitos de hielo en tu vaso, ahora en el lado de Vladimir, cambió de lado la última carta comunitaria por descubrir y te puso sal en el whisky para que los dos hielos del vaso de Vladimir, ahora en tu lado, se derritieran rápidamente.
– Vladimir estaba tan seguro de sus cartas que ni las miró – continuó Pascual -. ¿Qué más le daba, si estaban marcadas y ya sabía lo que tenía?. Sin embargo al no haberlas mirado, tampoco podía decir que se las habían cambiado. Se tuvo que callar.

Beatriz ya está completamente recuperada, tras meses de tratamiento y una operación de rinoplastia. Está conmigo, sirviendo en el bar.

Vladimir cayó meses después, abatido por la policía, tratando de escapar con una maleta llena de heroína.

Pascual viene con frecuencia a jugar a cartas al bar. Jugamos al mus, con don Mariano y Paco.

Ahora bebo whisky con hielo, que me sirve Beatriz. Por cierto, alguna vez pone sal a mi bebida, cuando me ve de mal humor. Le encanta oírme gritar ¡Beatriz!, cuando descubro el engaño y escupo el whisky con sal. Entonces viene y me abraza riendo.

Entonces se me pasa el mal humor.