Arturo, el del bar

– La verdad es que esta sociedad no me gusta – decía Arturo a sus contertulios sentados alrededor de una mesa de su bar -. Demasiado egoísmo, demasiada gente que vive para aparentar lo que no es, demasiada gente que se calla cuando algo no les gusta. Es una mierda.

– Tal vez la solución está en cambiar las cosas – dijo aquella chica rubia que hacía suspirar a Arturo.
– ¿Cómo? – preguntó él.

– Tal vez aplicándo lo que dices que hay que hacer para arreglar el mundo – dijo ella.
– ¿Donde quieres que lo aplique?.
– Aquí, en tu mundo, con la gente con la que te relacionas. A este bar viene mucha gente y tu puedes demostrarles tu manera de pensar.
– ¿Cómo?. ¿Dándoles el rollo a mis parroquianos?. En menos de un mes me quedaría sin clientela – respondió Arturo.

– Más bien con hechos y no con palabras – dijo ella -. Cuando actúas de una determinada forma, eso queda. Las palabras no son otra cosa que palabras y precisamente, son las palabras nuestro deporte nacional. Hablamos, criticamos, despotricamos y nunca actuamos.
– Quizás tengas razón – dijo Arturo, mirando a la mujer que acababa de entrar en el bar -. Perdonarme. Tengo cliente.

Se levantó y fue a la barra.
– Hola. ¿Qué te sirvo?.
– Un café, por favor.
– ¿Cómo te va? – le preguntó Arturo. Conocía a aquella mujer por otras veces que había entrado al bar. Sabía que era inmigrante. Venía de algún lugar de América del sur. Argentina, uruguaya ó tal vez chilena. Arturo era incapaz de diferenciar la forma de hablar de esos tres países y el acento de aquella mujer le parecía de cualquiera de ellos.

– No es fácil salir adelante. Por cierto, he estado haciendo unos huevos de pascua. Son totalmente artesanales y he dedicado muchas horas a hacerlos bien prolijos. Como estoy en el paro, la manera de sacar adelante a mi familia es vender los huevos de chocolate.

La mujer sacó de una bolsa un huevo. Estaba envuelto en papel de celofán, con hermosos lacitos. Arturo lo miró con detenimiento.
– Me gusta. Está muy bien hecho.
– Capaz que podrías ponerlos acá en el bar por si alguien quiere comprarlos.
– Y ¿quién querrá comprarlos, habiendo cerca una pastelería que también vende huevos?.
– Estos son mejores. Hechos con el mejor chocolate y con todo el amor del mundo.

– Eso sería buscarme problemas con la pastelería.
– Bueno. Siempre podés rifar un par de huevos. Ó cuando vengan tus clientes a ver el partido, podés hacer una porra con ellos.
– No gracias. No me quiero complicar la vida y esto me podría dar problemas.
La mujer no insistió, guardó su huevo, pagó el café y se despidió.
– Buen día.

Arturo regresó a la mesa y se sentó murmurando:
– Inmigrantes…
– Pues hubiera sido ésta tu oportunidad – le dijo la rubia.
– Oportunidad, ¿de qué?.

– De demostrar que eres consecuente con tu forma de pensar – le dijo ella con sequedad.
– No sé lo que quieres decir – repuso Arturo.
– Tenías delante a una mujer sin trabajo, con la entereza necesaria para gastar su escaso dinero en chocolate de calidad y fabricar huevos de pascua, para luego venderlos. Y tu la mandas a freir espárragos.
– Me hubiera creado problemas. Sus huevos no han pasado controles de sanidad.

– Tampoco creo que lo pasara aquel whisky de garrafón que servías el año pasado, después de traspasarlo a botellas de whisky bueno.
– Aquello era otra cosa – dijo Arturo, notando como le subía el color hasta las orejas.
– Sea lo que sea, a mi me demuestra una cosa – dijo la rubia -. Eres como todos los demás. Hablas por hablar y luego eres incapaz de poner en práctica aquello que predicas. Te paraliza el miedo. Tomar la decisión de ayudar a alguien sabiendo que te compromete, te da miedo. Eres incapaz de arriesgar nada por los demás, pero si por ti mismo. Y luego te llenarás la boca con palabras sabias rechazando el egoísmo de nuestra sociedad.

La rubia se levantó, sacó su monedero y tiró un billete de cinco sobre la mesa. Tras guardar el monedero, se puso la cazadora y se despidió.
– No olvides que tus padres también fueron inmigrantes. Ellos vinieron desde Andalucía. Adiós.
El resto de los ocupantes de la mesa fueron marchándose cabizbajos.

Cuando se quedó solo, Arturo pensó:
– Vaya. Creo que ahora si que puedo despedirme de hacer planes con esta chica.

Puede ser anónimo

4 Commentarios on "Arturo, el del bar"

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Marcos Fabian
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Muy cierto querido amigo.

Cornelivs
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Marcho unos dias fuera amigo, vuelvo a finales de semana.

Un abrazo…!

Gustavo Cavicchia
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Buena historia, me gusto mucho la manera en que la narras su final es abierto, va aquí lo que yo pienso; Arturo haría muy mal en aceptar ese/os huevo/s de pascua/s porque perjudicaría al sistema entero que en definitiva es su patria, si realmente quiere ayudar a la mujer sudamericana puede encontrar otras maneras que para su moral sean adecuadas, pero eso que lo piense Arturo en su tiempo libre.

Un saludo desde Mendoza Argentina.

Gustavo Cavicchia
Guest

Buena historia, me gusto mucho la manera en que la narras su final es abierto, va aquí lo que yo pienso; Arturo haría muy mal en aceptar ese/os huevo/s de pascua/s porque perjudicaría al sistema entero que en definitiva es su patria, si realmente quiere ayudar a la mujer sudamericana puede encontrar otras maneras que para su moral sean adecuadas, pero eso que lo piense Arturo en su tiempo libre.

Un saludo desde Mendoza Argentina.

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