Conversaciones en el hoyo 19: política ¡¡no!!

—Empieza a hacer frío—dijo Santiago—.Vamos a tener que sacar los polos de manga larga.
—Y que lo digas—Inés estaba congelada, a pesar de haber llegado al bar muy acalorada.
—¿A qué te dedicas ahora, Juan?—preguntó Pascual—. Llevas tres semanas sin jugar con nosotros.
—No sé si decirlo—contestó—. En ciertos ámbitos podrían pensar que estoy delinquiendo—todos los demás dejaron de picar el aperitivo y se concentraron en él—. Esta bien. Os lo diré. Estoy recopilando fotos de agitadores en las manifestaciones de estos días.

—¿Participas en ellas?—inquirió Santiago.
—No. Pero me envían las fotos de todos los agitadores que montan pollos con la policía. Esos que hacen que una manifestación pacífica deje de serlo.
—Pero esa gente irá con la cara cubierta—apuntó Pascual.
—Es verdad. Pero entre los manifestantes hay pequeñas células de gente que se dedican a seguir a esos exaltados—Juan picó unas patatas, se las comió y dijo riendo—: me estáis haciendo hablar para acabaros el aperitivo. En fin. Esta célula de manifestantes llevan buenos equipos fotográficos y tarde o temprano pillan a los exaltados en algún bar, ó en alguna lechera -si son de la policía- con la cara descubierta, ya que es incómodo andar horas con un pasamontañas puesto.
—Y ¿tú que pintas en todo esto?—dijo Pascual, acercándole el plato de berberechos—. No vas a las manifestaciones, no perteneces a la célula de seguimiento de los exaltados…
Juan picó un par de berberechos y siguió explicando:
—Yo aporto la parte informática. Al fin y al cabo fue idea mía. No sé si sabéis que la aplicación «fotos» de Apple tiene reconocimiento de caras. Le plantas unas cuantas fotos y es capaz de encontrar los rostros de cada foto e incluso compararlas con otras fotos para decirte si son las mismas caras las que aparecen en ellas.

—Uf. No sigas—dijo Santiago—ve comiendo mientras intento adivinar el resto. Estáis haciendo una especie de base de datos de todos los exaltados. Un especie de historial para saber cuándo y dónde van montando los pollos. Y si los fotógrafos descubren que van a una lechera ó que charlan con policías, está claro que son policías también.
—De momento, de los casi cincuenta que han ido siguiendo, el noventa por ciento son policías.
—¡Pandilla de cabrones!—dijo Inés—. Al estado no les gustan las manifestaciones pacíficas. Por eso son ellos mismos los que montan los saraos… Y los que nos explican que el cloruro sódico puede servir para hacer una bomba y así tildarnos de terroristas.
—No en todos los casos—dijo Juan—. También entre los manifestantes hay mucha cabeza loca.
—Y ¿qué haréis con las fotos?. ¿Las vais a publicar en la prensa?—preguntó Santiago.
—Nunca nos lo publicarían. Dirán que por la privacidad, claro. Pero en realidad porqué la prensa sólo publicaría noticias en contra del independentismo. Nunca a favor. Todos sabemos lo «independiente» que es.
Bebió un largo trago de su cerveza. Dejó que el líquido se esparciera por su boca y lo tragó, cerrando los ojos. Era evidente que lo estaba disfrutando.

—En fin. No sé que harán con las fotos y esos historiales—dijo—. Lo que tengo muy claro es que el movimiento independentista no prosperará nunca. Las revoluciones nunca han funcionado.
—¿Y la revolución francesa?—preguntó Pascual.
—Tampoco funcionó. Tienen la misma mierda de democracia que nosotros, aunque tuvieron, eso sí, la satisfacción de cortarle la cabeza a un Borbón.
—Entonces, ¿tú que harías?—preguntó Inés.
—Buscad un pueblecito. Buscad gente en ese pueblecito con ganas de echar a todos los políticos profesionales. Y presentaros a las elecciones municipales. Si ganáis, crear una web en la que todos los vecinos puedan decidir lo que quieren para su pueblo y permitir que luego se pueda votar las distintas propuestas de los vecinos. El único trabajo del alcalde sería seleccionar a los profesionales que llevarían a cabo las propuestas. Quizás aparezcan propuestas para independizarse de la grandes compañías, como podría ser utilizar paneles solares en terrenos municipales, encauzar un mercado de productos de la zona, en resumen, conseguir un pueblo autosuficiente. Eso, para mi, sería democracia. Si este pueblo triunfa, pronto empezarían a hacer lo mismo otros pueblos y poco a poco irían desapareciendo los políticos de profesión, esos cuervos inútiles y esa dependencia que tenemos de las grandes empresas.
—Muy utópico, me parece—afirmó Santiago.
—Es verdad—contestó Juan—. Pero si lo consigues en tu pueblo, ¿qué más te da lo que ocurra en otros lados?. Tú si podrías sentir que vives en una democracia. Pequeñita, pero democracia al fin y al cabo.
—Me gusta la idea—dijo Pascual—. Sin violencia y de forma gradual.
—Pues vámonos, que ya se hace de noche, aunque sean las cinco—dijo Inés.
Se levantaron y, tras pagar en la barra se despidieron.

Conversaciones en el hoyo 19: amoríos

—Salís juntos, ¿verdad?.
—No—mintió Inés—¿Cómo se te ocurre pensar eso?.
—Hombre. No he nacido ayer—dijo Pascual—. A estas alturas de la vida se suele observar cosas que suelen pasar desapercibidas cuando se es joven: miradas, gestos…
—¿Como qué?—Inés estaba empezando a ruborizarse mientras maldecía interiormente su incapacidad para impedir ese rubor que la delataba.
—A esto puedo contestar yo—contestó Santiago—. Desde hace semanas se puede ver entre tú y Juan una cierta complicidad. Precisamente, cuando he salido de casa para venir aquí, me he cruzado con una pareja que iba charlando. No hacía falta ser un experto para darse cuenta de que entre aquellos dos había una cierta tensión, que se manifestaba en el tono de voz, el distanciamiento con el que andaban, sus risas nerviosas… Era evidente que estaban en aquella típica fase de conocerse, de agradar a la otra persona. Y eso lo he visto en apenas cinco segundos, al cruzarme con ellos.


—De la misma manera que cuando pongo en marcha la televisión y aparece un político—continuó Pascual—, no hace falta ser un experto para darse cuenta de que miente. Sus ojos lo dejan muy claro. Y eso de las distancias que ha apuntado Santiago tiene mucho de verdad. Todos solemos mantener una distancia predeterminada con los demás cuando nos relacionamos y tú, Inés, cuando estás con Juan, no sueles mantener la distancia habitual.
—Algo que me sorprende—dijo Santiago—, es ver como los norteamericanos, en las películas mantienen distancias mínimas con su interlocutor—se rio—. Cuando veo como dos personan se hablan a escasos centímetros, siempre pienso que tiene que haber un gran intercambio de saliva en esa conversación. Si fueran como el director de la escuela en la que pasé mi bachillerato, acabarían con las caras totalmente mojadas. Aquel tipo no era capaz de articular palabra sin su dosis de saliva.
—Quizás te refieres a la distancia entre el protagonista y la que al final se convierte en su pareja—apuntó Inés—tras una casta escena de cama y después de que el protagonista la salve de los terribles malos.
—Pues no. Fijaros bien y veréis que incluso cuando el protagonista discute con el terrible delincuente que ha raptado a su chica, las distancias son mínimas—indicó Santiago—. Alguna veces llego a pensar que acabarán besándose.


—Está bien, chicos—dijo Inés humildemente—. Tenéis razón. Entre Juan y yo hay una relación.
—Me alegro mucho, Inés—dijo Pascual—. ¿Tendremos boda próximamente?. ¿Viviréis juntos?.
—Ni lo sueñes. Ni vida ni nada de vivir juntos—Inés tenía las ideas claras—. Cuando llevas años gozando de libertad e independencia ni por asomo se me ocurriría compartir mi casa con nadie. Es mi espacio y no voy a renunciar a él. Y Juan piensa lo mismo que yo. También es muy celoso de su intimidad.


Justo en ese momento apareció Juan, con casi tres horas de retraso.
—Siento llegar tarde, pero la autopista estaba cortada por una manifestación de protesta por la sentencia—dijo, sentándose al lado de Inés.
—Nos han pillado—le dijo ella, riendo—. Saben que tenemos una relación.
—Me alegro—contestó—. Siempre es bueno compartir las cosas con nuestros amigos. Yo no sé vosotros, pero tengo intención de devorar el aperitivo y luego salir a jugar. Supongo que ya habéis jugado los dieciocho hoyos y no estaréis en condiciones de volver a salir…
—Eso lo dirás tú—dijo Santiago—. Hoy no me ha caído ninguna bola en alguno de los lagos del campo y si no lo hago, me marcharé frustrado. Te acompaño.
—Y yo—dijo Inés.
—Yo también—dijo Pascual.

Conversaciones en el hoyo 19: Tosca

—He visto la película que recomendaste, Pascual—dijo Inés.
—Yo no he acabado el libro y eso que es de los libros que cuesta dejar de leer—Santiago estaba eufórico, tras su jornada golfística—. Incluso he estado escuchando Turandot. Tiene momentos, por cierto, bastante duros, aunque hay otros que te ponen la piel de gallina.
—Supongo que eso forma parte de la música—analizó Inés, gran amante de la música clásica—. Diría que esos momentos duros, como tú los llamas, sirven para que cuando llegue aquel momento de gran lirismo, éste resalte mucho mas. Recuerdo que, de jovencita buscaba esos fragmentos hermosos y me saltaba todo lo demás. Y con el tiempo fui descubriendo que para llegar a apreciar una obra, había que escucharla entera, ya que las partes heavies te preparaban para las armónicas. Eso me lo enseñó Richard Strauss, cuya música es muy variopinta, con mezcla de lirismo y de disonancias.


—¿Habéis pasado por el control de la guardia civil cuando veníais?—preguntó Juan.
—Si
—Claro
—Si.
—Pues a mí me ha recordado aquellos tiempos del terrorismo—soltó Juan, indignado—. Volvemos a las andadas. Catalunya manifiesta su forma de pensar y el estado se dedica a recordarnos que no somos otra cosa que súbditos y la única política que son capaces de hacer es la del miedo. Menudos tarados tienen esos policías como jefes. Parecen miembros de la familia real.
—No te extrañe. En este país, que funciona a base de amiguismo, los que llegan a cargos importantes, no lo son por su valía, si no por sus relaciones e ideología—repuso Santiago—. De ahí que hagan lo que hacen esos inútiles que no ven mas allá de sus narices.
—Me recuerda aquellos maravillosos años de mi juventud. Debía tener entonces unos trece años—comentó Santiago—. Cuando iba a la biblioteca a estudiar, pasaba por la plaza Cataluña que muchas veces estaba literalmente tomada por la policía. No se veían peatones. Lo único que había eran las lecheras y cientos de policías preparándose para machacar a los asistentes a alguna manifestación. Tiempos franquistas que ahora vuelven… En aquellos tiempos se decía que un policía no era mas que un delincuente con trabajo.


—Pues a mí, este tema me recuerda Tosca—dijo Inés—. Lo reúne todo: policía corrupta, jefe psicópata, tortura y crimen.
—Te refieres a la ópera de Puccini?—preguntó Pascual.
—Si. Una verdadera maravilla. Sucede en la época en la que Napoleon conquista el norte de Italia e instaura la república. Austria, aprovechando la ausencia de Napoleon, que está de campaña en Egipto, vuelve a restaurar la monarquía y persigue a los republicanos. Y la historia de la ópera se centra en la huída de Angelotti, excónsul de la república de la cárcel para ir a parar a una iglesia, en la que está trabajando un pintor que lo ayuda a esconderse de la policía. La novia del pintor, pensando que éste tiene algún affaire con otra mujer, sigue a Mario, el pintor, hasta su casa de campo en la que el pintor pretendía esconder a Angelotti. Son detenidos el pintor y su novia. El jefe de policía, Scarpia intenta seducir a Tosca, la novia, haciendo torturar a su pareja. Y no sigo contando el argumento por no hacer spoilers…
—Es curioso—comentó Pascual—. Conozco muy bien la ópera, pero como tengo por costumbre escuchar la música sin entrar en la historia, no sabía que Tosca tuviera el argumento que has contado.


—¿Nunca has visto la ópera?.
—Nunca. Me gustan las óperas como quien escucha un concierto o una sinfonía, considerando la voz humana como un instrumento musical. Por eso nunca voy a la ópera. No quiero que el argumento condicione mi percepción de la música. Manías, supongo.
—No te lo voy a cuestionar—dijo Inés—. Lo curioso de esta ópera es que los hechos ocurren después de la batalla de Marengo, franceses contra austríacos, que ganaron los franceses. Sin embargo las noticias que llegan a Roma, inicialmente, hablan de la victoria de los austríacos. En ese contexto se mueve la ópera. Si las noticias que llegaron hubieran sido veraces, Scarpia, el jefe de la policía no hubiera podido ejercer como tal.


—Es interesante lo que cuentas, Inés. Creo que voy a ver esa ópera—dijo Santiago—. Por cierto hoy he leído que en nuestro país está aumentado la lectura de libros, la afición por la música, por el arte…
—No te extrañe con la mierda de programas de televisión que emiten—dijo Juan, añadiendo—: Groucho Marx decía “encuentro la televisión enriquecedora. Cada vez que alguien enciende la televisión me voy a otra habitación a leer un libro.
—Habrá que ponerle remedio. Un país culto será la mayor pesadilla del estado y los partidos políticos. Ellos viven gracias a la incultura de la sociedad—sugirió Pascual—. No sé si habéis visto una serie de televisión que se llamaba Ciudad K. Narra la vida en una ciudad formada por gente muy culta e inteligente. Allí no existía la política y el pobre cura no tenía un triste feligrés, salvo una mujer que se dedicaba a cuestionarle todos los escritos de la biblia. Las conversaciones de las mujeres en la peluquería eran verdaderamente hilariantes.
—¿Es aquella serie en la que los hombres que acudían al puticlub pagaban a las “chicas” en función del tema de conversación?.
—Exacto. Kant, Nietzsche, Descartes, Sócrates, Hegel… cada uno tenía un precio, en base a la teoría a desarrollar por la “chica” contratada. Entonces se enfrascaban ambos en una conversación surrealista—rio Santiago, recordando la serie.
—Bueno, chicos. Yo me voy. A comprar libros, por cierto—Inés se levantó riendo—.No sea que prohiban los libros—puso cara de estar angustiada y dijo con voz de desesperada—, tengo que comprar muchos libros.
Todos rieron, mientras se ponían de pie y se despedían.